lunes, septiembre 14, 2020

Dormir tranquilo

El mundo da vueltas. Los abusos se pagan. Tarde o temprano caen los sinvergüenzas.


El correísmo le hizo un daño terrible al país. Despilfarró el dinero que teníamos y el que no teníamos. Esfumó miles de millones de dólares en corrupción. Sus nuevos ricos exhibían sus lujos sin pudor. Correa eliminó las fronteras que dividen al Estado del Gobierno y al Gobierno del partido. Se adueñó de todo. Hizo y deshizo a su antojo. Él mismo aseguró ser el jefe de todos los poderes del Estado. Y sí que lo era. Bajo su mando se sometían todas las funciones. Eso de la independencia de poderes no iba con él y su gente. Así, Correa persiguió a periodistas, medios de comunicación y opositores que se atrevían a contradecirlo y criticarlo. Utilizó fondos públicos sin control gobernando en un permanente estado de excepción, un estado de corrupción. Utilizó la maquinaria del Estado en beneficio de sus caprichos. Y en el camino envenenó a la sociedad ecuatoriana con su discurso populista, de lucha de clases, fomentando el odio y la división.


Ahora ha ocurrido lo que era impensable hace pocos años. Se ha ratificado la condena de ocho años de prisión contra Correa por corrupción y ha quedado inhabilitado políticamente. Su rostro desencajado, vía Zoom, es el mejor recordatorio de que el poder es pasajero. Correa se creyó invencible, como lo creen tantos políticos y poderosos en la cima de su poder. ¿Será que los poderosos e intocables de hoy, de mañana, esos que se enriquecen pensando que la justicia no aplica para ellos, entenderán al ver a Correa que su poder tiene fecha de expiración?


Quienes soportaron la persecución y abusos de Correa hoy celebran la justicia. En especial los periodistas y medios que aguantaron ataques, aquellos a quienes allanaron sus casas y oficinas, los intimidaron o enjuiciaron sin ninguna posibilidad de defenderse. Correa está pagando más que un caso puntual de sobornos. Está pagando el resultado de diez años liderando un gobierno manchado de abusos, despilfarro y corrupción. Creyó, tal vez, que como Chávez o Fidel moriría en el poder sin enfrentar la justicia. Los cálculos les fallaron.


Ahora reclaman y nos quieren hablar de justicia quienes entregaban a los jueces en un pen drive las sentencias ya redactadas. Ahora cuestionan la velocidad del proceso en su contra quienes abusivamente condenaron a toda velocidad a este Diario por un artículo que molestó a su majestad. Al final queda la satisfacción de que haya sido un reportaje de los mismos periodistas que Correa persiguió lo que inició el proceso en su contra.


Correa ha caído. No así el populismo, la demagogia, el criminal socialismo del siglo XXI y sus variantes. Por eso estas elecciones son cruciales para enterrarlo, votando por el cambio en nuestro país. Por ahora, nos queda al menos el buen sabor de ver que nadie está por encima de la ley. Ni aquellos que alguna vez fueron la ley.


Ojalá este episodio sirva de lección para futuras generaciones de políticos. Que el destructivo paso del correísmo por nuestra historia no sea en vano. Que entendamos que los abusos y la corrupción se pagan. Que al final no hay nada como poder dormir tranquilo.




lunes, agosto 24, 2020

¡Chito Presidente!

La portada de Diario Súper lo gritó en grandes letras amarillas: ¡Chito, presidente! Junto al titular, Marlon ‘Chito’ Vera patea a su rival, el estadounidense Sean O’Malley, quien hasta ese día estaba invicto en la UFC.

 

Chito Vera merece ese titular y la ovación de sus fans. Su actitud lo hace brillar, dentro y fuera de la jaula. Chito sabe que él es el único responsable de su éxito. “Tengo la mentalidad del inmigrante. Entreno duro, llego a tiempo. Tengo tres niños que alimentar, una casa que pagar. Soy un tipo motivado que se levanta cada mañana con una misión. El cielo es el límite”, dijo en su entrevista luego de ganar la pelea.

 

Esto que parecería un mensaje obvio, en nuestra cultura no lo es. Aquí no somos muy creyentes de que el éxito depende de ti, de tu trabajo, de tu esfuerzo, que nadie te lo va a regalar. Acá nos encanta reclamar y quejarnos por falta de apoyo del Estado. Somos campeones en pedir ayuda al Gobierno para todo. Estamos contaminados por esa mentalidad proteccionista, donde salir adelante no depende del esfuerzo personal, sino del apoyo del Gobierno.

 

Nunca faltan esos artistas y deportistas que reclaman atención y recursos del Gobierno, que se quejan de que no pueden salir adelante porque los tienen abandonados. Creen que estamos obligados a pagar con nuestros impuestos sus carreras. Es que mi trabajo es importante para la identidad nacional. Así, pretenden que el Estado pague sus entrenamientos, sus obras de teatro, sus películas.

