lunes, enero 21, 2019

Caras decentes


La otra mañana escuchaba en mi carro una entrevista que le hacían al vicepresidente Otto Sonnenholzner. Hablaba con franqueza sobre los problemas del país y sus posibles soluciones. Hace tiempos no escuchaba a un funcionario público hablar tan claro, con sentido común, sin esas poses ni politiquería a las que tanto nos habían acostumbrado los correístas de la última década. Terminó la entrevista, frené en una luz roja y se acercó un joven a limpiar el parabrisas del carro. Y pensé que no todo está perdido para ese chico si tenemos más políticos así. Hay esperanzas de salir adelante.

Esa misma mañana me dirigía a un conversatorio con María Paula Romo, ministra del Interior, al que fuimos invitados los columnistas de este Diario. Impensable en tiempos correístas que un ministro se reúna con articulistas y periodistas a conversar y contestar abiertamente sus inquietudes. Al igual que el vicepresidente, las palabras de María Paula fueron transparentes, sinceras, sin poses, con información y expectativas realistas. Contestó todas las preguntas, algunas incómodas, con la claridad y sinceridad que uno espera de sus funcionarios públicos. Salí de esa reunión optimista. Me fui a trabajar pensando que no todo está perdido en este país si tenemos más políticos así. Hay esperanzas de salir adelante.

Unos días después al entrar en Twitter me encontré con un debate intenso alrededor de lo que había dicho una asambleísta. Muchos la felicitaban, otros la insultaban. ¿Qué había dicho para causar tanta polémica? Había cambiado de opinión. La asambleísta María Mercedes Cuesta había cambiado su postura en contra de la despenalización del aborto por violación luego de escuchar los argumentos del otro lado y reflexionar sobre ellos. En otras palabras, hizo lo que todos los asambleístas deberían hacer. Estar abiertos al diálogo, a escuchar a quienes piensan distinto y estar dispuestos a aceptar los argumentos contrarios si estos tienen sentido. Escuchar y dialogar antes de atacar a opositores o imponer criterios. Al levantar mi mirada del celular y dejar los gritos e insultos tuiterianos, pensé que no todo está perdido en este país si tenemos más actitudes así. Hay esperanzas de salir adelante.

El correísmo sepultó la decencia en la política. Tocamos lo más bajo con el cinismo, la mentira y la corrupción de personajes vergonzosos. Algunos ya pagan sus abusos con la cárcel, el exilio o la tensión de saber que sus días de libertad están contados. La llegada de Lenín al poder solo anunciaba más de lo mismo. Pero no fue así. El Gobierno nos sorprendió con su giro inesperado. Hoy, varios políticos y funcionarios nos dan esperanzas. Y aunque un funcionario decente no garantiza buenas políticas ni decisiones correctas, sí nos da la confianza de que actúa pensando en el bien del país. Nos hace creer que hay salida.

Este gobierno difícilmente logrará cambios trascendentales. Tiene muchísimo por hacer y corregir. Será con suerte un gobierno de transición que ponga la casa en orden y prepare el terreno para el siguiente gobierno. Si logra eso ya será bastante. Y si en el camino cambian por completo esas caras cínicas y corruptas del correísmo por caras decentes y transparentes, hay esperanzas de salir adelante. 



lunes, enero 07, 2019

El Verdadero Debate


En la Asamblea Nacional y en las redes sociales se debate con pasión la despenalización del aborto por violación. Es un debate interesante en el que todos defienden causas válidas. Un lado se enfoca en la defensa del ser por nacer, el otro en los derechos y salud de la mujer.

Llegamos con varias décadas de retraso al debate del aborto. En países desarrollados como Estados Unidos, Canadá, Australia y casi toda Europa el aborto es legal hace tiempos. Si hablamos de despenalización del aborto por violación, la lista se expande a más países, incluyendo varios de nuestros vecinos.

Los argumentos de varios asambleístas se centran en la defensa de la vida desde la concepción y en que el violador pague por su crimen. Son argumentos válidos, pero por ahí no va el debate.

Nadie está preguntando a los asambleístas cuándo empieza la vida de un ser humano. Podemos estar todos de acuerdo en que la vida empieza desde la concepción, pero eso no acaba el debate ni resuelve el tema en discusión.

La pregunta aquí no es si estamos a favor o en contra del aborto. Creo que todos preferiríamos un mundo en el que nadie deba tomar la dura decisión de recurrir a un aborto, un mundo de felices embarazos fruto de relaciones consensuales. Pero la realidad es que los abortos ocurren y seguirán ocurriendo por diversos motivos, algunos tan trágicos como el embarazo por violación.

