lunes, agosto 06, 2018

Viajar como Kolinda


Kolinda Grabar, presidenta de Croacia, hizo noticia desde el primer día del Mundial por haber pagado de su bolsillo su pasaje a Rusia y descontarse los días no trabajados de su sueldo como presidenta.

Hace pocos días, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, fue duramente criticado por utilizar el avión oficial para asistir a un concierto de la banda The Killers.

En Ecuador, el avión presidencial se ha usado como taxi, según recientes denuncias, y no pasa nada. Estamos acostumbrados al despilfarro, al uso de recursos públicos para fines privados.

Bien que se investigue el uso de los aviones presidenciales durante la década de Correa. Según las denuncias, ese avión volaba a todos lados, con y sin presidente, y a veces solo con los tripulantes, llevando quién sabe qué y a qué lugares. Ninguna autoridad controlaba ni regulaba su uso.

Pero el problema no es solo Correa. Con Lenín el avión, que él prometió vender, sigue ahí muy campante, volando sin control alguno. El problema del despilfarro y el uso de bienes públicos es parte de nuestra cultura en la que al funcionario público se le borra rapidito la línea entre lo público y lo privado. Su cargo viene con privilegios a los que se aferra de inmediato.

¿Imaginan a un Correa o alguno de nuestros dizque revolucionarios pagándose su vuelo para ir a ver a la selección de Ecuador en un mundial? Esos aviones presidenciales hubieran ido repletos de funcionarios y arrimados que se creen con el derecho a vivir con todo pagado. Esos que llevan la billetera de adorno. El Estado está ahí para pagarles la cuenta.

Siempre hay excepciones que hacen la diferencia. El asambleísta Héctor Yépez devolvió la tablet y el celular que entregan a todos los asambleístas. “El sueldo de asambleísta alcanza perfectamente para que cada uno pague su equipo y el plan de telefonía”, dijo Yépez en una entrevista. Es lo coherente. Si un político reclama contra el despilfarro debe empezar por ahorrar desde su propio cargo.

No es fácil. Hace un par de meses, un ministro de este gobierno comentaba en una charla cómo todos se le fueron encima cuando pidió hacer recortes en gastos innecesarios. “Si no nos gastamos la plata, el próximo año nos la quitan del presupuesto”, le reclamaron los funcionarios de su ministerio. Quien llega al sector público con ganas de cambiar las cosas, de ahorrar, de no despilfarrar, lo miran mal.

Este gobierno, que está deshaciendo tantos abusos del correísmo, debe dar el ejemplo. Frenar el despilfarro. En lo simbólico, vendiendo un avión presidencial y tantos vehículos para transportar funcionarios que bien podrían ir, como cualquier ejecutivo del sector privado, en un taxi, en Uber o Cabify. Así le ahorraría millones al Estado y de paso impulsaría nuevos empleos. En lo de fondo, vendiendo todas las empresas públicas e incautadas que el Estado no tiene por qué manejar, reduciendo, pero en serio, el tamaño del sector público, y con cero tolerancia frente al uso de recursos públicos para fines privados.

Se empieza por el ejemplo. Como el de Kolinda. Sacando de su bolsillo esa billetera que tanto les pesa.


lunes, julio 16, 2018

1x1=0


De todos los artículos que he publicado en este Diario, quizás recibí la mayor cantidad de ataques por uno en el que criticaba la Ley de Comunicación de Correa por obligar a las radios a transmitir música nacional. Con el famoso 1x1, la Ley de Comunicación exige que al menos el 50% del contenido musical de las radios sea nacional.

Cuando critiqué esa ley, argumentando que iba en contra de la libertad de negocios privados como las radios para decidir qué ofrecer a sus oyentes y en contra de nuestra libertad para decidir qué música escuchar, saltaron varios artistas y cantantes a acusarme de atentar contra la “identidad nacional”. Me invitaron “a vivir al extranjero” si era un “pobre acomplejado” al que tanto le molestaba la música nacional. Argumentaban que la ley no pretende proteger al artista nacional sino “equilibrar la cantidad de música extranjera que viene a través de transnacionales”.

Han pasado cuatro años desde que se emitió la normativa del 1x1. He leído reportajes recientes que indican que los resultados no han sido los esperados. Si bien las radios, en general, han cumplido con la ley poniendo música local en la mitad de su programación, no se ha dado ese impulso esperado a la carrera de artistas.

Juan Fernando Velasco, presidente de la Sociedad de Autores y Compositores (Sayce), ha indicado que la ley “no ha tenido el efecto que todos hubiéramos esperado” y que “el crecimiento y el avance de la industria del entretenimiento no se ha visto afectada de manera determinante por esta medida”.