 

Lo mismo sucede con varios “empresarios” que pretenden que el Gobierno proteja su sector frente a la competencia internacional. Buscan que papá Estado encarezca con aranceles las importaciones para que unas pocas empresas protegidas se beneficien y vendan sus productos más caros, perjudicándonos a todos los consumidores.

 

Chito entrenaba en Ecuador hasta que un día se dio cuenta de que acá no avanzaría más. Hizo sus maletas y se fue a California a entrenar y competir con los mejores del mundo. Si Chito fuera una de esas empresas que viven llorando protección hubiera pedido una ley que obligue a peleadores extranjeros a competir aquí con un brazo amarrado a su espalda para así estar en igualdad de condiciones con los peleadores locales. Así de absurdo es proteger a las empresas locales de la competencia extranjera. Así de absurdos son nuestros politiqueros proteccionistas que buscan ganar simpatías dizque impulsando una falsa industria nacional. Y así nos quedamos, conformes y satisfechos, siendo el mejor peleador de la cuadra, en lugar de salir a pelear con el mundo.

 

Chito no se quedó llorando por apoyo del Estado. Entendió que dependía de él salir adelante. Que debía competir con los mejores si quería ser alguien en ese deporte. Necesitamos un nuevo gobierno como Chito. Liberal, competitivo, sin complejos. Que entienda que solo saldremos adelante si nos abrimos al mundo, aprovechamos nuestras fortalezas y nos atrevemos a enfrentar a cualquiera. Que ganar depende de nosotros, de nadie más. Que nadie llegó a campeón de nada quedándose a pelear en su barrio.



lunes, agosto 10, 2020

¿Primero lo nuestro?

Consume lo nuestro. Prefiere lo nacional. Primero lo local. Campañas como estas animan a la gente a preferir y apoyar la producción local por encima de la internacional. Y está bien. Nada malo con apelar a nuestra fibra nacionalista para vender más.

 

Lo que está mal es cuando, con la excusa de apoyar lo nuestro, el Gobierno nos obliga a comprar lo nuestro. Cuando ciertas empresas locales, en lugar de competir ofreciendo los mejores productos o precios, hacen lobbying y presionan al Gobierno para que limite o encarezca la importación de productos que compiten con los suyos. Ahí, pasamos de un entorno libre, donde el consumidor escoge los mejores productos y precios, a un entorno restrictivo y proteccionista, donde estamos obligados a pagar precios más altos solo para favorecer a unas cuantas empresas locales.

 

Hace unas semanas, la Cámara de Industrias, Producción y Empleo de Cuenca publicó un comunicado titulado ‘Inacción del Gobierno nacional pone en riesgo la industria ecuatoriana de cerámica plana’. Se quejan del aumento “desmedido” de importaciones de cerámica plana y solicitan que “se implemente una medida correctiva” para proteger la industria nacional. En otras palabras, no quieren competir y piden que el Estado las proteja. Pretenden imponer una salvaguardia a la importación de cerámica plana, lo que encarecería aún más la construcción, en una época que requiere urgentemente reactivar ese sector.

 

Afortunadamente el Gobierno no se dejó presionar y descartó la aplicación de la salvaguardia. Se respetó la libertad de los consumidores para comprar los productos que ellos prefieran. Pero el fantasma del proteccionismo sigue aquí. Siempre vuelve con sus presiones y falso discurso de salvar a la industria nacional, cuando en realidad solo busca beneficiar a unas pocas empresas en perjuicio de todos los consumidores. Las autoridades deben mantenerse firmes frente a ese lobby proteccionista que pretende ganarse a los consumidores en los pasillos del Gobierno con sus presiones y conexiones, antes de que en los mercados con la calidad y precios de sus productos.

 

El proteccionismo no funciona. Siempre fracasa. Los consumidores terminamos pagando precios más altos, y las empresas protegidas, en lugar de innovar y volverse más eficientes, se vuelven menos competitivas. No necesitamos medidas que nos aíslen del mundo y protejan a unos pocos, encareciendo la vida de todos. El enfoque debe estar en abrirnos al mundo, impulsar nuestra competitividad con medidas y un ambiente que nos ayuden a ser más competitivos y eficientes: menos trabas, mayor flexibilidad laboral, menos impuestos, más apertura e integración comercial, más acuerdos internacionales.

