Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
¡Ser rico es malo!, ha dicho Hugo Chávez. Por eso Latinoamérica sonríe entre siestas, cervezas y reggaetones, porque ser pobre es bueno y acá todos somos pobres. Como Moti, nos vamos acostumbrando a decir “¡pegue, patrón!”, mientras los gringos, chinos y europeos se hacen más ricos.
El eterno populismo encabezado por Chávez se alimenta de crear conflictos entre ricos y pobres. Culpa y desprestigia al rico hasta lograr una masa de seguidores que aprenden a odiar términos como capitalismo, empresario, utilidades y accionistas. Es el mismo discurso de los Abdalás, los Lucios y demás integrantes del club de fans de Chávez: estamos como estamos por culpa del rico explotador.
Y luego Chávez y compañía pretenden que nuestros países se hagan ricos. País rico, sí; individuo rico, no. Ignoran que la riqueza y desarrollo de un país emerge de la suma de individuos trabajando por darle lo mejor a sus familias. Con la eterna excusa de una patria solidaria, nuestros populistas condenan el esfuerzo y éxito personal. En lugar de apoyar a empresarios para que generen riquezas, plazas de trabajo y una vida digna para miles de personas, aquellos que dicen luchar por los pobres ponen trabas a la inversión y el progreso. Crean comisiones, secretarías y demás entes burocráticos al supuesto servicio de los necesitados que no hacen más que consumir fondos en sueldos inútiles y corrupción.
Los gobernantes gringos, asiáticos y de demás países desarrollados, en cambio, admiran y fomentan la riqueza. Saben que cada nuevo rico significa trabajo para muchos pobres y progreso para el país. Sus gobiernos promueven el desarrollo individual en lugar de condenarlo, y entienden que una sociedad rica nace cuando sus miembros generan riqueza y no cuando sus gobernantes se dedican a extraerla para “distribuirla”.
Algún seguidor de Chávez me dirá que exagero, que lo que él quiso decir no es que hacer dinero sea malo, sino acumular demasiado dinero y no compartirlo. Eso no cambia el mensaje de nuestro eterno populismo: hacerse rico está mal, el dinero es sucio, la dignidad está en la pobreza y no en la riqueza. ¿Quiere Chávez y su pandilla que el dinero de los ricos llegue a los pobres? Den a los ricos oportunidades de invertir y de generar empleos en lugar de alejarlos del país con trabas burocráticas y politiquería. Y si eso no basta, den incentivos a las empresas para invertir en la comunidad, en lugar de criticarlas por hacer bien su trabajo.
Mientras condenemos la riqueza, nos seguirán hundiendo otros países que han sabido acogerla y fomentarla. Cambiaremos como países y sociedades solo cuando aceptemos la riqueza como un ideal positivo, no algo vergonzoso. Cuando nuestros gobernantes entiendan que facilitando la riqueza se genera más riqueza y se combate la pobreza. Cambiaremos cuando nuestros colegios y universidades estatales siembren valores empresariales y no semillas de rechazo y protesta contra todo lo que huela a derecha. Cambiaremos cuando el discurso político, en lugar de condenar al rico, lo invite a invertir, a producir más y hacerse más rico, porque así los pobres tendrán más trabajo y podrán también un día ser ricos.
Solo así Latinoamérica dejará de esconder su rostro dentro del poncho sucio y roto del subdesarrollo. Solo así el patrón gringo, europeo y asiático dejará de pegarnos. Solo así la verdadera distribución de riqueza a los más necesitados pasará de gastados discursos y falsas promesas a la práctica.
jueves, abril 21, 2005
jueves, abril 07, 2005
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
La alegría de ver a nuestra selección empatar con Perú me la quitó de un golpe la imagen y los insultos del honorable Omar, listo para estrangular a algún diputado. Era solo el comienzo de todo un combo de sorpresas que nos esperaba.
De un solo toque, el Pichi absuelve a su pana, que desde su tarima grita, canta, llora, insulta. Mientras tanto, Lucio se lava las manos, como si aquella visita a Panamá nada tuviese que ver con todo esto. Y cuando queremos, cual Condorito, gritar: ¡Exijo una explicación!, aparece Alvarito con su elegante dicción y brillantes ideas con las que pretende guiar el destino de este infortunado país.
Y es ahí cuando nos preguntamos, como la canción de Joaquín Sabina, “¿Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí?”. ¿En qué momento caímos tan bajo? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Podemos buscar culpables en los Lucios y Omares que nos gobiernan hoy, en los pasillos de Carondelet, el Congreso, la Casa Blanca y el FMI. Podemos apuntar con el dedo al centralismo, al regionalismo, a nuestra burocracia dorada, a nuestros banqueros en fuga, nuestros militares con privilegios excesivos. Podemos hablar de izquierdas y derechas torcidas, dueños del país destructivos, oligarquías opresoras. Podemos, en fin, apuntar a tantos culpables hasta llegar a Colón y reclamarle a los conquistadores por la explotación y el oro que se llevaron. Pero, al final y al comienzo de todo llegamos a lo esencial: que estamos como estamos y hoy vivimos los atropellos que vivimos porque en este país nunca se ha invertido en educación.
