lunes, septiembre 02, 2019

Regulitis


El Gobierno no logra curarse del virus estatista y controlador. Una y otra vez cae en ese populismo que lleva en las venas.

La semana pasada Lenín Moreno prohibió a los colegios privados aumentar matrículas y pensiones. Se mete en un negocio privado, porque sí, porque puede. Si la gente se queja por los precios altos basta obligar a los colegios a mantenerlos bajos. Y listo. La libertad, la oferta y la demanda, los planes de inversión de los colegios, les da igual. Y lo mismo aplica para la venta de libros y útiles. Cuidadito con subirme los precios, advierte Lenín. Da la orden a los gobernadores “para que nuestros intendentes se dediquen, desde el primer día, al control de precios en librería y papelerías”. La regulitis populista sigue viva.

Por estos mismos días, el Ministerio de Turismo pretende meterse en nuestras casas, apartamentos y hasta en el cuarto vacío al fondo del pasillo. No podremos alquilar libremente nuestros espacios a través de plataformas como Airbnb sin que el Estado meta las narices y lo dañe todo. En un país donde la gente necesita desesperadamente trabajo y dinero en los bolsillos, el Gobierno quiere impedirles ganar unos dólares de más alquilando sus propiedades.

Se pretende que sea el Estado, no el mercado, no la demanda de huéspedes y la oferta de propietarios de casas y apartamentos, lo que determine los estándares y condiciones del alojamiento que se ofrece. El Gobierno dice que buscan regular los servicios de alojamiento para que sean seguros y de calidad para todos los turistas. No entienden que eso ya lo hace mucho mejor Airbnb y otras plataformas. Es el usuario quien decide el estándar de su alojamiento, no un burócrata inventor de nuevas trabas, licencias e impuestos a quien quiere alquilar su casa el fin de semana.

Esta fiebre metiche y reguladora no se limita al Gobierno. Nuestros asambleístas no se quedan atrás. Como les parecen muy caros los pasajes entre Guayaquil y Quito –que lo son– quieren regular los precios a las aerolíneas. Así de fácil. No ven que los pasajes son caros, en buena medida, por los altos costos de operación en el país, las tasas y los impuestos que deben pagar las aerolíneas. No entienden que lo que se necesita es más competencia, más libertad, no más regulación.

Se requiere urgente un curso de economía básica para nuestras autoridades. Que entiendan que los precios son resultado de la oferta y la demanda, no de los deseos de la burocracia. Que comprendan los beneficios de tener más libertad y competencia y los perjuicios de tener más regulación, más trabas, más Estado metiéndose en asuntos privados.

Para ellos el malo siempre es el empresario, el comerciante que especula, que sube los precios, que se burla de sus clientes, que no es solidario. Como si poner precios fuera asunto de pegar al producto una etiqueta con el numerito que le da la gana al comerciante.

Seguimos infectados de regulitis y estatitis. Seguimos aplaudiendo a populistas que intervienen para resolver problemas creados por ellos mismos. Seguimos creyendo que necesitamos al Estado para que nos resuelva los problemas. No vemos que el Estado suele ser el problema.


lunes, agosto 19, 2019

Para no llorar como Argentina


Los resultados en las primarias argentinas reviven al fantasma del socialismo del siglo XXI, el populismo y la corrupción descarada en la región. Muchos señalan el gradualismo adoptado por el gobierno de Macri como el gran culpable.

El argumento es que Macri, en lugar de enfrentar los errores y horrores del kirchnerismo y hacer los cambios necesarios, ha sido muy tibio en sus políticas económicas, no redujo el gigante tamaño del Estado, ni el déficit fiscal. En fin, no se atrevió a ser el presidente que debía ser y ahora está pagando por su falta de decisión.

Difícil comprender la causa de fondo. La política no siempre hace sentido. Juegan más las emociones, pasiones y percepciones que la razón. Es difícil entender cómo la gente puede votar a favor de Cristina Fernández, culpable directa de la crisis que viven. Y en lugar de castigarla con el voto, castigan al gobierno que intenta, aunque sin éxito, sacarlos de esa crisis.

Como siempre, lo que sucede en otros países de la región nos lleva a pensar en el nuestro. Tenemos un pasado reciente muy similar. Ambos países venimos de experimentar las desastrosas consecuencias de gobiernos corruptos y populistas alineados al socialismo del siglo XXI. En ambos países, los gobiernos actuales buscan cambiar los errores del pasado.

Hay una obvia diferencia. Mauricio Macri fue el candidato de oposición que ganó con una plataforma de cambio. Lenín Moreno fue el candidato gobiernista que ganó con una plataforma de continuismo. De Macri se esperaba un cambio radical de un modelo estatista, controlador y populista a uno moderno, abierto, liberal y eficiente. De Lenín esperábamos más de lo mismo. Más despilfarro, más estatismo, más populismo.

