lunes, abril 02, 2018

Aquí, trabajando para Lenín


Más que trabajar para nosotros, nuestras familias o nuestras empresas, sentimos que aquí trabajamos para el Estado. Para pagar esa enorme burocracia y las millonarias deudas que nos dejó la década robada. Para mantener tanta ineficiencia e infinito gasto público.

Según un reciente informe de la Cámara de Comercio de Guayaquil, son exactamente 76 días de trabajo los que destinamos los ecuatorianos el año pasado para financiar al sector público. Es decir, hasta el 17 de marzo trabajamos para mantener el aparato estatal. Recién a partir de ese día empezamos a trabajar para nosotros mismos. Es el día de la libertad tributaria, como lo ha llamado la Cámara.

Según el informe, “las reformas tributarias de la década pasada aumentaron 22 días más de trabajo para el Estado. En el año 2000 los días de trabajo destinados a pagar impuestos fueron 44. En el 2017, la carga fiscal aumentó a 21%, obligando a los ecuatorianos a trabajar 76 días para alimentar al fisco… En los últimos 10 años, hubo al menos 27 reformas tributarias que involucraron la modificación o creación de tributos que afectan la producción. Entre los impuestos más nocivos que se crearon o modificaron, están el Anticipo de Impuesto a la Renta, el Impuesto a la Salida de Divisas, y varios Impuestos a los Consumos Especiales”.

A esta carga tributaria debemos añadir los elevados precios que pagamos como consumidores, cortesía de tantos aranceles; cada pago que hacemos al IESS (en la práctica otro impuesto más) que el correísmo casi ha quebrado; y todos los servicios privados que debemos contratar (educación, salud, guardianía, seguros) que se supone nuestros impuestos cubrían.

Esta sensación de que trabajamos más para el Estado que para nosotros mismos no se refleja solo en la plata que damos al fisco, sino también en el tiempo perdido. Horas en nuestras empresas o actividad profesional dedicadas a lidiar con trabas, permisos y reglamentos absurdos. Reuniones para entender algún nuevo requisito inventado por algún burócrata aburrido, en lugar de planificar nuevos servicios o productos que hagan crecer nuestro negocio.

Y lo que más molesta no es el pago de impuestos y tanta tramitología, sino saber que gran parte de esa plata y esfuerzo en lugar de ir a maestros, médicos o policías, se pierde en corrupción, ineficiencia, entidades públicas innecesarias, sueldos, privilegios y carros con chófer de funcionarios dorados.

Hoy que el gobierno de Lenín supuestamente anuncia –finalmente– las medidas económicas que tomará para sacarnos de la crisis en las que ellos mismos nos metieron (que no se hagan los que nada tuvieron que ver con Correa), esperamos que no sean más impuestos, más aranceles, más trabas. Que no nos pasen la cuenta de su ineficiencia e incapacidad para recortar tantos gastos.

Lenín heredó una situación muy complicada. No es fácil arreglar esta economía de un día para otro. Pero mientras su enfoque siga siendo cómo le saco plata al ciudadano y al sector privado para continuar manteniendo el despilfarro público, en lugar de cómo adelgazo al Estado y doy libertad al sector privado para producir más, aquí nada cambiará. Las medidas que hoy anuncien nos dirán si seguimos trabajando para Lenín, o empezamos a trabajar para nosotros.


lunes, marzo 19, 2018

Tan lejos


¡Qué lejos estamos de Chile! Miro con envidia a Sebastián Piñera asumir la presidencia de ese país. Una presidenta de izquierda entrega el poder al nuevo presidente de derecha en paz, con altura, entendiendo que el hecho de jugar en equipos opositores no los convierte en enemigos, que más allá de diferencias y rivalidades son personas decentes que comparten principios elementales como el respeto a la ley y las instituciones y el deseo de un país mejor.

Chile da lecciones de madurez y decencia política una y otra vez. En ocasiones, hasta supera a las democracias más avanzadas. El día del triunfo electoral de Piñera no solo que el candidato opositor aceptó públicamente su derrota y felicitó al ganador, sino que fue a la central de campaña del presidente electo y desde ahí lo felicitó, lo abrazó y se comprometió a trabajar juntos por el bienestar del país. A la mañana siguiente, Piñera desayunó con Bachelet, iniciando así el proceso de transición. Acá ni con políticos del mismo partido es posible una transición tan pacífica. Sus egos gigantes les impiden pensar más allá de su interés inmediato y personal.

Durante su visita a Chile para la posesión de Piñera, el mismo Lenín Moreno dijo en una entrevista: “Fue programado dejar al país en condiciones bastante malas para que el próximo gobierno, que seguramente el presidente se imaginó iba a ser de su opositor, fracase y enseguida volver como el redentor. Pero parece que las cosas no salieron como estaban programadas, gané las elecciones, pero trataron de aplicarme la misma receta”. El ego de un político vale más que el bienestar de un país. Su estrategia para sobresalir se basa en hacer fracasar al otro.