 

Todos podemos apoyar la industria nacional comprando más productos locales. Pero esa debe ser nuestra elección. Cada quien decide lo que compra y a quien le compra. Ni el Estado ni las presiones de grupos empresariales deben empujarnos a hacerlo encareciendo los bienes importados. Si la industria local quiere salir adelante debe ganarse la preferencia del consumidor, no los favores y protección del Gobierno de turno.



lunes, julio 27, 2020

Tan joven y tan viejo

Estoy viendo la película The Intern. Robert de Niro, un jubilado viudo de 70 años, intenta llenar sus días entre clases de yoga y paseos. Pero se siente incompleto. Un día aplica a una pasantía para personas de la tercera edad en una moderna start-up. De Niro se convierte en asistente y consejero de la joven fundadora y CEO. Aunque no está al día con las últimas tendencias y tecnologías, su experiencia termina siendo de inmensa ayuda para la empresa.

Leo en Twitter sobre la intensa campaña presidencial en Estados Unidos. Los candidatos, mayores que el personaje jubilado de De Niro, hacen campaña con la energía de adolescentes. Trump, de 74 años, y Biden, de 77 años, nos hacen olvidar sus edades. Y ni hablar de Bernie Sanders que con sus 78 años energizaba a sus jóvenes seguidores. La edad pasa a segundo plano. Solo vemos rivales dándolo todo para ganar.

Ronald Reagan tenía 69 años cuando ganó la Presidencia de Estados Unidos. En esa época lo veían viejo. Es famosa la respuesta que Reagan dio en su debate contra Walter Mondale en la campaña de 1984 por su reelección. El moderador le preguntó si su edad podría convertirse en un problema ahora que ya tenía 73 años. A lo que Reagan contestó: “No voy a sacar a relucir el tema de la edad en esta campaña. No voy a explotar, por razones políticas, la juventud y la inexperiencia de mi oponente”. Hasta Mondale celebró la respuesta. Reagan ganó sin problema su reelección.

En un mundo obsesionado con la juventud y donde todos los productos, campañas, negocios parecen enfocados en los mileniales y centeniales, queda poco espacio en el mercado laboral y otras actividades para la tercera edad. Ya desde los 40 años se vuelve complicado conseguir trabajo. Difícil, casi imposible, pensar en una empresa contratando un gerente de más de 70 años.

Sin embargo, la política y otros ámbitos nos están demostrando lo contrario. A Trump y Biden no los detiene su edad ni un segundo. Mick Jagger, a sus 76 años, sigue bailando y cantando sin descanso por los escenarios del mundo antes miles de fans. Los viejos de hoy son cada día más jóvenes. Los seres humanos nos alimentamos mejor, tenemos más acceso a servicios de salud, llevamos estilos de vida más sanos. Vivimos más años y los vivimos mejor.

Mientras muchos piensan retirarse en sus sesentas, toda una generación de políticos, artistas, empresarios, profesionales siguen activos y vigentes pasados sus setentas y ochentas. Treinta y pico años después de la época de Reagan, hoy nadie cuestionaría su edad como un impedimento para gobernar.

El estereotipo del jubilado, sentado en una banca del parque ajeno al mundo que lo rodea, se va convirtiendo en cosa del pasado. La política es el escenario donde más se está demostrando que los años no son impedimento para seguir contribuyendo a la sociedad, para seguir aprendiendo y trabajando con intensidad. La tercera edad de hoy viene recargada. Ya lo cantó Sabina: Así que, de momento, nada de adiós, muchachos / Me duermo en los entierros de mi generación / Cada noche me invento, todavía me emborracho / Tan joven y tan viejo, like a rolling stone


lunes, julio 13, 2020

Asma y pies planos

Sexto curso del colegio. Teníamos cita para el servicio militar “obligatorio”. Nos presentamos llevando bajo el brazo radiografías, exámenes y certificados con columnas chuecas, pies planos, graves condiciones de asma, miopía, epilepsia o lo que fuera para cumplir con el absurdo trámite de demostrar que el joven no puede servir a la patria en el campo de batalla. Al final, todos salimos calificados como inhábiles.

He recordado este episodio de mis 18 años ahora que ha salido a la luz que asambleístas y funcionarios han obtenido fraudulentamente carnés de discapacidad para importar vehículos más baratos.

Hay que ser muy sinvergüenza para inventarte una discapacidad y tramitarte con tus palancas e influencias un carné que te llena de privilegios. En cualquier país medianamente civilizado, estos políticos presentarían sus disculpas públicas y su renuncia. Pero acá, nuestra clase política ha alcanzado tales niveles de cinismo que siempre hay una excusa. Siempre hay otro escándalo que nos hará olvidar el escándalo anterior. Ahí continúan, en sus cargos, con sus privilegios, sin vergüenza alguna.

Pero también es verdad que vivimos bajo un sistema que incentiva estas conductas. Muchos, no solo políticos, se han palanqueado una discapacidad o un aumento en el porcentaje de su discapacidad para pagar menos por sus impuestos, servicios básicos, pasajes, o evitar que los despidan gracias a las indemnizaciones casi impagables que la ley exige para una persona con discapacidad. Y muchos más se benefician de esta trampa. Los concesionarios de autos, por ejemplo, hacen campañas publicitarias dirigidas exclusivamente a compradores con carné de discapacidad. Sí, no es ilegal esa publicidad, ni le corresponde al concesionario verificar el origen o veracidad del carné. Pero ellos bien saben cómo es la movida. Participan de un sistema corrupto y tramposo que un exceso de impuestos y regulaciones impulsa.