No fue del todo así. En lo político, Lenín nos sorprendió distanciándose casi de inmediato del socialismo del siglo XXI. Y ha logrado desmantelar en buena medida el correísmo y desnudar su corrupción. Será difícil para Correa y su pandilla volver como Cristina. Pero no podemos estar seguros. Siempre puede aparecer otro populista que ocupe ese espacio disponible a la izquierda del tablero electoral.

En lo económico sí encontramos preocupantes similitudes con Argentina. Por un lado, este gobierno tiene importantes figuras que empujan la apertura comercial, el libre mercado, la reducción del Estado, entre otras políticas clave. Por otro, parecería que el aparato burocrático, la inercia estatista, o fuerzas dentro del Gobierno renuentes al cambio, se encargan de bloquear los intentos por liberalizar nuestra economía. Avanzamos por el camino correcto, pero muy lento y con desvíos inciertos.

Mientras avanzamos hacia la integración regional y acuerdos de libre comercio, mantenemos sectores protegidos, aranceles, trabas y rigidez laboral. Mientras se hacen ciertos recortes en el sector público, continuamos con un gasto público irresponsable. Vamos lentos, temerosos, a lo Macri. Tenemos, eso sí, una gran ventaja frente a los argentinos: nuestro dólar, que nos libera del pánico, nos da tranquilidad.

Ojalá lo de Argentina nos abra los ojos. Las buenas intenciones importan poco si no hay trabajo y plata en los bolsillos. Los abusos, la corrupción y la incompetencia del correísmo no garantizan su desaparición política. Es momento de que el Gobierno tome decisiones postergadas y camine firme hacia los cambios urgentes.


lunes, agosto 05, 2019

¿El final de los verdes?


En la computadora de quien fue la asistente del expresidente Correa quedó todo bien guardado y ordenado. En el ya famoso archivo de Excel VerdeFinal aparecen los montos y detalles de las “donaciones” que Alianza PAIS y ciertos funcionarios recibían por parte de empresas beneficiadas con contratos estatales. De toda la gran corrupción de la era correísta esto es apenas un pedacito, unos cuantos milloncitos que para el correísmo eran poca cosa. Pero este caso muestra de frente a esa maquinaria que operaba detrás de las supuestas manos limpias y corazones ardientes que tantos nos vendieron.

Que una empresa entregue dinero para apoyar a un político o movimiento político no tiene nada de malo. La política, como cualquier actividad, necesita plata, requiere donantes, personas y empresas que apoyen. Lo grave, lo sucio, está en que una empresa que contrata con el Estado entregue dinero al partido político y a los funcionarios en el poder que deciden sobre esos contratos.

Yo te doy un jugoso contrato público y tú me das plata a cambio. Contratista feliz, funcionarios felices. Todos felices menos los millones de ecuatorianos a quienes nos vieron la cara feriándose y repartiéndose nuestra plata, nuestros impuestos, nuestros recursos.

Más allá de montos, nombres y hojas de Excel, lo que más preocupa es que nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción que parece no importarnos. Las encuestas muestran a un Correa todavía fuerte, que hasta tendría opción de ganar la presidencia si pudiera lanzarse nuevamente. A pesar del enorme despilfarro, la corrupción, los abusos y la incompetencia comprobadas de su gobierno, muchas personas estarían dispuestas a votar otra vez por su caudillo.

El fenómeno lo vemos también en Argentina. La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, ahora candidata a vicepresidenta, sigue siendo muy popular y mantiene una fuerte intención de voto en su país. Quien lideró un gobierno probadamente corrupto e inepto tendría posibilidades de volver al poder.

¿Puede nuestra adoración por los caudillos populistas nublar tanto nuestra razón ante todas las evidencias de corrupción? ¿Entendemos que la mayoría de los problemas de hoy son consecuencia de la irresponsabilidad y despilfarro del gobierno anterior? ¿Nos da igual como sociedad que un político sea un sinvergüenza mientras sea mi sinvergüenza?

Aquí somos todos culpables. La mafia correísta y cualquier mafia política existe porque lo permitimos. Porque muchos miraron para el otro lado cuando el despilfarro y corrupción del gobierno los beneficiaba. Porque mientras a mi negocio le vaya bien, mientras tenga un contacto en el gobierno que me dé contratos, que sigan robando nomás, que sigan despilfarrando.

El documento VerdeFinal y todas las claras pruebas de corrupción del correísmo no acabarán con Correa y su pandilla. En una sociedad tan salpicada de corrupción, dudosa de sus valores, los corruptos siempre tendrán un lugar. Nos acostumbramos a ellos. Se vuelven la norma.

Mientras no valoremos la honestidad en nuestros líderes, mientras los corruptos y sinvergüenzas no sientan un rechazo social, ellos no se irán. Solo nos queda que la justicia actúe de verdad, que haga lo que como sociedad parece que no queremos hacer. Que los hagan responder por sus abusos. Que los pongan en su lugar. Que les marquen su final.