Suena sencillo decirlo. Siempre lo decimos: que la educación debe ser la prioridad de nuestros gobiernos, que sin educación no hay futuro, que solo educándonos progresaremos. Sin embargo, nadie hace nada al respecto. Gobierno tras gobierno han despilfarrado el dinero que correspondía a libros, maestros y bancas: gobiernos mentirosos que juraron reducir el tamaño del Estado y que al final, con tal de evitarse la fatiga de huelgas y reclamos capitalinos, conservaron el trabajo de hasta el último burócrata; gobiernos sin pantalones que se dedicaron a besar algo más que la mano de los militares, evitando reorganizar las Fuerzas Armadas y acabar de una vez por todas con todos sus privilegios desmedidos; gobiernos que no enfrentaron a la UNE y las mafias de nuestra educación, evitando indefinidamente la ruta hacia un pueblo educado y libre. Hoy todos se espantan con nuestra realidad política y social, olvidando que para llegar tan bajo fue necesario primero sembrar las semillas de ignorancia que dieron vida al árbol torcido con sus frutos podridos. Lucio es el gran culpable de nuestros males actuales, pero Lucio no hubiera llegado al poder en un Ecuador educado.
Hoy somos el resultado de una sucesión de gobiernos que escogieron el camino fácil. El cambio vendrá solo con la decisión firme de invertir en nuestra educación. Los fondos para educarnos están ahí, en los sueldos y privilegios de las verdaderas oligarquías del país: la burocracia y las Fuerzas Armadas. Mientras nuestros gobiernos no se atrevan a dar el paso firme, acabar con clientelismos y privilegios e invertir de verdad en la educación de nuestra gente, seguiremos con Pichis, Lucios y Abdalás en el poder. Y nos lamentaremos, como hoy, por el mes de abril que nos están robando.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
La alegría de ver a nuestra selección empatar con Perú me la quitó de un golpe la imagen y los insultos del honorable Omar, listo para estrangular a algún diputado. Era solo el comienzo de todo un combo de sorpresas que nos esperaba.
De un solo toque, el Pichi absuelve a su pana, que desde su tarima grita, canta, llora, insulta. Mientras tanto, Lucio se lava las manos, como si aquella visita a Panamá nada tuviese que ver con todo esto. Y cuando queremos, cual Condorito, gritar: ¡Exijo una explicación!, aparece Alvarito con su elegante dicción y brillantes ideas con las que pretende guiar el destino de este infortunado país.
Y es ahí cuando nos preguntamos, como la canción de Joaquín Sabina, “¿Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí?”. ¿En qué momento caímos tan bajo? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Podemos buscar culpables en los Lucios y Omares que nos gobiernan hoy, en los pasillos de Carondelet, el Congreso, la Casa Blanca y el FMI. Podemos apuntar con el dedo al centralismo, al regionalismo, a nuestra burocracia dorada, a nuestros banqueros en fuga, nuestros militares con privilegios excesivos. Podemos hablar de izquierdas y derechas torcidas, dueños del país destructivos, oligarquías opresoras. Podemos, en fin, apuntar a tantos culpables hasta llegar a Colón y reclamarle a los conquistadores por la explotación y el oro que se llevaron. Pero, al final y al comienzo de todo llegamos a lo esencial: que estamos como estamos y hoy vivimos los atropellos que vivimos porque en este país nunca se ha invertido en educación.
Suena sencillo decirlo. Siempre lo decimos: que la educación debe ser la prioridad de nuestros gobiernos, que sin educación no hay futuro, que solo educándonos progresaremos. Sin embargo, nadie hace nada al respecto. Gobierno tras gobierno han despilfarrado el dinero que correspondía a libros, maestros y bancas: gobiernos mentirosos que juraron reducir el tamaño del Estado y que al final, con tal de evitarse la fatiga de huelgas y reclamos capitalinos, conservaron el trabajo de hasta el último burócrata; gobiernos sin pantalones que se dedicaron a besar algo más que la mano de los militares, evitando reorganizar las Fuerzas Armadas y acabar de una vez por todas con todos sus privilegios desmedidos; gobiernos que no enfrentaron a la UNE y las mafias de nuestra educación, evitando indefinidamente la ruta hacia un pueblo educado y libre. Hoy todos se espantan con nuestra realidad política y social, olvidando que para llegar tan bajo fue necesario primero sembrar las semillas de ignorancia que dieron vida al árbol torcido con sus frutos podridos. Lucio es el gran culpable de nuestros males actuales, pero Lucio no hubiera llegado al poder en un Ecuador educado.
Hoy somos el resultado de una sucesión de gobiernos que escogieron el camino fácil. El cambio vendrá solo con la decisión firme de invertir en nuestra educación. Los fondos para educarnos están ahí, en los sueldos y privilegios de las verdaderas oligarquías del país: la burocracia y las Fuerzas Armadas. Mientras nuestros gobiernos no se atrevan a dar el paso firme, acabar con clientelismos y privilegios e invertir de verdad en la educación de nuestra gente, seguiremos con Pichis, Lucios y Abdalás en el poder. Y nos lamentaremos, como hoy, por el mes de abril que nos están robando.
jueves, marzo 24, 2005
La carretera
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
La carretera a la Costa es una vitrina de males centralistas que nos avergüenza ante cualquier turista y pone en riesgo nuestras vidas cada fin de semana. La muerte nos espera ansiosa en cada cambio de carril repentino, cada cráter y cada puente que no existe. Y lo malo es que, como con tantos otros abusos, nos hemos acostumbrado y ya ni protestamos. Atravesamos resignados esta pista de obstáculos mientras más de un burócrata incompetente recibe su sueldo cada mes allá en las alturas del Ministerio de Obras Públicas.
¿Quién responde por los accidentes y muertes en la carretera? En el MOP nadie sabe nada, ya han dicho que la Amazonia es prioridad. La Comisión de Tránsito del Guayas y el Consejo Provincial han hecho lo que les toca y ahí se piensan quedar. Al final, nadie da la cara y peor aún la billetera por los accidentados y sus familias.
