martes, julio 02, 2019

Defender la familia


Siglo XXI. 2019. Y todavía tenemos reclamos y hasta marchas contra los derechos y libertades de las minorías. Algo ya superado hace décadas en los países más desarrollados (que por algo lo son), acá se sigue discutiendo con argumentos que deberían haberse extinguido como los dinosaurios.

A pesar de eso, no creo que la mayoría de quienes marchan y se oponen al matrimonio igualitario lo hagan de mala gente o para hacer daño. Lo hacen porque están convencidos de que este atenta contra valores, creencias y costumbres que consideran fundamentales. Los mueve, sobre todo, su deseo de defender su concepto de familia.

Y tienen razón, hay que defender la familia. Sí. Pero defenderla contra la idea de que existe una sola verdad, una sola forma de ser y actuar, una sola receta para todos, un solo modelo de familia. Defender a todos los tipos y estilos de familias.

Rescatar los valores. Claro que sí. Pero valores como el respeto a los demás, el respeto a su individualidad, a su manera de pensar, a su legítimo derecho a vivir como quieran y compartir su vida en matrimonio con quien quieran. Valores como la solidaridad y la empatía, para ponerse en los zapatos de las minorías. Para entender lo que se siente ser discriminado, que te miren mal en todos lados. Ver el mundo y la vida desde otra perspectiva. Preguntarse ¿qué haría yo en su lugar? ¿Reclamaría también tener los mismos derechos que los demás?

Defender a nuestros hijos. Por supuesto. Pero defenderlos contra los fanatismos, los prejuicios, el castigo y rechazo por ser distinto. Defenderlos contra la imposición de modelos y estereotipos de cómo deben ser, actuar y soñar. Defenderlos de políticos que no entienden que los derechos de las minorías no se consultan. Se garantizan. Se protegen. Se defienden contra los deseos o prejuicios de una mayoría.

Celebrar la familia. En todas sus formas, sus particularidades, sus diferencias. Celebrar el amor. Entre dos personas que se aman. Sin exclusión. Sin moldes. Sin etiquetas.

Esos son los valores, esa es la familia, por los que vale la pena salir a la calle. No a apuntar y acusar con el dedo a quien no se parece a mí. No a exigir el mismo estilo de vida y comportamiento en todos. Salir a celebrar esas diferencias que nos unen como humanos.

Nuestro respeto de hoy a los derechos de las minorías será el ejemplo para que nuestros hijos vivan libres de prejuicios. Para que sepan que el amor es el amor. Sin importar credo, color o inclinación. Que amor no es, no puede ser, oponerse al amor entre dos personas. Amor no es, no puede ser, pretender imponer un molde único de familia o relación. Amor no es, no puede ser, criticar y juzgar la forma como se aman los demás.

Bienvenido el paso que hemos dado como país con la aprobación del matrimonio igualitario. Que sea un paso hacia más libertad, sin privilegios especiales para ningún grupo. Con los mismos derechos y deberes, el mismo respeto y responsabilidad, para todos por igual.

Se trata de vivir y dejar vivir. Nada más.