lunes, noviembre 04, 2019

Acuerdos mínimos


“Necesitamos mano dura en este país. Necesitamos un Pinochet”. Esa peligrosa frasecita que parecía haber desaparecido de nuestro imaginario político, estos días ha asomado sin pudor. Que este país solo se arregla con mano dura, que hay que repartir bala y se acaba el problema, escucho decir a más de uno por ahí.

Dictadura de izquierda mala, dictadura de derecha buena: simple reflexión que lanzan como solución a los males actuales. Y esto no solo viene de nostálgicos de un pasado de política de revólver en mano. Viene también de nuevas generaciones listas para desaparecer del mapa al primero que se le cruce con un poncho, un pañuelo verde amarrado al cuello o cualquier cosa que huela a izquierda.

Sí, ese socialismo que tiene contaminada a buena parte de nuestros jóvenes, nuestros colegios y universidades, nuestros políticos y nuestros grupos sociales es culpable de muchos de nuestros males. Las manifestaciones y la violencia en Quito, Santiago y otros lugares de la región apestan a ese socialismo de quienes solo saben quejarse para exigir que el Estado les dé más quitando a los demás. Sus reclamos no se centran en la corrupción de políticos y gobernantes o el despilfarro de recursos públicos. No, para los manifestantes quema-edificios la corrupción pasa a segundo plano. (De hecho, ante la promesa del Estado regalón, nuestros socialistas del sur no tuvieron vergüenza en votar por un personaje tan corrupto como Cristina Fernández). Sus piedras y lanzacohetes artesanales apuntan a los mismos fantasmas de siempre: el Fondo Monetario, los más ricos, las grandes corporaciones, el libre comercio, las privatizaciones, la apertura comercial.

Y aunque está claro que estas manifestaciones son reprochables y se equivocan en forma y fondo, no podemos ignorar los reclamos ni el descontento de los miles de personas que han salido a las calles. Aunque la violencia, destrozos y saqueos convirtieron a muchos de ellos en simples criminales, hay un mensaje de fondo que no puede ser minimizado.

No es fácil contentar a todos. Pero podemos apuntar, al menos, a estar de acuerdo en lo elemental: que no queremos ni necesitamos dictaduras, ni mano dura para salir adelante. Que no podemos pretender acabar con todo, y todos, a balazos. Estar de acuerdo en tener más libertad, más democracia, más inclusión, más tolerancia. Estar de acuerdo en que los intereses de quienes salen a protestar a las calles son, en el fondo, los mismos que los del gobierno, los empresarios, o cualquier ciudadano: tener un país más justo, con mejor calidad de vida para todos, con más oportunidades, menos pobreza.

Lo primero es reconocernos como parte del mismo equipo, con los mismos intereses y valores, a pesar de nuestras diferencias y desacuerdos. Entender que el enemigo no está en los ricos, ni los pobres, ni los indígenas, ni los estudiantes, ni los empresarios, ni los trabajadores, ni los socialistas, ni los capitalistas, ni nadie en particular. Está en los corruptos y abusadores dentro de cualquiera de esos grupos. Está en un Estado centralista y obeso experto en quitar, trabar y malgastar.

Mientras cada grupo se enfoque en acabar al otro, al que piensa distinto, en lugar de buscar acuerdos mínimos, poco o nada habremos aprendido.


lunes, octubre 21, 2019

Mañana no hay clases


“¿Quiénes son los indígenas? ¿Por qué están tan bravos?”, preguntan mis hijos mientras esperamos un nuevo flash informativo y la cadena nacional anunciada para las nueve, postergada para las diez.

No tienen apuro en ir a dormir. Mañana no hay clases, pasado tampoco. Las noticias de los últimos días han mostrado a grupos de indígenas protestando en las calles de Quito, bloqueando carreteras, invadiendo una fábrica de leche, lanzando piedras, insultando al presidente. Muestran saqueos en Guayaquil, edificios públicos y un canal de televisión en llamas, gas lacrimógeno, destrucción, heridos, un periodista ensangrentado tras recibir un piedrazo en la cabeza.

“¿Quiénes son? ¿Por qué están tan bravos?”. Son ecuatorianos, con sus tradiciones, sus costumbres, su idioma, su manera de ver la vida algo distinta. Pero son, al final del día, personas como ustedes, como yo, como cualquiera. Están bravos porque ahora la gasolina y el diésel serán más caros.

¡Estos indígenas son unos criminales, están destruyendo el país!, dice la mañana siguiente un hombre en la televisión. “¿Es verdad eso, son criminales?”. No, la gran mayoría está en sus casas, tranquilos, no en esas marchas quemando llantas. Pero hay unos violentos que crean caos, esos sí son criminales y deben ir a la cárcel. La mayoría quiere vivir en paz como cualquier persona.

“¿Y por qué no regresan a sus casas y viven en paz?”. No es tan sencillo. No van a regresar hasta que les den lo que piden o hasta que los policías y militares los saquen a la fuerza. “¿Y por qué no les dan lo que piden?”. Porque eso sería malo para el país que necesita ponerse en orden, sería malo para todos. “Entonces, ¿por qué no los sacan a la fuerza?”. Porque eso también sería malo, habría muchos heridos y hasta muertos. Además, esto ya no es solo un tema de los indígenas. Se han metido personas malas que buscan crear violencia para sacar a Lenín de la presidencia.

