lunes, julio 02, 2018

Un VAR para nuestros políticos


Un habitual protagonista ha estado ausente de este Mundial de Fútbol en Rusia. El árbitro. Y esa es una gran noticia.

Ese hombre armado de un silbato, una tarjeta amarilla y una roja ha sido, sin querer queriendo, o a veces queriéndolo, el protagonista de grandes triunfos y derrotas injustas. Su nombre y el de su madre ha sido mentado en bares, oficinas y chats alrededor del planeta después de un partido.

Ahora, gracias a la tecnología, los árbitros pueden hacer su trabajo mejor que nunca, más tranquilos, sin tanta presión, sabiendo que tienen el respaldo de cámaras que registran con gran detalle lo que sus ojos pudieran no ver. El VAR (Video Assistant Referee o árbitro de videoasistencia) ha llegado para mejorar la experiencia del fútbol. Para asegurarse de que sean los jugadores, no los árbitros, los protagonistas del partido, los únicos responsables de su éxito o su fracaso en la cancha.

Existe todavía la postura nostálgica de que los errores del árbitro son parte del fútbol. Con el VAR no hubiera existido la mano de Dios y Argentina quizás no hubiese ganado ese partido en México 86, por ejemplo. Pero ese gol de Maradona fue, al fin y al cabo, un gol tramposo, un gol injusto, que la tecnología de hoy hubiera anulado.

Y como el fútbol se parece a veces tanto a la política, ver el éxito del VAR en este Mundial nos hace pensar si sería posible lograr algo similar en la política. Contar con la tecnología que ayude a identificar a los políticos tramposos, a los que mienten y nunca cumplen lo que ofrecen, a los corruptos que se llevan nuestra plata, a los que usan recursos del Estado para asuntos privados. Un sistema que encienda los faros y las cámaras de la transparencia para revisar lo actuado por políticos y gobernantes, evitar la trampa y los engaños, identificar a esos que gritan y se lanzan en el área fingiendo un foul mientras nos roban más de un gol y la billetera.

En realidad, ya existe ese sistema que revela con nitidez lo que pasa en la cancha política. Ya existe esa ayuda para que jueces y autoridades puedan sancionar el juego sucio. Ese control lo hacen los medios de comunicación, los periodistas, las ONG y la ciudadanía, sobre todo en redes sociales. Ellos son ese VAR que analiza las jugadas y saca a la luz los abusos de políticos y gobernantes. El periodismo investigativo revela aquellas acciones que merecen una sanción.

En el fútbol, más allá de lo que muestren las cámaras del VAR o lo que recomienden los jueces en la sala de televisión, la decisión final la tiene el árbitro. En política, más allá de las revelaciones de periodistas, de las ONG o la ciudadanía, las autoridades deciden qué hacer. De ellos depende validar el juego limpio y sancionar a los políticos tramposos.

Hemos jugado demasiados años con jueces pitando lo que les da la gana, favoreciendo la trampa, dejando sin sanción a los que juegan sucio. Ya toca hacer caso a las evidencias que medios y activistas vienen revelando. Los goles con la mano deben ser anulados, no celebrados.


lunes, junio 18, 2018

Karma


“Karma”, “se les viró la tortilla”, “el mundo da vueltas”, dice la gente por ahí. El que persiguió sin piedad, poniendo al Estado a su servicio, ahora se dice perseguido. Los que abusaron, insultaron y reprimieron, ahora se dicen acosados y maltratados.

“Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da”, canta Jorge Drexler. Y tiene razón. Pero el gobierno de Lenín Moreno debe tener cuidado de no caer en eso. De no devolver las mismas patadas que el correísmo nos dio.

Sí, Correa y su mafia se apoderaron de todas las instituciones del Estado para usarlas y abusarlas a su antojo, para callar a opositores y perseguir. Sí, la corrupción correísta se lo llevó todo. El mismo Correa se enriqueció sin pudor con convenientes juicios y sentencias como la del Banco Pichincha. Sí, Correa mandó a su casa de un mantelazo a los diputados para instalar esa Asamblea Constituyente con la que inició su reinado. Sí, el correísmo fue una década nefasta, llena de abusos y violaciones a la ley.

Pero eso no justifica caer en lo mismo.

El reciente comunicado oficial del Gobierno a los asambleístas, para que se autorice el juicio a Correa, tiene esas ínfulas tan correístas de pretender imponer la voluntad presidencial. En el comunicado se “rechaza la actuación de aquellos asambleístas que se presentan como morenistas y al mismo tiempo no actúan de acuerdo a los principios de transparencia y justicia”. Y habla del “momento histórico” que exige “demostrar quiénes quieren un cambio verdadero y vivir una democracia plena o quiénes quieren solapar y esconder las vergonzosas actuaciones del pasado”.