Como casi siempre, en este caso el Estado crea las condiciones para la corrupción. En un país abierto, justo, con aranceles mínimos, libre competencia, sin absurdos proteccionismos, salvaguardias, impuestos especiales y otros robos “legales”, no estaríamos hablando de tantos falsos discapacitados. No existiría el incentivo.

Los sinvergüenzas con sus carnés deben pagar su sinvergüencería. Nada justifica sus actos. Pero no confundamos el origen de tanta trampa. No se trata de algún gen corrupto que afecta a los ecuatorianos. El origen está en un Estado metiche que crea las condiciones para una sociedad tramposa, que siempre buscará formas para evadir regulaciones o impuestos excesivos.

El desfile de estudiantes de sexto curso con certificados médicos terminó cuando finalmente se eliminó el servicio militar obligatorio unos años más tarde. Ya no era necesario cumplir el trámite para excusarse de una obligación absurda. Gran parte de las trampas y corrupción que hoy vivimos terminará cuando el Estado deje de complicarlo todo, y nos deje importar, producir, comprar y vender a todos por igual, sin privilegios, en libertad.


lunes, junio 22, 2020

Patria de nadie

Mientras en esta pandemia muchas empresas privadas han donado millones de dólares para enfermos y hospitales, en el sector público se los han robado.

Cuestión de incentivos. A diferencia de lo que ocurre en el sector privado, en las empresas e instituciones públicas nadie sufre si se pierde plata, nadie es realmente responsable ante una mala administración. No hay incentivos para su buen manejo económico. Hay grandes incentivos para negociados y corrupción. La plata de todos es de nadie.

Por todos lados escuchamos quejas frente a la enorme y descarada corrupción que vivimos y nos dan propuestas y soluciones para acabarla. Sí, necesitamos autoridades, fiscales, jueces que sean firmes, independientes, insobornables, bien parados. Que los sinvergüenzas no puedan dormir tranquilos sabiendo que en cualquier momento caerán presos. Sí, necesitamos un sistema de educación que eduque de verdad a nuestros niños y jóvenes, que ayude a formar personas de bien. Sí, necesitamos aprovechar las nuevas tecnologías para transparentar y descentralizar el proceso de compras públicas, con sistemas que obliguen a competir transparentemente con los mejores precios, no los mejores amarres.

Todo eso es cierto, necesario y ayudaría a combatir la corrupción. Pero de poco servirán las mejores leyes y autoridades de control, la mejor educación y las mejores tecnologías mientras continúe el incentivo a robar. Y ese incentivo seguirá presente mientras existan grandes fondos públicos disponibles para ser repartidos entre los amigos y parientes del poder. Por eso, la única forma de frenar de verdad tanta corrupción es reduciendo el Estado a su mínima expresión, disminuyendo drásticamente el número de instituciones públicas, liquidando o vendiendo tantas empresas públicas sin razón para existir. No es coincidencia que la corrupción en el Ecuador haya aumentado exponencialmente durante el correísmo, época en la que el tamaño del Estado se multiplicó, con nuevos miles de millones de dólares disponibles para los amigotes de la mafia.

Existe una contradicción entre quienes claman por menos corrupción y al mismo tiempo apoyan un Estado benefactor, todólogo, metido en mil asuntos que no le competen. Solo cuando tengamos un Estado eficiente, limitado a sus funciones elementales, con los fondos necesarios para cumplir bien esas funciones y nada más, sin millones que repartir en cientos de instituciones públicas por las que nadie responde, veremos menos negociados, menos despilfarro, menos pillos paseando en Ferrari o huyendo en avionetas.

Con menos plata en manos públicas hay menos corrupción. Sencilla ecuación que los políticos de turno prefieren ignorar para que no les dañen la fiesta. Esos que nos gritan viva la patria, o que la patria es de todos, son los que se acostumbran a vivir de la plata de la patria. Plata que es de todos, o sea, de nadie. O sea, de ellos, que la manejan a su antojo.

Las coimas, los negociados y la corrupción descarada no se irán mientras sigamos con un Estado obeso que confía tanta plata de todos en manos de nadie.


lunes, junio 08, 2020

La biocoima

Por ahí leí que si a los políticos se les dejaba de pagar el sueldo durante la cuarentena, esta hubiera durado apenas unas pocas semanas. En lugar de restringirlo todo desde la comodidad de su sueldo fijo, hubieran sentido y entendido la urgencia de millones de personas por salir a trabajar. Y hubieran analizado cuidadosamente los beneficios y perjuicios de cada restricción. Ahora que lo peor ha pasado, el debate sobre la conveniencia o no de esta cuarentena continuará. Seguiremos discutiendo sus resultados, beneficios y daños. En lo que sí estaremos de acuerdo es en el enorme perjuicio económico que varias restricciones exageradas causaron y siguen causando.