¡Y así pretendemos atraer al turista! Con cientos de carteles le vendemos cerveza, lo animamos a cuidar la naturaleza y hasta le deseamos en árabe Habibi 2005, pero no somos capaces de avisarle con la debida anticipación que está a punto de estrellarse contra una barrera de concreto o que por el carril que parece de una vía ya mismo viene un bus en dirección contraria.
Aplaudo que, aunque con retraso, esté avanzando la ampliación de la carretera y que finalmente se estén licitando los puentes que algún genio olvidó. Pero esto no significa que se puede descuidar la seguridad en la carretera hasta su conclusión. Existen formas civilizadas de conducir el tránsito en tiempos de construcción que obviamente no se han implementado aquí. ¿Valen tan poco nuestras vidas como para no invertir en algo más que pequeños letreros junto a cada sorpresivo cambio de carril o puente inexistente?
La señalización que la CTG y el Consejo Provincial han colocado no es suficiente. Aunque no sea su responsabilidad directa, la CTG y el Consejo deben implementar hoy mismo un plan masivo de señalización e iluminación en las zonas más peligrosas. No esos cartelitos tímidos y obstáculos anaranjados que avisan el accidente, sino carteles gigantes y brillantes que lo prevengan y anuncien: ¡cuidado, trampa mortal a 500, a 100, a 50, a 20 metros! La CTG y el Consejo dirán que ellos ya hicieron su parte y eso no les corresponde. Yo solo sé que deben protegerme como peatón y conductor, y si esperamos que el MOP y sus ministros hagan algo por la seguridad en las carreteras costeñas, empezará a crecer maleza entre el asfalto. Mientras unos se pasan la pelotita y otros se lavan las manos, cada fin de semana estamos más cerca de accidentarnos y otro turista, con el corazón en la boca del último frenazo a raya, jurará no regresar a nuestras playas. La CTG y la Prefectura pueden y deben protegernos ahora.
La carretera a Salinas, junto a otras obras relegadas como el puente Carlos Pérez Perasso, muestra una vez más la ineficiencia y el peligro de nuestro centralismo. En un Ecuador descentralizado, donde los proyectos locales no dependiesen de la voluntad de algún burócrata de turno en su escritorio capitalino, estas obras estarían celebrando otro aniversario de construcción y progreso, y no de estancamiento, olvido y peligro. En este Ecuador ideal, turistas y locales viajaríamos tranquilos este fin de semana a nuestras playas y más de una familia no lloraría muertes y accidentes innecesarios.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
La carretera a la Costa es una vitrina de males centralistas que nos avergüenza ante cualquier turista y pone en riesgo nuestras vidas cada fin de semana. La muerte nos espera ansiosa en cada cambio de carril repentino, cada cráter y cada puente que no existe. Y lo malo es que, como con tantos otros abusos, nos hemos acostumbrado y ya ni protestamos. Atravesamos resignados esta pista de obstáculos mientras más de un burócrata incompetente recibe su sueldo cada mes allá en las alturas del Ministerio de Obras Públicas.
¿Quién responde por los accidentes y muertes en la carretera? En el MOP nadie sabe nada, ya han dicho que la Amazonia es prioridad. La Comisión de Tránsito del Guayas y el Consejo Provincial han hecho lo que les toca y ahí se piensan quedar. Al final, nadie da la cara y peor aún la billetera por los accidentados y sus familias.
¡Y así pretendemos atraer al turista! Con cientos de carteles le vendemos cerveza, lo animamos a cuidar la naturaleza y hasta le deseamos en árabe Habibi 2005, pero no somos capaces de avisarle con la debida anticipación que está a punto de estrellarse contra una barrera de concreto o que por el carril que parece de una vía ya mismo viene un bus en dirección contraria.
Aplaudo que, aunque con retraso, esté avanzando la ampliación de la carretera y que finalmente se estén licitando los puentes que algún genio olvidó. Pero esto no significa que se puede descuidar la seguridad en la carretera hasta su conclusión. Existen formas civilizadas de conducir el tránsito en tiempos de construcción que obviamente no se han implementado aquí. ¿Valen tan poco nuestras vidas como para no invertir en algo más que pequeños letreros junto a cada sorpresivo cambio de carril o puente inexistente?
La señalización que la CTG y el Consejo Provincial han colocado no es suficiente. Aunque no sea su responsabilidad directa, la CTG y el Consejo deben implementar hoy mismo un plan masivo de señalización e iluminación en las zonas más peligrosas. No esos cartelitos tímidos y obstáculos anaranjados que avisan el accidente, sino carteles gigantes y brillantes que lo prevengan y anuncien: ¡cuidado, trampa mortal a 500, a 100, a 50, a 20 metros! La CTG y el Consejo dirán que ellos ya hicieron su parte y eso no les corresponde. Yo solo sé que deben protegerme como peatón y conductor, y si esperamos que el MOP y sus ministros hagan algo por la seguridad en las carreteras costeñas, empezará a crecer maleza entre el asfalto. Mientras unos se pasan la pelotita y otros se lavan las manos, cada fin de semana estamos más cerca de accidentarnos y otro turista, con el corazón en la boca del último frenazo a raya, jurará no regresar a nuestras playas. La CTG y la Prefectura pueden y deben protegernos ahora.