“¿Y quién quiere eso?”. Correa. “¿Pero Lenín y Correa no eran amigos?”. Eran. “¿Y Correa no estaba en Europa?”. Correa molesta desde cualquier lugar del mundo. “¿O sea que otra vez la culpa es de Correa?”. Exacto. Y de muchos políticos oportunistas a quienes les da igual el país, y de líderes indígenas que solo piensan en sus intereses personales, y del Gobierno que no supo comunicar las medidas, y del socialismo retrógrado que todavía tiene contaminada esta sociedad. “¿Del qué?”, de Correa, la culpa es de Correa.

“¿Y ahora qué pasó? ¿Qué dijo el señor con la cara pintada y plumas en la cabeza? ¿Por qué celebran?”. Porque Lenín va a hacer lo que piden los indígenas. Ya no va a subir el precio de la gasolina para que termine la huelga. “¿Ganaron entonces los indígenas?”. No, nadie ganó. Todos perdimos. Perdieron los políticos. Perdió el Gobierno. Perdió el país. Perdieron las empresas, los trabajadores, los negocios parados. Perdieron los muertos, los heridos y sus familias. Perdieron los barrios, las calles, los edificios, las ciudades destruidas. Perdieron los mismos indígenas, aunque crean lo contrario. Perdieron ustedes, los niños que deben vivir en medio de esta división y violencia, en un país estancado.

“¿Y entonces… hay clases mañana?”.


lunes, octubre 07, 2019

Oportunistas del relajo


Mientras escribo esto hay relajo en varias ciudades del país. Hay calles bloqueadas, gente lanzando piedras, tiendas saqueadas.

Día de paro. Los transportistas bloquean las calles. Día de oportunismo político. Los políticos bloquean nuestro futuro.

Mis hijos están viviendo extrañados lo que para mí era normal de chico. Esa emoción de no tener clases en media semana porque a un grupo se le ocurre salir a quemar llantas. Cambian los medios: ayer recibíamos la noticia de un pesado televisor y un flash informativo con Alfonso Espinosa de los Monteros. Hoy nos llega la noticia repetida mil veces en mensajes y redes sociales en nuestros delgados celulares. Se mantiene lo de fondo: las conductas atrasa pueblos de ciertos dirigentes y las prácticas populistas de ciertos políticos.

Mientras las piedras vuelan, veo a Gabriela Rivadeneira en la Asamblea Nacional pidiendo la destitución del presidente. Una de las voceras del correísmo, culpable de los problemas que hoy vivimos, sale a incendiar el país a cambio de un poco de atención. Con cada palabra cargada de cinismo nos recuerda por qué es tan importante para nuestro futuro que nunca vuelvan al poder.

Mientras alguien saquea un local comercial y una refrigeradora huye en tricimoto, veo a Cynthia Viteri en rueda de prensa. Esperaría un mensaje que llame a la calma y al orden. Todo lo contrario. Cynthia aviva el fuego de las protestas reclamando en contra de las medidas del Gobierno. La alcaldesa dice que el Gobierno aumenta el costo de la vida, que está creando más desempleo, que entiende “a quienes aplauden la medida desde la comodidad de sus vehículos viendo por la ventana a quienes se transportan en buses”. El discurso correísta no es exclusivo de los correístas. El populismo y oportunismo político no tienen bandera ni ideología.

Mientras las llantas se queman en las calles, veo a Yaku Pérez, prefecto del Azuay, unirse al paro. Anuncia la gran marcha en la provincia del Azuay. Rodeado de pancartas que dicen “Fuera Moreno”, dice que no buscan desestabilizar.

Las medidas del Gobierno no son perfectas ni completas. Falta muchísimo por hacer y corregir, pero al menos van en el camino correcto. Durante décadas nuestros gobernantes no se han atrevido a acabar con subsidios ineficientes. Ahora que un gobierno finalmente lo hace, salen oportunistas de ocasión a fomentar el relajo, a desestabilizar para figurar.

De nuestros dirigentes transportistas no esperamos casi nada. Su enfoque no está en competir, modernizarse y ofrecer un mejor servicio a sus clientes. Su enfoque está en mantener y aumentar privilegios y protección estatal. En ganar más en perjuicio de sus usuarios.

De nuestros dirigentes políticos esperaríamos más. Pero ya vemos que para algunos solo importa el show, verse como grandes opositores incluso estando de acuerdo con el Gobierno, aprovecharse del relajo. El bienestar del país que espere nomás. Sus intereses políticos están primero.

A pesar de todo, la gran mayoría nos levantamos a trabajar, a producir, a competir. A diferencia de políticos y dirigentes oportunistas, aprovechamos oportunidades para crecer y ganar clientes sirviendo mejor. Como Uber, que en medio del relajo informó que apoyaría la movilidad de la gente, poniendo un límite en sus tarifas durante el paro. El futuro del país está ahí.