lunes, junio 03, 2019

Cambiar y avanzar


El Gobierno lo ha reconocido: tenemos que hacer algo para facilitar la generación de nuevos empleos. Lenín Moreno ha hablado directamente de la necesidad de que sea más fácil contratar y despedir a un trabajador. Estamos en un momento único, ideal, para lograr ese cambio urgente, postergado y tan necesario en materia laboral.

El desempleo y subempleo siguen subiendo en el país. Seis de cada diez ecuatorianos no tienen un trabajo formal. Solo 3 millones de personas tienen un trabajo con todas las de ley. Somos uno de los países donde es más difícil contratar en el mundo. Somos también uno de los menos competitivos del mundo, por culpa en buena medida de la rigidez de nuestro mercado laboral.

Parecería que entre todos los sectores hay, finalmente, un acuerdo sobre la necesidad de generar cambios en lo laboral para impulsar nuevos empleos. O casi todos. A pesar del momento crítico que vivimos, siguen sonando con fuerza voces sindicalistas que se oponen a cualquier cambio que suene a mayor flexibilidad laboral.

Los sindicalistas dicen hablar por los trabajadores, por esos 3 millones de personas que hoy tienen un trabajo formal, que reciben cada mes un sueldo, cada diciembre su décimo tercero, que están afiliados a la seguridad social. Pero ¿hablan ellos por los 5 millones de desempleados o subempleados que quieren un trabajo formal y no lo consiguen?

La prioridad no es defender las condiciones laborales de los empleados formales actuales. La prioridad es ayudar a que los desempleados y subempleados consigan trabajo. Si mañana las voces sindicalistas y sus amenazas de huelgas intimidan a los asambleístas y no se dan las reformas laborales, que tengan claro que los principales perjudicados serán esos millones de personas que no tienen trabajo. Las empresas, sobre todo las grandes, encontrarán la manera de salir adelante con reforma o sin reforma. Los desempleados y subempleados no. Seguirán tocando puertas que no se abren y difícilmente se abrirán sin un cambio.

Ciertos sindicalistas dicen desconfiar del sector empresarial por abusos cometidos en el pasado. Pero esos abusos son los que hoy se dan en el sector informal que sigue creciendo ante lo costoso de volverse formal. Una reforma que haga más fácil y barato contratar y volverse formal será la mejor manera de garantizar los derechos de nuevos trabajadores.

El Gobierno ha tomado la decisión correcta de enfrentar el desempleo y la rigidez laboral. Está en manos de la Asamblea hacerlo de frente y de manera integral, no a medias para contentar la supuesta estabilidad de una minoría que hoy tiene trabajo. La Asamblea no solo debe aprobar las pocas reformas que ahora se discuten, sino ir más allá. Dar los pasos hacia una reforma integral, una flexibilización laboral con todas sus letras. Y no quedarse en lo laboral. Para impulsar de verdad la generación de empleo, hay que avanzar hacia reformas en otras áreas como impuestos, aranceles y trámites.

Que los asambleístas y el Gobierno no se dejen intimidar por gritos sindicalistas ni cuentos de derechos adquiridos. Su enfoque debe estar en la dignidad, la esperanza, la sonrisa agradecida de cada nueva persona que consigue un trabajo. Por ellos hay que cambiar y avanzar.

lunes, mayo 20, 2019

Mezcla explosiva


Por un lado, la Corporación Nacional de Telecomunicaciones (CNT) cumple con reducir el gasto público eliminando el 10% de su obesa nómina. Bien hasta ahí. Pero ahora la misma CNT, empresa pública que perdería millones de dólares cada año si compitiera sin privilegios y con las mismas reglas que aplican a las operadoras privadas, es la nueva auspiciante de la Federación Ecuatoriana de Fútbol. ¡Linda austeridad! Millonario auspicio con plata de todos. Siguen el despilfarro y la farra.

En esto de malgastar nuestra plata en campañas publicitarias, auspicios y eventos, el correísmo dictó cátedra durante diez años. Con los hermanos Goebbels a la cabeza se armó un estado de propaganda en su máxima expresión, diseñado para alabar y engrandecer al líder y sus proyectos mientras se hundía y perseguía a opositores con campañas de desprestigio, odio y mentiras.

Hay que reconocer que con el gobierno actual toda esa multimillonaria publicidad oficial ha disminuido. Ya no nos meten la imagen del presidente hasta en la sopa. Ya no tenemos las eternas sabatinas ni las invasivas y abusivas cadenas nacionales.

Pero este mal populista no se ha ido. Se mantiene la amenaza del despilfarro en publicidad y en promocionar la imagen de las autoridades de turno. Hace poco nos enteramos de los contratos de última hora para publicidad institucional de la Asamblea Nacional. De igual forma, se ha criticado el gasto millonario que ha hecho durante los últimos meses la saliente alcaldía de Quito para promover su imagen. Dos ejemplos entre muchos.