La carretera a Salinas, junto a otras obras relegadas como el puente Carlos Pérez Perasso, muestra una vez más la ineficiencia y el peligro de nuestro centralismo. En un Ecuador descentralizado, donde los proyectos locales no dependiesen de la voluntad de algún burócrata de turno en su escritorio capitalino, estas obras estarían celebrando otro aniversario de construcción y progreso, y no de estancamiento, olvido y peligro. En este Ecuador ideal, turistas y locales viajaríamos tranquilos este fin de semana a nuestras playas y más de una familia no lloraría muertes y accidentes innecesarios.
jueves, marzo 03, 2005
Guayaquil por el país
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Nuestra identidad guayaquileña pesa cada día más, en especial en estos tiempos en que renace nuestra ciudad y el tema de la autonomía despierta de su siesta. Cada vez nos emociona más un “¡Viva Guayaquil!” que un “¡Viva el Ecuador!”. La tarde de la gran marcha por Guayaquil las banderas tricolores quedaron olvidadas en nuestro pequeño cajón nacionalista, esperando el próximo partido de fútbol de la selección para volver a flamear.
No hay nada de malo en sentirse guayaquileño o quiteño o cuencano antes que ecuatoriano. Estamos en nuestro derecho de acoger nuestra identidad más cercana, la que nos representa mejor, sea esta nuestra familia, gremio, ciudad, país o cualquier otra. Portamos, según la ocasión, distintas banderas con los colores de nuestra identidad, que idealmente deben complementarse para flamear juntas. Gritar a todo pulmón un gol de Barcelona hoy no impide que mañana gritemos un gol de la selección. De igual forma, el apoyo incondicional a la ciudad y lo local no debe excluir el apoyo al país y lo nacional.
Sin embargo, pareciera como si el grito por Guayaquil nos aleja a veces del grito por Ecuador. Como si la bandera de nuestra identidad guayaquileña flameara incómoda junto a la ecuatoriana. Como si al decir autonomía pensáramos en separación; y no todo lo contrario, integración del país a través de la autogestión de sus ciudades y regiones.
Vamos por el camino equivocado cuando nuestra identidad guayaquileña no se complementa con la ecuatoriana. Cuando la camiseta tricolor nos queda bien solo con algún triunfo deportivo o artístico, pero nos aprieta en el ámbito político. Cuando pensamos que el éxito de Guayaquil solo se da separado del país y no con el país y por el país.
No equivoquemos nuestra lucha. Cuántas veces he escuchado decir que Guayaquil no necesita del resto del país, que Guayaquil estaría mejor solo y totalmente independiente. Guayaquil necesita del país y el país necesita a Guayaquil. No confundamos la lucha por la autonomía como una lucha contra Quito. Todo lo contrario. Esta es la lucha por Quito, por Cuenca, por Manta, por el país contra el centralismo y su burocracia privilegiada. Esta es la lucha por darle a cada región el manejo de sus recursos para tomar sus propias decisiones y ejecutar sus propios planes. La lucha para jubilar de una vez por todas al burócrata parásito que se engorda del centralismo ineficiente. La lucha por la autonomía que une al país, al permitir a cada ciudad y región trabajar juntos sabiendo que cada uno maneja lo suyo, y no como hoy, separados y en conflicto al saber que otro se lleva lo que no le corresponde.
Avancemos hacia la autonomía con una visión integradora, una visión nacional. Guayaquil será más ciudad si Ecuador es más país. Que el grito de ¡Viva Guayaquil! vaya siempre unido al de ¡Viva el Ecuador! Que los guayaquileños miremos más allá del Guayas y el Daule, trabajando con los colores del país en nuestra mente y buscando la autonomía en beneficio de Guayaquil y el país entero, y no de Guayaquil a pesar del país. Y que el Gobierno trabaje por el progreso de Costa, Sierra, Oriente y Galápagos a través de un plan de descentralización y autonomías regionales integral. Solo así hablaremos de un Ecuador unido y de una identidad tan ecuatoriana como ya lo es guayaquileña.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Nuestra identidad guayaquileña pesa cada día más, en especial en estos tiempos en que renace nuestra ciudad y el tema de la autonomía despierta de su siesta. Cada vez nos emociona más un “¡Viva Guayaquil!” que un “¡Viva el Ecuador!”. La tarde de la gran marcha por Guayaquil las banderas tricolores quedaron olvidadas en nuestro pequeño cajón nacionalista, esperando el próximo partido de fútbol de la selección para volver a flamear.
No hay nada de malo en sentirse guayaquileño o quiteño o cuencano antes que ecuatoriano. Estamos en nuestro derecho de acoger nuestra identidad más cercana, la que nos representa mejor, sea esta nuestra familia, gremio, ciudad, país o cualquier otra. Portamos, según la ocasión, distintas banderas con los colores de nuestra identidad, que idealmente deben complementarse para flamear juntas. Gritar a todo pulmón un gol de Barcelona hoy no impide que mañana gritemos un gol de la selección. De igual forma, el apoyo incondicional a la ciudad y lo local no debe excluir el apoyo al país y lo nacional.
Sin embargo, pareciera como si el grito por Guayaquil nos aleja a veces del grito por Ecuador. Como si la bandera de nuestra identidad guayaquileña flameara incómoda junto a la ecuatoriana. Como si al decir autonomía pensáramos en separación; y no todo lo contrario, integración del país a través de la autogestión de sus ciudades y regiones.
Vamos por el camino equivocado cuando nuestra identidad guayaquileña no se complementa con la ecuatoriana. Cuando la camiseta tricolor nos queda bien solo con algún triunfo deportivo o artístico, pero nos aprieta en el ámbito político. Cuando pensamos que el éxito de Guayaquil solo se da separado del país y no con el país y por el país.