Se les fue la mano a nuestras autoridades con prohibiciones difíciles de justificar. ¿Qué ganamos con un toque de queda tan temprano, más allá de embotellamientos y colas en supermercados? ¿Por qué, mientras muchas empresas como supermercados, farmacias, bancos, sector exportador, empresas de alimentos, farmacéuticas, entre otras, pudieron trabajar demostrando que es posible hacerlo con seguridad, al resto se les prohibió abrir? ¿Qué ganamos con solo permitir la venta a domicilio de comida y medicinas? Mientras en otros países los envíos a domicilio de cualquier artículo no se detuvieron, aquí solo permitieron su venta luego de la insistencia de los comercios.

Las prohibiciones perjudicaron miles de empleos. El daño está hecho. Toca mirar al frente. No caer en el mismo error de restringir por restringir. Por eso preocupa que las mismas autoridades que celebran que durante varios días no haya muertes por el virus, nos mantengan en un absurdo semáforo amarillo. ¿De qué manera ayuda a prevenir contagios el restringir la circulación de vehículos según su placa o prohibirla los domingos? ¿Qué sentido tiene que nuestros hijos sigan sin ir al colegio? ¿Por qué continuamos con un toque de queda?

“Por nuestra salud y seguridad”, dirán las autoridades. Que me expliquen de qué manera me protege el tomar un taxi un domingo al no poder usar mi carro. ¿Qué riesgo a la salud trae el volver a casa después de las nueve de la noche? Lo que sí sabemos es que miles de restaurantes, locales comerciales y negocios, ya muy golpeados, siguen siendo afectados por estas medidas.

Por todos lados nos hablan de normas, medidas, protocolos de bioseguridad. Parecería ser la nueva muletilla de los políticos para justificar sus restricciones. Y sus negociados.

Cuidado nuestras autoridades, amantes de crear ordenanzas innecesarias, hacen de los protocolos de bioseguridad la nueva modalidad para restringir al comercio, cerrar empresas por ridiculeces y engordar sus cuentas con nuevas biocoimas. Ya imagino la visita sorpresa del funcionario a un negocio para inspeccionar el cumplimiento del manual de bioseguridad. Lo puedo escuchar: “Esta es una falta muy grave, pero lo voy a ayudar, ¿cómo hablamos?”.

Hay que eliminar el semáforo y sus restricciones. No tienen sentido. Promover el uso de la mascarilla y manos limpias ayuda más que todas estas medidas que solo perjudican negocios y familias. No hay razón para postergar el cambio.

lunes, mayo 18, 2020

Obeso y borracho

El Gobierno parece dar marcha atrás con los impuestos que pensaba clavarnos. No lo hace porque de repente se ha dado cuenta de su error. Lo hace ante la presión y las críticas que generó esta criminal decisión de meternos la mano en el bolsillo durante la peor crisis del país.

Este modelo no da más. Pero el Gobierno pretende, como si nada pasara, que sigamos pagando y manteniendo los privilegios de un sector público obeso y caduco, manchado por una inmensa corrupción.

Lenín nos emocionó al comienzo. Logró importantes cambios en lo político, empezando por desmantelar a ese nefasto correísmo que lo puso en Carondelet. Pero el poder le quedó grande. Y aquí seguimos, en este país secuestrado por un abusivo gasto público para mantener ministerios, secretarías, institutos, agencias de control, agencias de regulación, consejos, superintendencias que sobran. Para pagar sueldos a ministros, subsecretarios, directores, asesores, asistentes de asesores, coordinadores, expertos en inventarse e imponer reglamentos, regulaciones, controles, disposiciones, acuerdos, oficios, trámites, normas, siempre mal redactados en documentos kilométricos que cumplen la sagrada misión de nuestro sector público: aparentar cambios para que todo siga igual, resolver problemas que ellos mismos generan, bloquear cualquier intento de hacer las cosas bien. Lo sencillo, lo obvio, lo claro no va con nuestro sector público. Su misión es complicarlo y trabarlo todo para justificar su existencia.

Este Estado borracho de despilfarro y corrupción no puede recibir ni un centavo más de ayuda de los trabajadores. Ni un impuesto más. Ni una “contribución” adicional. Pagar más impuestos en estos momentos no es asunto de solidaridad, ni de salvar al país, ni poner el hombro. Pagar más impuestos solo le hará daño al Gobierno, dándole un respiro para postergar nuevamente los recortes drásticos que debe hacer al gasto público.

