lunes, marzo 18, 2019

Por el nulo


Nunca he votado nulo. En más de una elección me ha provocado garabatear las caras de candidatos vergonzosos con nada que ofrecer y mucho que destruir. Pero ni ante las más decepcionantes papeletas, he cedido a la tentación del nulo. Siempre me he ido por el mal menor.

Ahora no. Esta vez es diferente. Votaré nulo por primera vez en mi vida en la elección de los representantes al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS). A diferencia de otras ocasiones en las que tocaba votar por el mal menor, aquí solo existe un mal mayor: la existencia de ese engendro creado por el correísmo, que debe desaparecer. No podemos hablar de candidatos menos malos cuando el cargo en sí es lo malo. Votar por cualquier candidato solo legitima la existencia del CPCCS.

En las redes circulan pollas con los supuestos candidatos por los que se podría votar para que el Consejo no sea tan malo. Políticos y analistas comparten sus listas de favoritos. Asumo que hay personas preparadas y decentes en las papeletas. Pero eso es secundario. Son candidatos que validan la existencia y permanencia del CPCCS. Quieren ser parte de esa monstruosidad. Y eso ya es suficiente razón para rechazar a todos.

Hay quienes argumentan que al votar nulo se dan mayores opciones de ganar a los candidatos correístas. Lo dudo mucho. En una elección tan confusa y sin información sobre los candidatos, casi nadie, ni el más correísta de los correístas, tendrá claro quiénes son los candidatos afines a sus ideas. Los candidatos no aparecen bajo un partido que los identifique, prácticamente nadie les ha visto la cara o peor aún conoce sus credenciales, y para complicar aún más las cosas, hay que votar en tres papeletas por cuatro hombres, cuatro mujeres y un candidato de grupo minoritario. Ni quienes se han tomado el tiempo de estar informados entienden bien tanto relajo.

En una elección tan complicada y con tan poca información, la gran mayoría de personas votará sin tener idea por quién hacerlo. Seguramente escogerán al azar las caras que les parezcan más simpáticas. Y de esos, muchísimos votarán nulo sin querer queriendo, al escoger más candidatos de la cuenta. Se trata de una elección confusa y mal hecha para un organismo que debe desaparecer. El único camino sensato es enviar un fuerte mensaje de rechazo votando nulo.

Es verdad que si el nulo no gana, eventualmente se formará un CPCCS con los más votados. Pero un porcentaje importante de votos nulos enviará un poderoso mensaje al Gobierno, al CPCCS y a todos los ecuatorianos. Todos esos votos nulos que se repetirán de mesa en mesa por todo el país darán el impulso necesario para eliminar este absurdo y todopoderoso organismo creado por el correísmo.

No es fácil votar nulo. Va en contra de nuestro sentido de pragmatismo que suele llevarnos a escoger el mal menor antes que tachar la papeleta. Pero esta no es una elección normal por candidatos que ocuparán cargos legítimos. Esta elección es un plebiscito sobre la existencia de un organismo que personifica todo el mal del correísmo. Lo único responsable es dar un contundente y masivo voto por el nulo.



lunes, marzo 04, 2019

Menú de desconocidos


Aunque estamos más conectados e informados que nunca, conocemos menos a nuestros candidatos que antes. En menos de un mes, este 24 de marzo, votaremos para prefecto, alcalde y concejales y todavía muchos no conocen a sus candidatos y menos aún sus propuestas. Ni hablar de los candidatos para vocales del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. No tenemos idea de quiénes son. Votaremos por desconocidos que ocuparán un todopoderoso consejo que debe desaparecer.

Entre tantos males que dejó el correísmo, su ley electoral nos llena de candidatos y limita nuestra oportunidad de conocerlos. Por un lado, la ley restringe las posibilidades de los candidatos de promocionarse libremente. No pueden usar fondos propios o fondos que recauden de seguidores y aportantes para hacer publicidad en televisión, radios y vía pública. La ley solo permite pautar en medios tradicionales con los fondos que el Consejo Nacional Electoral (CNE) asigna a cada candidatura. Consecuencia: campañas con bajísima exposición y de cortísima duración que no logran dar a conocer a los candidatos. Esto lleva a muchos partidos y movimientos a postular personajes famosos.

Afortunadamente, al crear esta ley que regula la publicidad se olvidaron del internet y las redes sociales. O pensaron en ese momento que no eran importantes. Hoy las redes sociales son el único espacio donde los candidatos pueden darse a conocer y promocionar sus propuestas libremente, siendo tan creativos y llamativos como quieran, sin las restricciones que impone el CNE en la extensión y hasta en los contenidos de los comerciales y cuñas. Llegará pronto el momento en el que las campañas se definan, en gran medida, en las redes sociales. Y ahí, seguramente, el CNE intentará meter sus narices.