No equivoquemos nuestra lucha. Cuántas veces he escuchado decir que Guayaquil no necesita del resto del país, que Guayaquil estaría mejor solo y totalmente independiente. Guayaquil necesita del país y el país necesita a Guayaquil. No confundamos la lucha por la autonomía como una lucha contra Quito. Todo lo contrario. Esta es la lucha por Quito, por Cuenca, por Manta, por el país contra el centralismo y su burocracia privilegiada. Esta es la lucha por darle a cada región el manejo de sus recursos para tomar sus propias decisiones y ejecutar sus propios planes. La lucha para jubilar de una vez por todas al burócrata parásito que se engorda del centralismo ineficiente. La lucha por la autonomía que une al país, al permitir a cada ciudad y región trabajar juntos sabiendo que cada uno maneja lo suyo, y no como hoy, separados y en conflicto al saber que otro se lleva lo que no le corresponde.
Avancemos hacia la autonomía con una visión integradora, una visión nacional. Guayaquil será más ciudad si Ecuador es más país. Que el grito de ¡Viva Guayaquil! vaya siempre unido al de ¡Viva el Ecuador! Que los guayaquileños miremos más allá del Guayas y el Daule, trabajando con los colores del país en nuestra mente y buscando la autonomía en beneficio de Guayaquil y el país entero, y no de Guayaquil a pesar del país. Y que el Gobierno trabaje por el progreso de Costa, Sierra, Oriente y Galápagos a través de un plan de descentralización y autonomías regionales integral. Solo así hablaremos de un Ecuador unido y de una identidad tan ecuatoriana como ya lo es guayaquileña.
lunes, febrero 07, 2005
Sabidos
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Un viejo chiste: Un diputado ecuatoriano visita a un congresista gringo. “¿Ves esa carretera?”, le muestra el gringo al ecuatoriano una moderna autopista, mientras señala su bolsillo y dice: “10% para mí”. Meses después, el congresista gringo visita al ecuatoriano. “¿Ves esa carretera?”, le dice el ecuatoriano señalando una vasta extensión con burros y chivos. “No veo nada”, dice el gringo. El diputado ecuatoriano señala orgulloso su bolsillo y dice “así es, 100% para mí”.
Mi profesor en la universidad nos decía que se considera corrupto a un país cuando la corrupción es algo esperado; en cambio, un país no es corrupto cuando la corrupción sorprende. Es decir, existe corrupción en el mundo entero.Ningún país se salva. La diferencia está en los grados de corrupción y la reacción que causa.
En Ecuador la corrupción dejó de sorprendernos hace mucho. Nos peleamos la punta entre los países más corruptos del mundo, según Transparencia Internacional y cualquiera que nos visita. Negociados en los contratos de obras públicas; compra y venta de candidatos, votos y conciencias; sobornos, contrabando y peculado; abuso de fondos públicos; coimas que agilitan trámites burocráticos; burócratas que no agilitan trámites sin coimas; jueces que copian exámenes; millonarias deudas “pagadas” con adefesios sin valor… en fin. Y lo peor es que nadie se cree corrupto, ¡qué va! Todos somos “vivos” y “sabidos”, nada más, nada de malo en eso.
Alguien me decía rechazando esta lista de Transparencia Internacional que “los corruptos en Ecuador son solo una minoría de políticos y empresarios, la mayoría somos gente honesta”. No estoy de acuerdo. Es verdad que los verdaderos corruptos, esos que roban y mienten sin remordimiento, esos que escapan del país con fundas llenas de billetes de gastos reservados, o reciben jugosas comisiones por cada contrato público, en fin, esos que todos conocemos bien, son una minoría que mancha el nombre del país. Pero el resto no se salva. Todos somos parte del sistema. La corrupción se respira en el aire y nos contagia.
Nos lamentamos y reclamamos la sinvergüencería de nuestros políticos, banqueros, jueces y burócratas. Pero no tenemos problema en sobornar al policía o pedirle a nuestro pana en las aduanas que nos agilite el trámite por la izquierda. “Si queremos salir adelante en este país tenemos que hacer lo que el sistema nos obliga”, pensamos y reclamamos. “El que no es sabido no llega a ningún lugar”, nos defendemos. Es verdad, el sistema corrupto e ineficiente nos lleva a veces a hacer cosas que preferiríamos evitar. Pero luego nos refugiamos en el sistema para llevar nuestras acciones más allá de lo admisible y ético. Y ahí es cuando cruzamos la línea.
Pasamos de pagarle a un tramitador para que nos saque la cédula, a pagarle a un funcionario para que nos favorezca en un concurso público. Nos cegamos ante la falta de moral general. Si todos lo hacen, ¿por qué yo no?, es nuestra excusa del millón.
El país no mejorará posiciones en la lista de corrupción si solo nos dedicamos a perseguir a los corruptos cabecillas. Es crucial perseguirlos hasta atraparlos. Pero es igual de importante que empecemos por ser honestos nosotros mismos, en cada momento, cada trabajo, cada acción.¿Podemos decir que realmente lo somos?
Si empezamos por nosotros mismos tal vez logremos que un día el cuento del diputado no se aplique a nuestra realidad. Pero claro, algún sabido me dirá que si construimos la carretera nos merecemos al menos el 10% que se lleva el gringo.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Un viejo chiste: Un diputado ecuatoriano visita a un congresista gringo. “¿Ves esa carretera?”, le muestra el gringo al ecuatoriano una moderna autopista, mientras señala su bolsillo y dice: “10% para mí”. Meses después, el congresista gringo visita al ecuatoriano. “¿Ves esa carretera?”, le dice el ecuatoriano señalando una vasta extensión con burros y chivos. “No veo nada”, dice el gringo. El diputado ecuatoriano señala orgulloso su bolsillo y dice “así es, 100% para mí”.