Esta ley muestra lo que ocurre cuando el Estado se mete donde no debe. Cuando se pretende proteger a un sector limitando la libre importación y competencia de otros bienes y servicios. Al final, el mercado decide lo que prefiere. Siempre lo hará. El Estado con sus restricciones puede crear la ilusión temporal de una preferencia por aquella industria protegida, pero esa ilusión caerá tarde o temprano.

El sector de la música, el cine o el arte en general no es distinto. No va a crecer porque el Estado limite el arte de otros países. Crecerá, de la mano del arte importado, porque hay algo bueno que ofrecer al público. Lo vemos con festivales locales de música que crecen año a año. Lo vemos con artistas que aprovechan las plataformas digitales para darse a conocer.

Saldremos adelante, en todos los sectores cuando dejemos de pedir protección al Estado. Cuando dejemos de considerar nuestro negocio, nuestra industria, nuestro arte, como algo especial que el Estado debe cuidar por razones de identidad nacional. El público escoge lo que le gusta, no lo que una ley empuja a escoger.

El legado correísta proteccionista presente en la Ley de Comunicación es el tipo de práctica que este Gobierno debe abandonar para dar espacio a la libertad. Que sea el consumidor, el negocio privado, cada uno de nosotros, quienes decidimos qué consumimos y qué ofrecemos a nuestros clientes. Que sea el libre mercado, no una ley ni la presión de un gremio, lo que defina nuestras preferencias. Hablar de nacionalismo para proteger un sector es una excusa que no debe tener espacio en un gobierno que pretende cambiar las cosas.


lunes, julio 02, 2018

Un VAR para nuestros políticos


Un habitual protagonista ha estado ausente de este Mundial de Fútbol en Rusia. El árbitro. Y esa es una gran noticia.

Ese hombre armado de un silbato, una tarjeta amarilla y una roja ha sido, sin querer queriendo, o a veces queriéndolo, el protagonista de grandes triunfos y derrotas injustas. Su nombre y el de su madre ha sido mentado en bares, oficinas y chats alrededor del planeta después de un partido.

Ahora, gracias a la tecnología, los árbitros pueden hacer su trabajo mejor que nunca, más tranquilos, sin tanta presión, sabiendo que tienen el respaldo de cámaras que registran con gran detalle lo que sus ojos pudieran no ver. El VAR (Video Assistant Referee o árbitro de videoasistencia) ha llegado para mejorar la experiencia del fútbol. Para asegurarse de que sean los jugadores, no los árbitros, los protagonistas del partido, los únicos responsables de su éxito o su fracaso en la cancha.

Existe todavía la postura nostálgica de que los errores del árbitro son parte del fútbol. Con el VAR no hubiera existido la mano de Dios y Argentina quizás no hubiese ganado ese partido en México 86, por ejemplo. Pero ese gol de Maradona fue, al fin y al cabo, un gol tramposo, un gol injusto, que la tecnología de hoy hubiera anulado.

Y como el fútbol se parece a veces tanto a la política, ver el éxito del VAR en este Mundial nos hace pensar si sería posible lograr algo similar en la política. Contar con la tecnología que ayude a identificar a los políticos tramposos, a los que mienten y nunca cumplen lo que ofrecen, a los corruptos que se llevan nuestra plata, a los que usan recursos del Estado para asuntos privados. Un sistema que encienda los faros y las cámaras de la transparencia para revisar lo actuado por políticos y gobernantes, evitar la trampa y los engaños, identificar a esos que gritan y se lanzan en el área fingiendo un foul mientras nos roban más de un gol y la billetera.

En realidad, ya existe ese sistema que revela con nitidez lo que pasa en la cancha política. Ya existe esa ayuda para que jueces y autoridades puedan sancionar el juego sucio. Ese control lo hacen los medios de comunicación, los periodistas, las ONG y la ciudadanía, sobre todo en redes sociales. Ellos son ese VAR que analiza las jugadas y saca a la luz los abusos de políticos y gobernantes. El periodismo investigativo revela aquellas acciones que merecen una sanción.

En el fútbol, más allá de lo que muestren las cámaras del VAR o lo que recomienden los jueces en la sala de televisión, la decisión final la tiene el árbitro. En política, más allá de las revelaciones de periodistas, de las ONG o la ciudadanía, las autoridades deciden qué hacer. De ellos depende validar el juego limpio y sancionar a los políticos tramposos.

Hemos jugado demasiados años con jueces pitando lo que les da la gana, favoreciendo la trampa, dejando sin sanción a los que juegan sucio. Ya toca hacer caso a las evidencias que medios y activistas vienen revelando. Los goles con la mano deben ser anulados, no celebrados.