Nos hemos acostumbrado a pagar impuestos, tasas y aranceles absurdos sin esperar nada a cambio. Nos hemos acostumbrado a pagar más del 20 % de nuestro sueldo al IESS sabiendo que nunca recibiremos el nivel de atención médica por el que hemos pagado y que nunca nos llegará una jubilación decente. Pagamos por una educación y salud pública que no usamos. Aceptamos el robo del Estado como lo normal. Pero ya estamos cansados. No vamos aceptar nuevos impuestos ante la incapacidad de este Gobierno de reducir, pero de verdad, el tamaño del sector público que el correísmo criminalmente aumentó.

Esta crisis nos ha abierto los ojos. Vemos con mayor claridad el modelo de Estado podrido que soportamos. Pero no vemos muy desesperado a este Gobierno por hacer los cambios urgentes. Parecería que solo quieren que pase rápido el tiempo, llegar a mayo del próximo año sin levantar mucho polvo.

Hace unos años el correísmo quiso vendernos el cuento de que los problemas del país los trajo el terremoto. Ahora nos dirán que todos nuestros males son culpa de la pandemia. Sabemos que no es así. El desastre ya venía desde antes. El modelo correísta de ese Estado obeso, proteccionista y lleno de trabas no ha cambiado.

El coronavirus no enfermó al país. Ya estábamos en terapia intensiva antes de esto. Y este gobierno solo ha mostrado su incapacidad para salvarnos. 

lunes, mayo 04, 2020

La seducción del toque de queda

¿En qué momento nuestra libertad y derechos pasan a segundo plano? Esta pandemia parecería demostrar que muchos, alrededor del mundo, prefieren perder su libertad y que otros los controlen a cambio de sentirse a salvo. Aceptamos y nos acostumbramos a que un político decida por nosotros. Nos asusta la libertad.

Prohibir es fácil. No hay mérito detrás de una medida que restringe derechos y libertades. Es la forma más sencilla de dar la impresión de acabar con un problema sin encontrar una solución real. Lo preocupante es que una mayoría parece aprobar estas restricciones. ¿Por qué quitarlas entonces?

Acá ya lo hemos vivido. Nos han prohibido comprar licor los domingos, con la excusa de reducir la violencia que su consumo genera. Nos prohíben llevar a un pasajero en la moto, con la excusa de que la mayoría de robos se realizan cuando dos personas van juntas. Las restricciones por “nuestro bien y nuestra seguridad” se imponen sobre nuestras libertades. Si mañana, ante el aumento de la delincuencia en las noches, nuestras autoridades impusieran un toque de queda, ¿lo aceptaríamos también?

Con esta pandemia, hemos dado un cheque en blanco a nuestras autoridades en todo el mundo para que limiten nuestras libertades. Y ciertos políticos parecen competir por quién restringe más. Aceptamos en silencio toques de queda exagerados o la prohibición de trabajar aunque lo hagamos guardando todas las medidas de seguridad. Algunos hasta parecen disfrutarlo, convirtiéndose en policías de su barrio, listos para denunciar al primero que salga a pasear a su perro. Otros incluso exigen a las autoridades que sean más estrictas, que prohíban más.

Sí, estos no son tiempos normales. Muchas de las medidas han sido necesarias. La pandemia y sus peligros son reales. Las autoridades tienen una enorme responsabilidad y presión. Deben lidiar con la enfermedad, las muertes, la crisis económica, y hasta amenazas de juicios por las decisiones que toman o dejan de tomar. Pero eso no justifica prohibirlo todo sin considerar el efecto de las restricciones. No justifica tomar decisiones improvisadas basadas en percepciones. Han optado por el camino fácil de encerrarnos a todos para que después no digan que por su culpa alguien enfermó o murió. No han buscado el balance justo entre nuestra seguridad y libertad.

Hay que combatir esta errada idea de que restringir más es gobernar mejor. El mejor gobierno es aquel que impulsa una sociedad más libre. Un día, al mirar atrás, seguramente lamentaremos cómo las decisiones políticas hicieron más daño que el virus.

“Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo” se titula la carta firmada por Mario Vargas Llosa junto a expresidentes y líderes preocupados por gobiernos que “toman medidas que restringen indefinidamente libertades y derechos básicos”. Hemos probado ese mundo con el que sueñan los gobernantes autoritarios. Cuidado nos gusta. A ellos, ya sabemos que les encanta. Nada tan seductor como el poder y control que da un toque de queda.