La otra nefasta consecuencia de la actual ley electoral es la proliferación de candidatos. Todos se lanzan para obtener los fondos publicitarios del CNE. Si un partido no pone un candidato a alguna dignidad estaría renunciando a esos fondos. Resultado: un menú interminable de candidatos, sin oportunidad de ganar, que solo están ahí para llenar el espacio en la papeleta y obtener los fondos de campaña.

Seguramente, la ley actual nació con la ingenua intención de dar igualdad de oportunidades a todos los candidatos al asignarles las mismas franjas publicitarias. En la práctica, como casi todo lo que tocó el correísmo, terminó empeorando las cosas. No solo que no se logró igualdad de condiciones entre los candidatos, sino que la ley da una ventaja desproporcionada a famosos y a quienes están en el poder y buscan la reelección, al volver muy complicado que una nueva figura se dé a conocer. El candidato Correa del 2007 nunca hubiera ganado las elecciones presidenciales con la actual ley electoral. Le hubiera sido muy difícil darse a conocer y transmitir sus propuestas en los limitados espacios publicitarios y con las regulaciones de contenidos que impone hoy el CNE.

Toca replantear la ley electoral por una que permita a los candidatos comunicar y darse a conocer libremente, una ley que no incentive la multiplicación de candidatos sin oportunidades de ganar. Como en tantas otras cosas, necesitamos una ley enfocada en dar más libertad, no más límites y restricciones.



lunes, febrero 18, 2019

Malas palabras


Durante una década, la real academia de lengua correísta instauró su vocabulario socialista. Diez años de intoxicación lingüística, con el aparato de propaganda lavando cerebros, dándole nuevos sentidos a las palabras, convirtiendo lo bueno en malo, lo malo en bueno.

Nos convencieron de que hay malas palabras –que de malas no tienen nada– que si las pronuncia una autoridad, un empresario o, peor aún, un político o candidato, son nefastas para su carrera.

Hoy, que se quieren hacer cambios cruciales para sacar a este país del hueco correísta, las autoridades tienen que andar con pinzas, no vaya a ser que pronuncien alguna de esas malas palabras.

Palabras como privatización. No conozco un ser humano que escoja voluntariamente una empresa pública sobre una privada. Y no conozco una sola empresa pública con mejor servicio o resultados que una privada. Pero escuchamos la palabra privatización y se encienden las alarmas lingüísticas acusando a quien la pronuncie de neoliberal, la más mala de todas las palabras.

Palabras como libre mercado o apertura comercial. En la lengua social-retrógrada, cualquier injerencia extranjera debe ser limitada, controlada y si es posible, abolida. Lo vimos estos días con el apoyo que casi todos los políticos, salvo honrosas excepciones, dieron a esa absurda ley que prohíbe importar publicidad y obliga a las empresas a contratar productoras audiovisuales locales. Esto reveló con gran claridad cómo la lengua correísta sigue vigente en nuestro país. Términos como nacionalismo y proteccionismo, esos sí nefastos, siguen dominando la lengua política ecuatoriana.

Palabras como flexibilidad laboral. Esa sí está en la lista más negra del diccionario heredado del correísmo. Probablemente no la hemos escuchado hace mucho tiempo. Los que quieren referirse a ella usan sinónimos, términos que aunque en la práctica lleven a lo mismo, suenen distinto. Porque acá seguimos convencidos de que el trabajo hay que “protegerlo” con leyes que hagan muy difícil y caro contratar y despedir. Creemos que con eso beneficiamos al trabajador. No vemos a los cientos de miles de desempleados que no consiguen un trabajo formal por culpa de esa rigidez laboral. Tan mala es esta palabra que no escucharemos a ningún candidato pronunciarla.

Palabras como utilidades. Para el diccionario criollo político las empresas que no ganan plata son las buenas. Las rentables son el demonio. Ganar mucha plata es lo peor. Las empresas deben ser beneficencias que paguen buenos sueldos, que paguen altos impuestos, que ofrezcan todos los beneficios, pero cuidado con enriquecerse mucho, cuidado con que les vaya muy bien. Eso sí que es malo.

Tomará un buen tiempo desintoxicarnos, reeducarnos, reaprender a hablar. Entender el significado real de las palabras, las ideas, los conceptos. Tener un nuevo diccionario de referencia. Pasará mucho tiempo hasta que esas malas palabras dejen de serlo. El daño que el correísmo le hizo a nuestro vocabulario y nuestra manera de pensar es profundo. Necesitamos políticos y líderes que digan con claridad y frontalidad todas esas malas palabras y más.

Las malas palabras políticas suelen ser buenas para el país, para todos. Sería otra nuestra situación si pronunciáramos más seguido estas palabras. Si fueran parte de nuestra visión de las cosas. Mientras las sigamos callando, seguirán siendo malas.