El verdadero debate y la pregunta que deben contestar nuestros asambleístas es muy puntual: ¿debe una adolescente o una mujer violada ir a la cárcel por decidir abortar? ¿Están de acuerdo con que esa mujer pueda recurrir a un aborto legal y seguro o prefieren que lo haga de forma clandestina poniendo en riesgo su vida? Yo dudo que nuestros asambleístas, o cualquier persona, quieran ver en la cárcel o en una situación de riesgo a esa mujer que tomó la difícil decisión de abortar.

Se puede defender la vida desde la concepción y estar en contra del aborto, y al mismo tiempo apoyar su despenalización, justamente para acabar con los abortos clandestinos, transparentar el número de abortos y así poder brindar mejor asistencia y alternativas a quienes consideren practicarlo. Contrario a lo que muchos argumentan, la despenalización del aborto no significa promover el aborto ni obligar o presionar a una mujer a abortar. Significa que la mujer que decide abortar lo podrá hacer de manera segura, legal y sin ir a la cárcel. Quien defiende la vida puede hacerlo mejor en una sociedad donde el aborto es legal.

Lastimosamente este debate, aquí y en otros lados, suele perder su enfoque por posturas extremas. No se reconocen las buenas intenciones de ambos lados. En lugar de un intercambio de ideas, vemos un intercambio de insultos o vergonzosas manifestaciones públicas que banalizan las causas que se defienden. Como suele ocurrir en la política, las posturas extremas dominan el debate y la opinión pública, convirtiendo al bando contrario en un enemigo a destruir.

El verdadero debate en juego es claro. La pregunta a contestar es muy puntual. Eludirla con otras discusiones nada soluciona. Mientras tanto continúan los abortos clandestinos, con todos sus riesgos.


lunes, diciembre 17, 2018

El irresistible encanto del proteccionismo


Hace pocas semanas los taxistas de Quito salieron a protestar contra Uber y Cabify. Pretendían el “bloqueo definitivo” de estas plataformas.

En ese caso, casi todos tenemos claro que estas plataformas internacionales solo traen beneficios. Entendemos que los taxistas en lugar de protestar deben mejorar su servicio, adaptarse a los nuevos tiempos y competir. Que proteger a los taxis no es el camino. Que todos ganamos con la apertura, la libre competencia, la modernidad.

Pero hay otros casos que no son tan claros para muchos. El bicho proteccionista nos mete el cuento de “defender” al trabajador local, a la industria local contra la diabólica influencia extranjera, o peor aún proteger la cultura e identidad local, excusa que siempre asoma a la hora de pedir privilegios para un sector.

Estos días, a propósito de las reformas en la Ley de Comunicación, se discute la permanencia del artículo 98. Ese artículo obliga a las empresas a contratar a productoras locales para hacer su publicidad y “prohíbe la importación de piezas publicitarias producidas fuera del país por empresas extranjeras”.

Muchas productoras locales piden que ese artículo se mantenga. El argumento es que la ley las ha ayudado a desarrollarse y profesionalizarse. Que gracias a esa ley, fotógrafos, actores y camarógrafos locales tienen más trabajo. Claro, a costa de mayores costos en publicidad y, sobre todo, a costa de la libertad de las empresas para elegir cómo manejan su comunicación.

“Si se elimina la ley, muchos productores, fotógrafos, actores quedarán sin trabajo” leí por ahí. Es el mismo argumento de los taxistas: defiéndanme prohibiendo lo extranjero. Cerrarse al mundo como receta de crecimiento. Así podemos ir de industria en industria, pidiendo protección y privilegios, mientras afectamos la libre elección del consumidor y los precios se elevan ante la falta de competencia.

Si entendemos el daño que causa el proteccionismo en los taxis, deberíamos entender el daño que causa en cualquier industria. Mantiene privilegios, aumenta precios ante falta de competencia, elimina incentivos para mejorar el servicio, y lo más importante, va en contra de la libertad del consumidor de elegir el producto o servicio que prefiera. Quien escoge un producto o servicio local que lo haga porque así lo prefiere, no porque una ley lo obliga a hacerlo.

Debemos desterrar el proteccionismo de nuestro ADN si queremos salir adelante. Dejar de llorar porque las empresas gringas o las chinas o las alemanas son muy grandes y poderosas y no podemos competir contra ellas. Si no podemos competir en un sector, dediquémonos a industrias donde sí podamos competir o encontremos ese nicho, ese espacio, donde podemos ser mejores, diferentes, originales.

Dejemos de creer que nuestro sector o nuestra profesión es especial y merece protección. Bienvenidos los incentivos, no la protección. Incentivos que nos motiven a invertir, a crecer, a competir con el mundo. No restricciones y protecciones que obligan a consumir lo local y cerrarnos al mundo.

Ningún sector es especial. Ningún sector merece protección del Estado que limite la libertad del consumidor. Ni por asuntos de “identidad y cultura nacional”, ni por “asuntos estratégicos”, ni nada. El sector que puede competir saldrá fortalecido ante esa competencia internacional. Lo demás es queja tercermundista.