La tentación en las autoridades de promocionarse y dar grandes auspicios con recursos públicos es demasiado grande. El modelo propagandístico que vivimos con Correa ha dejado su huella y muchos políticos ven como normal el repartir plata que no es de ellos e impulsar descaradamente su imagen. Esa costumbre provinciana de andar poniendo vallas y afiches en cada camino vecinal, cada calle o cada poste de luz para que el político de turno le grite al mundo que esta es “otra obra mía” sigue muy viva. Pero ya no se limita a un simple afiche. La autopromoción va con todo y en todos los medios.

No podemos esperar que mágicamente esto cambie. Los políticos y autoridades de turno continuarán abusando de recursos públicos para promocionarse y ganar simpatías con auspicios millonarios. Continuarán las derrochadoras campañas con plata de todos, o sea, de nadie.

Esto se frena por dos vías. Por un lado, con menos plata en el sector público. Menos instituciones públicas inservibles y menos empresas públicas sin razón de existir significa menos recursos para despilfarrar. No necesitamos empresas públicas en mercados que ya son atendidos por las privadas. El Estado jugando a empresario es receta probada para el fracaso, corrupción y despilfarro. Por otro lado, con una ley que prohíba el uso de recursos públicos para la promoción de la imagen de autoridades. Ni una valla, ni un comercial, ni un aviso con la cara y nombre de funcionarios o autoridades públicas.

La mezcla de vanidad política con fondos públicos es explosiva. Sin cambios drásticos seguirá la tentación de gastar sin control plata de todos en la vanidad de pocos.



jueves, mayo 09, 2019

El otro impuesto


Como van las cosas, nunca me llegará ni medio centavo del IESS. Ni a mí ni a casi todos los que aportamos obligados mes a mes a esta institución quebrada. La corrupción y el manejo populista del IESS esfumó buena parte de sus recursos, nuestra plata. Y el actual gobierno no muestra intención de cambiar las cosas. El pulpo necesita alimentarse, mantener su burocracia, continuar chupando recursos. La plata del IESS termina siendo plata del Estado, no de los afiliados.

En la práctica, los aportes que mes a mes hacemos al IESS son otro impuesto más. Ese 20,6% de nuestro sueldo que se nos lleva el IESS, si sumamos el aporte personal y el de la empresa, termina en un saco roto y oscuro. No podemos ver ni controlar el destino de nuestro dinero.

No solo que los ecuatorianos en el sector formal botamos la quinta parte de nuestro sueldo en una jubilación que muy probablemente no recibiremos y servicios médicos que preferimos evitar, sino que muchos terminamos pagando seguros de salud o planes de jubilación privados. ¿Se imaginan toda la plata que tuviéramos invertida y ahorrada si pudiésemos decidir dónde ponerla?

En un escenario tan desastroso como el que vive el IESS uno pensaría que las autoridades están armando planes de reestructuración total, planes drásticos que le den un giro completo al problema. Que como sociedad finalmente estaríamos pensando en cambiar de fondo el sistema de pensiones. Pero no. Aquí seguimos hablando y discutiendo de subir la edad de jubilación, de subir los montos de los aportes y otras formas de mantener a ese monstruo experto en chupar nuestra plata para construir megahospitales sin médicos, sobrepagar por medicinas que terminan olvidadas y caducadas en alguna bodega, financiar movimientos políticos y gobiernos de turno, y ser la caja chica, que de chica nada tiene, que alimenta nuestra eterna politiquería y clientelismo.

La única alternativa es pasar a un sistema de capitalización individual donde, ahí sí, podamos ver cuánta plata vamos ahorrando, cómo se va acumulando, creciendo. Un sistema donde nuestros aportes sean realmente nuestros y nadie pueda meterles la mano. Un sistema donde exista competencia que nos permita elegir dónde invertir nuestro dinero. Pasar de la imposición a la elección, de los fondos manejados con criterios politiqueros a fondos invertidos con criterios técnicos. Pero ya sabemos que estas son malas palabras entre nuestros políticos.

Este gobierno, sin planes de reelegirse y con un partido debilitado, sería el ideal para hacer este cambio de fondo en el sistema de pensiones. En lugar de ser recordado como un débil gobierno de transición, podría sorprendernos haciendo lo impensable: ser el gobierno que cambió para siempre nuestra seguridad social.

Un cambio hacia un sistema de capitalización individual sería tan profundo y positivo para el país como lo fue la dolarización. Sonará impopular, intereses muy poderosos se opondrán, pero al final mejoraría la vida de todos.

Difícil creer que un gobierno incapaz de mantener las fechas de un feriado, que agacha la cabeza ante el primer grito de protestas, se atreva a enfrentar este problema. Pero quién sabe, a veces hasta el más débil puede dar una buena pelea.