lunes, agosto 20, 2018

El sabido del cuarto carril


Esta mañana, como casi todas, el tránsito avanza lentamente. Voy tranquilo por uno de los tres carriles de la vía, al igual que la mayoría de conductores a mi alrededor.

Y esta mañana, como casi todas, inevitablemente aparece el sabido del “cuarto carril”. Su tiempo es demasiado valioso como para avanzar despacio junto al resto. Los tres carriles en la vía no son para él. Nuestro sabido tiene el derecho divino de salirse del camino y avanzar a mayor velocidad por el “carril” de asfalto y tierra a la derecha, dejando a su paso una nube de polvo.

Ese espacio a la derecha de la carretera reservado para emergencias, vehículos dañados y para que circulen ciclistas y peatones, se convierte en el carril exclusivo y vía rápida de nuestro sabido. Lo invade sin pudor a toda velocidad, casi siempre en un bus, un taxi ejecutivo o una gran camioneta 4x4.

Trato de entender quién es este individuo. Intento mirar su rostro, su expresión, entender qué pasa por su cabeza. Quiero comprender qué le hace pensar que las reglas no aplican para él o ella. ¿Lo hace por ignorancia, porque no entiende que está mal salirse del camino para pasar al resto de vehículos? ¿Lo hace por impaciencia crónica, porque no está dispuesto a esperar como el resto? ¿Lo hace sin pensarlo, porque si otros lo hacen no debe tener nada de malo? ¿O lo hace simplemente por sabido y sinvergüenza, porque le da igual el desorden y el peligro que genera? ¿Hará lo mismo al conducir en carreteras del primer mundo? ¿Actuará igual en otros aspectos de su vida?

Porque el sabido del cuarto carril no existe solo en las carreteras. Nos lo topamos a diario en los negocios, en la política, en la vida. Es el que se burla de la ley. El comerciante tramposo experto en dar coimas. El funcionario público corrupto especialista en pedirlas. El estudiante que plagia su tesis. El arrimado al Gobierno que se forra de billete en pocos meses. El sabido de siempre para quien no aplican las leyes.

Estos abusos suelen darse en entornos que los permiten y hasta promueven. Una carretera bien construida, con buena señalización, invita a los conductores a ir por su carril respetando la ley. Una vía mal construida, mal señalizada, sin policías que sancionen a los infractores invita al desorden, al relajo. De igual manera, los sabidos se multiplican en los negocios, en la política o en cualquier entorno donde no haya instituciones fuertes y reglas y leyes claras que inviten a ser respetadas. Cuando la ruta está bien señalizada no hay razones ni incentivos para tomar atajos o salirse de ella. Todos avanzan tranquilos por su carril.

Queda el consuelo que más de una vez, tarde o temprano, el sabido del cuarto carril debe frenar a raya ante algún peatón valiente que le impide el paso, o algún policía que decide detenerlo y multarlo. Ahí finamente cae el sabido, con cara de yo no fui, de yo no sabía, mientras mira cómo la gran mayoría de conductores avanzamos, lentos pero seguros, por la vía correcta respetando las señales de tránsito.


lunes, agosto 06, 2018

Viajar como Kolinda


Kolinda Grabar, presidenta de Croacia, hizo noticia desde el primer día del Mundial por haber pagado de su bolsillo su pasaje a Rusia y descontarse los días no trabajados de su sueldo como presidenta.

Hace pocos días, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, fue duramente criticado por utilizar el avión oficial para asistir a un concierto de la banda The Killers.

En Ecuador, el avión presidencial se ha usado como taxi, según recientes denuncias, y no pasa nada. Estamos acostumbrados al despilfarro, al uso de recursos públicos para fines privados.

Bien que se investigue el uso de los aviones presidenciales durante la década de Correa. Según las denuncias, ese avión volaba a todos lados, con y sin presidente, y a veces solo con los tripulantes, llevando quién sabe qué y a qué lugares. Ninguna autoridad controlaba ni regulaba su uso.

Pero el problema no es solo Correa. Con Lenín el avión, que él prometió vender, sigue ahí muy campante, volando sin control alguno. El problema del despilfarro y el uso de bienes públicos es parte de nuestra cultura en la que al funcionario público se le borra rapidito la línea entre lo público y lo privado. Su cargo viene con privilegios a los que se aferra de inmediato.

¿Imaginan a un Correa o alguno de nuestros dizque revolucionarios pagándose su vuelo para ir a ver a la selección de Ecuador en un mundial? Esos aviones presidenciales hubieran ido repletos de funcionarios y arrimados que se creen con el derecho a vivir con todo pagado. Esos que llevan la billetera de adorno. El Estado está ahí para pagarles la cuenta.