Mi profesor en la universidad nos decía que se considera corrupto a un país cuando la corrupción es algo esperado; en cambio, un país no es corrupto cuando la corrupción sorprende. Es decir, existe corrupción en el mundo entero.Ningún país se salva. La diferencia está en los grados de corrupción y la reacción que causa.
En Ecuador la corrupción dejó de sorprendernos hace mucho. Nos peleamos la punta entre los países más corruptos del mundo, según Transparencia Internacional y cualquiera que nos visita. Negociados en los contratos de obras públicas; compra y venta de candidatos, votos y conciencias; sobornos, contrabando y peculado; abuso de fondos públicos; coimas que agilitan trámites burocráticos; burócratas que no agilitan trámites sin coimas; jueces que copian exámenes; millonarias deudas “pagadas” con adefesios sin valor… en fin. Y lo peor es que nadie se cree corrupto, ¡qué va! Todos somos “vivos” y “sabidos”, nada más, nada de malo en eso.
Alguien me decía rechazando esta lista de Transparencia Internacional que “los corruptos en Ecuador son solo una minoría de políticos y empresarios, la mayoría somos gente honesta”. No estoy de acuerdo. Es verdad que los verdaderos corruptos, esos que roban y mienten sin remordimiento, esos que escapan del país con fundas llenas de billetes de gastos reservados, o reciben jugosas comisiones por cada contrato público, en fin, esos que todos conocemos bien, son una minoría que mancha el nombre del país. Pero el resto no se salva. Todos somos parte del sistema. La corrupción se respira en el aire y nos contagia.
Nos lamentamos y reclamamos la sinvergüencería de nuestros políticos, banqueros, jueces y burócratas. Pero no tenemos problema en sobornar al policía o pedirle a nuestro pana en las aduanas que nos agilite el trámite por la izquierda. “Si queremos salir adelante en este país tenemos que hacer lo que el sistema nos obliga”, pensamos y reclamamos. “El que no es sabido no llega a ningún lugar”, nos defendemos. Es verdad, el sistema corrupto e ineficiente nos lleva a veces a hacer cosas que preferiríamos evitar. Pero luego nos refugiamos en el sistema para llevar nuestras acciones más allá de lo admisible y ético. Y ahí es cuando cruzamos la línea.
Pasamos de pagarle a un tramitador para que nos saque la cédula, a pagarle a un funcionario para que nos favorezca en un concurso público. Nos cegamos ante la falta de moral general. Si todos lo hacen, ¿por qué yo no?, es nuestra excusa del millón.
El país no mejorará posiciones en la lista de corrupción si solo nos dedicamos a perseguir a los corruptos cabecillas. Es crucial perseguirlos hasta atraparlos. Pero es igual de importante que empecemos por ser honestos nosotros mismos, en cada momento, cada trabajo, cada acción.¿Podemos decir que realmente lo somos?
Si empezamos por nosotros mismos tal vez logremos que un día el cuento del diputado no se aplique a nuestra realidad. Pero claro, algún sabido me dirá que si construimos la carretera nos merecemos al menos el 10% que se lleva el gringo.
viernes, enero 14, 2005
¿Te animas?
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Lees el periódico, ves las noticias en la tele y te quejas. Reniegas de los políticos sinvergüenzas, de las cortes bochornosas y de aquellos que nos hunden con solo una llamada de celular. Eres un tipo honesto y trabajador, eso lo saben todos. Produces para el país el dinero que otros solo saben rifarse en los pasillos del Congreso, ministerios y Carondelet.
En la universidad discutías con tus amigos por largas horas los problemas del país, la decadencia de la política y todo lo que harías por cambiar las cosas. Entrarías en política, ocuparías cargos públicos y harías la diferencia. Pero primero debías hacer dinero y te pusiste a trabajar. Creció tu empresa. Llegaron tus hijos, escuela, colegio, universidad. Vino la casa nueva, los viajes, los pequeños lujos. Hiciste dinero, creaste empleos, produjiste para tu bolsillo y el bolsillo nacional. Lo de entrar en política lo fuiste postergando y poco a poco olvidando.
A menudo te encuentras con aquellos amigos de sueños e ideales. Discuten y se quejan por largas horas sobre el desastroso país en el que les toca vivir. Pero ahí queda la discusión. En simples quejas. Ya no propones luchar para cambiar las cosas. Ya nadie quiere entrar en política, meterse en el estiércol e intentar limpiar toda esa porquería. “Ojalá nuestros jóvenes hagan algo por este país”, se dicen resignados antes de despedirse.
¡Como si ya estuvieras viejo para hacer algo! Para trabajar todos los días en tu empresa te sientes joven, para correr en el gimnasio cada mañana te sientes fuerte y adolescente, para entrar en política ya te sientes jubilado. Piensas: he trabajado por mi país desde mi empresa más que cualquiera de esos diputados que no saben lo que es ganar un sueldo produciendo. No quiero que manchen mi nombre políticos corruptos que hunden a toda persona honesta que ocupa un cargo público. De acuerdo. Este país necesita más empresarios como tú que produzcan, más jóvenes creando nuevas empresas y negocios, y menos jóvenes mediocres viendo cómo se consiguen un puestito en el ministerio donde trabaja el tío. Hay que producir para que el país crezca. Tienes razón, has hecho mucho por tu país con tu empresa, tu negocio, tu profesión. Pero en el fondo, bien en el fondo, de cuando tenías 24 años y tenías sueños, ganas y esperanzas, ¿no quisieras hacer algo más?