El haber sobrevivido una dictadura seguramente empujó a la clase política chilena y a los votantes a madurar así. No quieren volver a ese pasado. Por eso, más allá de diferencias ideológicas o políticas defienden los principios básicos de una democracia. En Ecuador acabamos de salir de nuestra versión de dictadura. Diez años donde todo el poder estuvo en manos de una sola persona, que hizo y deshizo a su antojo, sumergiendo al país en la peor corrupción de su historia. Sería bueno que, como en Chile, esta experiencia nos haga madurar políticamente. Que esta mala experiencia correísta nos abra los ojos, nos haga rechazar tanta sinvergüencería y darle algo de decencia a la política.

El camino será largo y complicado. El comportamiento correísta sigue vigente entre correístas y supuestos excorreístas. Ahí está Serrano. En cualquier democracia medianamente avanzada hubiera renunciado a la presidencia de la Asamblea y a la Asamblea. Pero él, sin vergüenza alguna, continúa bien agarrado de su cargo. Ahí está Ochoa, personaje nefasto de la década robada, que hasta el final defendió sus abusos. El correísmo ha dejado un marcado legado de desfachatez política contra la que debemos luchar políticos y votantes. Las próximas elecciones seccionales son la oportunidad para ponerle un punto final.

Chile está todavía muy lejos. Diez años de correísmo nos hicieron retroceder demasiado. El ver a políticos y exfuncionarios correístas enfrentar la justicia es al menos un primer paso. 


lunes, marzo 05, 2018

Apesta


Aquí apesta. Huele a podrido. Apesta a corrupción, a sinvergüencería, a cinismo. Apesta a Alianza PAIS.
Hemos sobrevivido una década de putrefacción correísta-socialista del siglo XXI. Durante varios años lograron tapar esos olores pestilentes controlando a todas las instituciones del Estado. La mafia bien organizada se cuidó las espaldas y pudo disimular el hedor de tanta corrupción. Pero ahora que el jefe ha dejado el poder, la porquería no se puede contener.
La semana pasada el olor alcanzó niveles realmente contaminantes. Fue imposible escapar a tanta pestilencia.
El fiscal general del Estado, Carlos Baca, reveló una conversación telefónica entre el presidente de la Asamblea, José Serrano, y el prófugo excontralor Carlos Pólit, en la que tramaban sacar al fiscal de su cargo. Exaliados correístas echándose lodo. Y nadie piensa en dejar el cargo ante tal escándalo. En el curso de decencia básica se quedaron todos de año.
La bancada legislativa de la revolución ciudadana, es decir, la facción correísta, emitió un boletín de prensa que es un monumento al cinismo. Entre otras cosas indican que “Ecuador volvió al pasado y sufre una profunda desinstitucionalización”, y “repudiamos la voraz ambición de asaltar con métodos inescrupulosos y antiéticos los poderes públicos, especialmente los de Control y de Justicia”. Se hacen los escandalizados ante las prácticas que el correísmo perfeccionó y llevó a su más alta expresión. Bien saben que Serrano es de los suyos, como Pólit, como Baca. Bien conocen sus prácticas. Que no se hagan los sorprendidos.
La semana pasada, el exministro de Electricidad Alecksey Mosquera anunció que se declarará culpable en el juicio por haber recibido un millón de dólares de Odebrecht. Hace no mucho, Correa aseguró que el dinero recibido por Mosquera no se trataba de una coima o soborno, sino de un legítimo acuerdo entre privados. Hoy, desde Bélgica, ya no puede esconder este mal olor de corrupción.
También nos enteramos la semana pasada del fin de GamaTV. El uso del canal para propaganda gubernamental, además de gastos excesivos en su administración lo llevaron a la quiebra, al punto que la Superintendencia de Compañías acaba de ordenar su disolución. No solo nunca se vendió este canal como tantas veces ofreció Correa, sino que al mejor estilo socialista del siglo XXI lo terminaron quebrando.
Semana del mal olor de la inmensa corrupción nacida del correísmo, de un sistema autoritario, de un Estado-Gobierno-Partido que todo lo abarcó y controló, sin fiscalización, y con abundantes fondos públicos. ¿Entenderemos algún día que solo reduciendo el tamaño del Estado y la dependencia en los fondos públicos reduciremos las oportunidades para la corrupción? Son miles de millones de dólares perdidos durante la década correísta. Que no nos confundan hoy haciéndose los sorprendidos quienes hace muy poco ocuparon todo el poder. Son la misma gente. Los mismos correístas con nuevas etiquetas.
Todo apesta. Tanta descomposición no puede ocultarse más. Pero entre tanto mal olor, la semana pasada llegó también una suave brisa de esperanza con la elección de los miembros del Consejo de Participación Ciudadana de transición. Tienen un reto enorme por delante. De sus decisiones dependerá si recuperamos algo de decencia en este país y deja de apestar tanto a Alianza PAIS.