El comunicado califica de “morenistas” a los asambleístas afines al régimen, volviendo a ese peligroso culto a la persona, por encima de las ideas o principios. Al puro estilo correísta, el mensaje es “o están conmigo, o están contra mí”. Hasta se refiere al “momento histórico”, clásica frase de la demagogia correísta para justificar sus abusos.

Por ahí no va la cosa. Los problemas no se resolverán cambiando un caudillo por otro. La Asamblea no debe actuar de una manera determinada porque Lenín lo exija, sino porque es lo correcto.

El poderoso Consejo de Participación Ciudadana transitorio debe ser también muy cuidadoso. Debe descorreizar las instituciones con la ley en mano, con razones que sustenten sus decisiones, no porque tienen el poder o así lo quiera la mayoría. Suficiente ya tuvimos de “somos más, muchísimos más” como excusa para imponer la tiranía de la mayoría contra derechos individuales.

No podemos aplaudir la violencia contra asambleístas y exfuncionarios correístas, por muy detestables que ellos sean, ni por todos sus insultos y la violencia que ellos motivaron hace pocos años. Aplaudamos cuando la ley los haga responder por sus actos. Hay razones de sobra para que Correa y su grupo enfrenten la justicia y terminen en prisión.

El Gobierno ha puesto al correísmo en el banquillo. Que no pierda el control. Que el poder no se le suba a la cabeza. Que no reemplacen simplemente a personas. Que reemplacen el caudillismo y el abuso por la institucionalidad, la justicia, la ley, los pesos y contrapesos. Que acaben con el círculo vicioso.



lunes, junio 04, 2018

Recordar el miedo


“Correa era algo así como un acosador colegial, un adolescente que hace bullying a todo el país”, dice Santiago Roldós en Propagandia, el revelador documental de Carlos Andrés Vera. Propagandia nos refresca la memoria de esa historia reciente, de ese bullying que aguantaron periodistas, medios de comunicación y opositores, de ese cinismo impresionante con el que Correa y sus aduladores abusaron de su poder.

Muchos vivieron y sufrieron directamente ese abuso correísta. El periodista Juan Carlos Calderón cuenta en el documental de la inverosímil demanda por 10 millones de dólares que Correa le puso por el supuesto daño moral que el libro Gran Hermano le causó. Martín Pallares, periodista que recibió constantes ataques, relata cómo sus hijos pequeños le pedían que ya no siguiera hablando. El documental nos recuerda también los niveles absurdos de prepotencia institucional como cuando se exigió a Bonil que rectificara una caricatura por no “corresponder a la realidad”. Los complejos y la desvergüenza gobernaban por encima de la razón o la decencia.

Y gobernaba el miedo. Como el que relata Martha Roldós cuando a su hija “le pusieron dos veces una pistola en la cabeza”, o cuando “no solo yo, muchos periodistas y activistas fuimos las curiosas víctimas privilegiadas de ataques reiterados de supuestos maleantes”. O el miedo que sintió María Paula Romo cuando “me tumbaron la puerta de mi casa y la pusieron en la mitad de la sala”. O el que sintió Ruth Hidalgo, de Participación Ciudadana, cuando a su hijo de 17 años la Senain lo seguía y le tomaba fotos. Para otros ese miedo terminó en tragedia. El documental nos recuerda a quienes murieron asesinados en circunstancias no aclaradas: José Tendetza, dirigente indígena y activista antiminero; el general José Gabela, quien denunció corrupción en la compra de helicópteros; Fausto Valdiviezo, periodista que denunció la corrupción en los medios públicos.

Propagandia revive los abusos constantes de esa Ley de Comunicación que “creó todo un aparato burocrático para perseguir y sancionar periodistas”; por ejemplo, con la interrupción casi diaria de noticiarios con cadenas para dizque rectificar información. Revivimos también episodios vergonzosos como cuando “un niño de 14 años le hace mala seña a la caravana presidencial y otro niño de 50 años, que además es el presidente de la República, detiene la caravana para reprender a quien le ofendió”; o la forma perversa como en las últimas elecciones presidenciales, el Gobierno puso a todo el aparato estatal de comunicación y coerción al servicio de su candidato y en contra del opositor.

Al final, los abusos del Gobierno, la aplicación arbitraria de la Ley de Comunicación, la constante intimidación a medios, periodistas y cualquiera que criticara a Correa, nos llevaron a la autocensura. Las mayores verdades fueron las que no salieron al aire, las frases y artículos que escogimos no publicar, los tuits que borramos antes de enviar, no vaya a ser que disgusten al Mashi. Callamos para evitar ser perseguidos o atacados en la próxima sabatina.

“Después de diez años de un estado de propaganda queda en la sociedad una herida muy difícil de curar”, concluye Propagandia. Diez años de abusos que debemos recordar y sancionar, para que no se repitan, para vivir libres y sin miedo. Diez años que este documental hará más difícil olvidar.