Esta noche cuando veas en las noticias las riñas en el Congreso, las ignorantes declaraciones salidas de Carondelet, los rugidos destructores, las llamadas divisorias desde Panamá, y estés a punto de criticar e insultar a la pantalla, piensa en tus sueños jóvenes, piensa en lo que has hecho por ellos. Mira a tu alrededor, y date cuenta que no te falta nada, que te puedes dar el lujo de encargar tus negocios por unos años. Tal vez ganarás un poco menos de dinero, pero harás ganar al país.
Yo creo en gente como tú. Sí, creo también en los jóvenes como yo. Pero los jóvenes honestos no podemos darnos el lujo de no trabajar y pasearnos por el Congreso con un celular. Debemos trabajar, producir y asegurar nuestro bienestar. Queremos poner el hombro por el país, pero necesitamos a alguien como tú a quien apoyar. Tienes el tiempo, la experiencia y la estabilidad, nosotros los jóvenes pondremos las ganas. Queremos al igual que tú hacer algo por este país antes que sea demasiado tarde, antes que aquellos que nos avergüenzan hoy desde el Congreso terminen controlando cada esquina de nuestro destino. ¿Te animas a dar el paso? El país lo espera todo de ti.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
Lees el periódico, ves las noticias en la tele y te quejas. Reniegas de los políticos sinvergüenzas, de las cortes bochornosas y de aquellos que nos hunden con solo una llamada de celular. Eres un tipo honesto y trabajador, eso lo saben todos. Produces para el país el dinero que otros solo saben rifarse en los pasillos del Congreso, ministerios y Carondelet.
En la universidad discutías con tus amigos por largas horas los problemas del país, la decadencia de la política y todo lo que harías por cambiar las cosas. Entrarías en política, ocuparías cargos públicos y harías la diferencia. Pero primero debías hacer dinero y te pusiste a trabajar. Creció tu empresa. Llegaron tus hijos, escuela, colegio, universidad. Vino la casa nueva, los viajes, los pequeños lujos. Hiciste dinero, creaste empleos, produjiste para tu bolsillo y el bolsillo nacional. Lo de entrar en política lo fuiste postergando y poco a poco olvidando.
A menudo te encuentras con aquellos amigos de sueños e ideales. Discuten y se quejan por largas horas sobre el desastroso país en el que les toca vivir. Pero ahí queda la discusión. En simples quejas. Ya no propones luchar para cambiar las cosas. Ya nadie quiere entrar en política, meterse en el estiércol e intentar limpiar toda esa porquería. “Ojalá nuestros jóvenes hagan algo por este país”, se dicen resignados antes de despedirse.
¡Como si ya estuvieras viejo para hacer algo! Para trabajar todos los días en tu empresa te sientes joven, para correr en el gimnasio cada mañana te sientes fuerte y adolescente, para entrar en política ya te sientes jubilado. Piensas: he trabajado por mi país desde mi empresa más que cualquiera de esos diputados que no saben lo que es ganar un sueldo produciendo. No quiero que manchen mi nombre políticos corruptos que hunden a toda persona honesta que ocupa un cargo público. De acuerdo. Este país necesita más empresarios como tú que produzcan, más jóvenes creando nuevas empresas y negocios, y menos jóvenes mediocres viendo cómo se consiguen un puestito en el ministerio donde trabaja el tío. Hay que producir para que el país crezca. Tienes razón, has hecho mucho por tu país con tu empresa, tu negocio, tu profesión. Pero en el fondo, bien en el fondo, de cuando tenías 24 años y tenías sueños, ganas y esperanzas, ¿no quisieras hacer algo más?
Esta noche cuando veas en las noticias las riñas en el Congreso, las ignorantes declaraciones salidas de Carondelet, los rugidos destructores, las llamadas divisorias desde Panamá, y estés a punto de criticar e insultar a la pantalla, piensa en tus sueños jóvenes, piensa en lo que has hecho por ellos. Mira a tu alrededor, y date cuenta que no te falta nada, que te puedes dar el lujo de encargar tus negocios por unos años. Tal vez ganarás un poco menos de dinero, pero harás ganar al país.
Yo creo en gente como tú. Sí, creo también en los jóvenes como yo. Pero los jóvenes honestos no podemos darnos el lujo de no trabajar y pasearnos por el Congreso con un celular. Debemos trabajar, producir y asegurar nuestro bienestar. Queremos poner el hombro por el país, pero necesitamos a alguien como tú a quien apoyar. Tienes el tiempo, la experiencia y la estabilidad, nosotros los jóvenes pondremos las ganas. Queremos al igual que tú hacer algo por este país antes que sea demasiado tarde, antes que aquellos que nos avergüenzan hoy desde el Congreso terminen controlando cada esquina de nuestro destino. ¿Te animas a dar el paso? El país lo espera todo de ti.
miércoles, octubre 20, 2004
Hoy y ahora
Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
He regresado a Guayaquil después de nueve años. ¿Para qué regresaste?, es la primera pregunta que me hacen. Me he encontrado con una gran ciudad, pero también con gente esperando en algún parque renovado el momento para largarse. Toda la regeneración urbana no ha cambiado el pesimismo nacional: que a este país no lo arregla nadie, que todos nuestros políticos son unos pillos, que solo huyendo de esta tierra hay futuro.
Regreso al Guayaquil feo y sucio que viví entre acné y fiestas de quince años. Recuerdo vagamente los rostros de esos hermanos que ocuparon incómodos el Sillón de Olmedo. La recuerdo, borrosa, a Elsa lanzando desde el balcón regalos de burla a su pueblo asfixiado. Desastre, basura, pipones, baches, ratas y rateros. A esta ciudad no la arregla nadie, dijimos entonces sin esperanzas.