Siempre hay excepciones que hacen la diferencia. El asambleísta Héctor Yépez devolvió la tablet y el celular que entregan a todos los asambleístas. “El sueldo de asambleísta alcanza perfectamente para que cada uno pague su equipo y el plan de telefonía”, dijo Yépez en una entrevista. Es lo coherente. Si un político reclama contra el despilfarro debe empezar por ahorrar desde su propio cargo.

No es fácil. Hace un par de meses, un ministro de este gobierno comentaba en una charla cómo todos se le fueron encima cuando pidió hacer recortes en gastos innecesarios. “Si no nos gastamos la plata, el próximo año nos la quitan del presupuesto”, le reclamaron los funcionarios de su ministerio. Quien llega al sector público con ganas de cambiar las cosas, de ahorrar, de no despilfarrar, lo miran mal.

Este gobierno, que está deshaciendo tantos abusos del correísmo, debe dar el ejemplo. Frenar el despilfarro. En lo simbólico, vendiendo un avión presidencial y tantos vehículos para transportar funcionarios que bien podrían ir, como cualquier ejecutivo del sector privado, en un taxi, en Uber o Cabify. Así le ahorraría millones al Estado y de paso impulsaría nuevos empleos. En lo de fondo, vendiendo todas las empresas públicas e incautadas que el Estado no tiene por qué manejar, reduciendo, pero en serio, el tamaño del sector público, y con cero tolerancia frente al uso de recursos públicos para fines privados.

Se empieza por el ejemplo. Como el de Kolinda. Sacando de su bolsillo esa billetera que tanto les pesa.


lunes, julio 16, 2018

1x1=0


De todos los artículos que he publicado en este Diario, quizás recibí la mayor cantidad de ataques por uno en el que criticaba la Ley de Comunicación de Correa por obligar a las radios a transmitir música nacional. Con el famoso 1x1, la Ley de Comunicación exige que al menos el 50% del contenido musical de las radios sea nacional.

Cuando critiqué esa ley, argumentando que iba en contra de la libertad de negocios privados como las radios para decidir qué ofrecer a sus oyentes y en contra de nuestra libertad para decidir qué música escuchar, saltaron varios artistas y cantantes a acusarme de atentar contra la “identidad nacional”. Me invitaron “a vivir al extranjero” si era un “pobre acomplejado” al que tanto le molestaba la música nacional. Argumentaban que la ley no pretende proteger al artista nacional sino “equilibrar la cantidad de música extranjera que viene a través de transnacionales”.

Han pasado cuatro años desde que se emitió la normativa del 1x1. He leído reportajes recientes que indican que los resultados no han sido los esperados. Si bien las radios, en general, han cumplido con la ley poniendo música local en la mitad de su programación, no se ha dado ese impulso esperado a la carrera de artistas.

Juan Fernando Velasco, presidente de la Sociedad de Autores y Compositores (Sayce), ha indicado que la ley “no ha tenido el efecto que todos hubiéramos esperado” y que “el crecimiento y el avance de la industria del entretenimiento no se ha visto afectada de manera determinante por esta medida”.

Esta ley muestra lo que ocurre cuando el Estado se mete donde no debe. Cuando se pretende proteger a un sector limitando la libre importación y competencia de otros bienes y servicios. Al final, el mercado decide lo que prefiere. Siempre lo hará. El Estado con sus restricciones puede crear la ilusión temporal de una preferencia por aquella industria protegida, pero esa ilusión caerá tarde o temprano.

El sector de la música, el cine o el arte en general no es distinto. No va a crecer porque el Estado limite el arte de otros países. Crecerá, de la mano del arte importado, porque hay algo bueno que ofrecer al público. Lo vemos con festivales locales de música que crecen año a año. Lo vemos con artistas que aprovechan las plataformas digitales para darse a conocer.

Saldremos adelante, en todos los sectores cuando dejemos de pedir protección al Estado. Cuando dejemos de considerar nuestro negocio, nuestra industria, nuestro arte, como algo especial que el Estado debe cuidar por razones de identidad nacional. El público escoge lo que le gusta, no lo que una ley empuja a escoger.

El legado correísta proteccionista presente en la Ley de Comunicación es el tipo de práctica que este Gobierno debe abandonar para dar espacio a la libertad. Que sea el consumidor, el negocio privado, cada uno de nosotros, quienes decidimos qué consumimos y qué ofrecemos a nuestros clientes. Que sea el libre mercado, no una ley ni la presión de un gremio, lo que defina nuestras preferencias. Hablar de nacionalismo para proteger un sector es una excusa que no debe tener espacio en un gobierno que pretende cambiar las cosas.