Este receso que hemos dado a nuestra libertad a favor de la salud debe acabar pronto. Cuidado se hace costumbre. Ojalá entendamos que la única política que trae bienestar es aquella que protege y garantiza nuestra libertad individual. El resto es un placebo.


lunes, abril 06, 2020

Volver a estar juntos

Los zapatos que esperan. Las piezas del rompecabezas sobre la mesa del comedor. Abdominales en la sala. Reunión en sandalias frente al computador. Abrazos virtuales. Cientos de mensajes en el celular. Otro chiste para distraernos de lo que ocurre afuera. Máscara, guantes, jabón. ¿Qué día es hoy? Un trago solitario brindando con el televisor. Lavarse las manos. Volverlas a lavar. Cola en el supermercado. Toque de queda. Pedido a domicilio. Noche de juegos en familia.

Otro rumor. Otro dolor. ¿Se contagió? ¿Murió? ¿Cuántos muertos van ya? Paranoia colectiva. Miedo. Pánico. Angustia. Dolor de cabeza, tos, dificultad para respirar. Otros pulmones que no resisten. ¿Algún hospital que reciba al abuelo? Otra vida que se va. Otro cuerpo esperando que vengan por él. Lágrimas. Frustración. Resignación.

Funcionarios y autoridades trabajando sin descanso, exhaustos. Enfrentando la prueba más dura de sus vidas. Funcionarios de los buenos, que sí los hay. Y también de los malos, los incompetentes, los que se hacen los muy bravos y solo crean caos. Los que solo están para la foto. Para mostrar que ayudan, antes que ayudar de verdad.

La solidaridad, la generosidad inmensa de la gente, de empresas, de vecinos, de amigos que dan la mano, que aportan dinero, que consiguen equipos y medicamentos. Que se mueven sin descanso para ayudar a los necesitados. Que reúnen los recursos que nuestros gobiernos despilfarraron y que los corruptos se llevaron.

Sinvergüenzas en tiempos de crisis. Que aprovechan la tragedia para engordar sus cuentas. Sobreprecios en la compra de mascarillas. Politiqueros sembrando falsas noticias. Sus intereses políticos por encima de las vidas.

La mayoría silenciosa que espera ansiosa. La preocupación por el aumento en los contagios y muertes se une con la desesperación por llegar a fin de mes. Empleados a quienes no podrán pagarles la próxima quincena. Informales que no han vendido un centavo. Dueños de negocios a punto de quebrar. Empresarios haciendo números que no dan. La plata se acaba. La necesidad de salir a trabajar.

¿Morir del virus o morir de hambre? ¿Será la cura peor que la enfermedad? Controlamos parcialmente el número de contagios mientras se destruyen negocios, empleos, fuente de ingresos. ¿Seguir aislados, con el país estancado o salir a trabajar, a producir, aumentando los contagios? Gran dilema. Difícil solución.

Aplausos de pie para quienes salen todos los días para que el resto podamos quedarnos en casa. Médicos, enfermeros, policías, militares, agentes de tránsito, guardias, cajeros de supermercados, farmacias y bancos, mensajeros, transportistas, fabricantes de los alimentos, medicinas y productos que nos permiten continuar nuestras vidas.

La certeza de que saldremos adelante. Que todo esto pasará. Que en tiempos de crisis nacen las mejores ideas, se crean nuevas oportunidades. Que incluso con los problemas de hoy vivimos el mejor de los tiempos. En un mundo con menos hambre, menos violencia, más educación, más tolerancia, más salud, más libertad. Con avances científicos que no se detienen, que nos sacarán pronto de esta situación.

La ilusión de volver a estar juntos. De ver el mundo. De llorar abrazados por los que se fueron. De disfrutar con más intensidad con los que se quedan. Soñar, creer, estar convencidos de que de esta separación temporal saldremos todos más unidos.


lunes, marzo 16, 2020

Un país enfermo

Lo más grave no es que una persona se contagie de coronavirus. Lo más grave es que lo haga una persona mayor o con alguna condición previa como asma, diabetes o enfermedad cardíaca. Ellas son las más vulnerables a enfermarse gravemente o incluso morir. La gran mayoría de personas saludables contagiadas con el virus salen adelante.

Con los países pasa igual. No es lo mismo cuando una crisis golpea a un país con una economía saludable, con instituciones sólidas, con reservas, con un gobierno estable, que cuando una crisis llega a un país endeudado, obeso, casi quebrado, corrupto, sin institucionalidad.

Lo más grave no es la caída en picada del precio del petróleo y el estancamiento que el coronavirus está generando en toda la actividad comercial. Lo más grave es cuando esto le ocurre a un país débil y enfermo, como el nuestro.

Lenín Moreno recibió un país enfermo de despilfarro, de deudas, de corrupción, de estatismo, de restricciones comerciales, de proteccionismo. Un país gravemente enfermo de correísmo. Tres años después, Lenín Moreno no ha seguido las recetas que podían curar al país. Se puso cómodo y continuó una variante moderada de ese mismo camino proteccionista, del Estado obeso, de la misma enfermedad.