Hoy veo a los más jóvenes jugando en la hora de recreo. Para ellos los parques de la ciudad siempre han sido verdes; el Malecón, siempre amplio y moderno; el cerro Santa Ana, un lugar seguro y turístico; el Municipio, un edificio donde la gente sí trabaja. Sus ojos están acostumbrados a ver construir, crecer, mejorar. El Guayaquil sin esperanza está en sus libros de historia, no en sus memorias.
Si Guayaquil hizo lo imposible, ¿por qué no también el país? Si los jóvenes crecimos con el cambio, ¿por qué somos tan pesimistas como nuestros padres y abuelos? Hoy confiamos en nuestro Alcalde, en la ciudad. Pero desconfiamos de nuestros políticos, del país. Otras ciudades también renacen con buenos alcaldes. La gente cree en ellos. El país es otro cuento.
Es como si todo el bien que los partidos y políticos hacen con la mano municipal, lo borraran con el codo nacional. Lo que aquí se construyó con esfuerzo y dedicación desde el Malecón, parecen destruirlo entre insultos y confrontaciones desde las sillas parlamentarias. No hay contagio de lo municipal a lo nacional. Todo lo positivo se queda en lo local.
Razones que lo expliquen aparecen por todos lados. Que el presidente no puede trabajar con la misma libertad que el alcalde, que el Municipio no tiene un Congreso que se le oponga a toda propuesta, que no es lo mismo manejar un presupuesto municipal que un presupuesto estatal. Las razones abundan, pero el hecho es uno solo: Guayaquil la fea, la sucia, la corrupta, la pipona, la que no tenía esperanza, cambió. ¿Podrá el Ecuador?
Hace quince años hablar de un gran Guayaquil era cosa de locos. Hace nueve años cuando me fui de aquí esa locura se acercaba un poco a la cordura. Que en otros quince años el gran Ecuador nos dé la razón a los locos que creemos hoy.
Pero no vale decir que el futuro está en las manos de los jóvenes. Generaciones de jóvenes han tenido el futuro en sus manos y se han hecho viejos, relegándolos una vez más a los nuevos jóvenes. Que los viejos nos faciliten ese futuro con su trabajo y apoyo. Hoy y ahora mismo. Que los jóvenes aceptemos el reto. Que no nos hagamos viejos para encargar el futuro a los jóvenes de mañana.
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador
He regresado a Guayaquil después de nueve años. ¿Para qué regresaste?, es la primera pregunta que me hacen. Me he encontrado con una gran ciudad, pero también con gente esperando en algún parque renovado el momento para largarse. Toda la regeneración urbana no ha cambiado el pesimismo nacional: que a este país no lo arregla nadie, que todos nuestros políticos son unos pillos, que solo huyendo de esta tierra hay futuro.
Regreso al Guayaquil feo y sucio que viví entre acné y fiestas de quince años. Recuerdo vagamente los rostros de esos hermanos que ocuparon incómodos el Sillón de Olmedo. La recuerdo, borrosa, a Elsa lanzando desde el balcón regalos de burla a su pueblo asfixiado. Desastre, basura, pipones, baches, ratas y rateros. A esta ciudad no la arregla nadie, dijimos entonces sin esperanzas.
Hoy veo a los más jóvenes jugando en la hora de recreo. Para ellos los parques de la ciudad siempre han sido verdes; el Malecón, siempre amplio y moderno; el cerro Santa Ana, un lugar seguro y turístico; el Municipio, un edificio donde la gente sí trabaja. Sus ojos están acostumbrados a ver construir, crecer, mejorar. El Guayaquil sin esperanza está en sus libros de historia, no en sus memorias.
Si Guayaquil hizo lo imposible, ¿por qué no también el país? Si los jóvenes crecimos con el cambio, ¿por qué somos tan pesimistas como nuestros padres y abuelos? Hoy confiamos en nuestro Alcalde, en la ciudad. Pero desconfiamos de nuestros políticos, del país. Otras ciudades también renacen con buenos alcaldes. La gente cree en ellos. El país es otro cuento.
Es como si todo el bien que los partidos y políticos hacen con la mano municipal, lo borraran con el codo nacional. Lo que aquí se construyó con esfuerzo y dedicación desde el Malecón, parecen destruirlo entre insultos y confrontaciones desde las sillas parlamentarias. No hay contagio de lo municipal a lo nacional. Todo lo positivo se queda en lo local.
Razones que lo expliquen aparecen por todos lados. Que el presidente no puede trabajar con la misma libertad que el alcalde, que el Municipio no tiene un Congreso que se le oponga a toda propuesta, que no es lo mismo manejar un presupuesto municipal que un presupuesto estatal. Las razones abundan, pero el hecho es uno solo: Guayaquil la fea, la sucia, la corrupta, la pipona, la que no tenía esperanza, cambió. ¿Podrá el Ecuador?
Hace quince años hablar de un gran Guayaquil era cosa de locos. Hace nueve años cuando me fui de aquí esa locura se acercaba un poco a la cordura. Que en otros quince años el gran Ecuador nos dé la razón a los locos que creemos hoy.
Pero no vale decir que el futuro está en las manos de los jóvenes. Generaciones de jóvenes han tenido el futuro en sus manos y se han hecho viejos, relegándolos una vez más a los nuevos jóvenes. Que los viejos nos faciliten ese futuro con su trabajo y apoyo. Hoy y ahora mismo. Que los jóvenes aceptemos el reto. Que no nos hagamos viejos para encargar el futuro a los jóvenes de mañana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)