Por eso, Lenín Moreno se ve obligado ahora a anunciar medidas urgentes para enfrentar la crisis. Ha sido necesario que el mundo se paralice por una pandemia y que el precio del petróleo caiga por los suelos, para recién ahí anunciar, parcialmente, medidas que debió tomar antes.

Lo positivo es que esta vez no todas las medidas apunten al sector privado tan golpeado. Ahora los servidores públicos tendrán que aportar un porcentaje de su salario. La burocracia ecuatoriana es la clase más privilegiada de este país. De largo. Es excesiva, está llena de cargos innecesarios, los sueldos son superiores a los del sector privado, y se alimenta de evitar que las cosas cambien.

Lenín, que no ha logrado reducir el Estado obeso, esta vez ofreció eliminar varias instituciones públicas innecesarias. Ojalá ahora sí cumpla. Como ya lo han denunciado varios medios, no es la primera vez que Lenín ofrece reducir la burocracia. Lo hizo hace un par de años y hoy existen varias de las instituciones que prometió eliminar o fusionar.

Más allá de estas ofertas de reducir el tamaño del Estado, esta ha sido otra oportunidad perdida para tomar medidas de fondo que liberalicen esta economía atrapada por un correísmo que se niega a morir. El Gobierno prefirió ir por medidas tibias. Si Lenín se quejaba que su antecesor no le dejó la mesa servida, el próximo presidente tendrá más razones para quejarse. Si bien este gobierno ha tenido aciertos en el ámbito político logrando instituciones menos politizadas, eliminando barbaridades como la reelección indefinida, y si todo sigue su curso, el Consejo de Participación Ciudadana, en el ámbito económico simplemente no supo ni pudo resolver. Nos deja en las mismas.

Somos un país enfermo, un país vulnerable. Cualquier crisis nos ataca con fuerza. Como van las cosas, todo apunta a que este gobierno nada de fondo hará para curarnos. Toca esperar hasta mayo del próximo año.


lunes, febrero 17, 2020

Bang, bang


Un delincuente entra a una tienda a robar. Apunta su arma al dueño. Pero este saca un arma que esconde tras el mostrador y dispara. El ladrón cae muerto.

Dos hombres en una moto se acercan a un carro detenido en una luz roja. Le apuntan al conductor para asaltarlo. El conductor saca un arma y dispara. Los ladrones caen heridos de la moto.

Videos captados por cámaras de seguridad en los que la víctima de un posible robo hace justicia con sus propias manos. Videos que circulan en nuestros chats y redes sociales. Encienden conversaciones y pasiones. Y suelen llevar a muchas personas a una misma conclusión: debemos estar armados para evitar que nos roben y maten. Peligrosa conclusión.

¿Estamos más seguros al tener un arma? ¿Son menores nuestras posibilidades de morir en un asalto si estamos armados? ¿Hay menos violencia en un país donde todos llevan un arma?

Yo me siento más seguro si nadie está armado a mi alrededor en medio de un asalto. Si nadie se las da de héroe y empieza una balacera. No se trata de dejarse robar. Se trata de salir vivo de ahí.

Los videos que circulan en nuestros chats muestran las excepciones de casos en los que la víctima del asalto logra neutralizar al criminal. No muestran los miles de casos que terminan en un baño de sangre por el fuego cruzado.

Una sociedad en la que las armas son de fácil acceso es una sociedad con más historias de un niño que mata accidentalmente a su hermano por jugar con el arma del papá que encontró en algún cajón. Es una sociedad con más probabilidades de que la violencia doméstica termine en homicidio. Es una sociedad con más suicidios. Más armas, más muertes.

Por eso hay que tener cuidado con esos gritos justicieros de quienes piden armas para todos como solución a la delincuencia y violencia. Hay que evitar la tentación de creernos personajes de alguna película de Tarantino capaces de hacer justicia con nuestras propias manos repartiendo balazos. La realidad es que un arma en nuestra casa, en nuestro carro o en nuestras manos pone en mayor riesgo a nuestras familias.

Esto no quiere decir que hay que dejar la cancha libre a los delincuentes. Para eso debe existir una fuerza de policías bien armados, bien preparados y con las garantías para disparar sin miedo a terminar presos. Para eso se debe permitir también que agentes de tránsito estén armados, como fuerza de apoyo a la policía en carreteras y ciudades. Lo mismo con guardias privados capacitados y acreditados para portar armas.

Este no es un debate sencillo. Siempre se enfrentarán la defensa del derecho a portar armas con la defensa del derecho a vivir libres de la amenaza de estar rodeado de gente armada. La mayoría de quienes quieren estar armados lo hacen por buenas razones, porque quieren defenderse, sentirse seguros. Pero la inseguridad y violencia no se resuelven con más armas en manos particulares. Esos videos de héroes armados no muestran toda la película, solo las pocas escenas que queremos ver. En la película completa no hay héroes, solo más muertes.