lunes, febrero 03, 2020

Sangre y cárcel


El peatón cruzó confiado por media calle. No se percató de que por su izquierda venía una moto. El conductor de la moto intentó esquivarlo, pero perdió el control. Salió volando. Su cabeza golpeó el pavimento. El casco sirvió de poco. Sangraba mucho. Empezó a convulsionar.

Pedimos ayuda al conductor de una camioneta, estacionada a pocos metros de lo ocurrido, para llevar al herido al hospital. “Ni loco”, nos dijo, “la Policía pensará que yo lo atropellé y me meten preso. Esperemos a la ambulancia nomás”. Pero la ambulancia no llegaba.

Ya sabemos el cuento. Si hay sangre en un accidente vas preso. No importa de quién fue la culpa. No importa que un peatón se haya cruzado cuando tu semáforo estaba en verde y tenías todo el derecho a avanzar. No importa que el otro carro se te haya ido encima. No importa lo que pasó, ni cómo pasó, ni quién cometió la infracción. Hay heridos, o peor aún muertos, vas preso.

“Si atropellas a alguien sigue de largo, no se te ocurra frenar”, “si ves un herido en la calle jamás lo recojas para llevarlo al hospital”. Esas son algunas de las primeras lecciones que muchos jóvenes reciben apenas sacan su primera licencia de conducir. Nuestras leyes absurdas motivan esos consejos.

Casi toda noticia de un accidente de tránsito menciona la fuga del conductor del vehículo. Sí, muchas veces el conductor es el culpable y merece la cárcel por ir borracho, rebasar en curvas u otra imprudencia mayor. Pero muchas otras veces, se trata de un accidente. Nada más. La prisión preventiva está de más.

Los que nunca van presos y deberían pasar un buen tiempo en la cárcel son esos funcionarios públicos y contratistas que construyen vías que provocan accidentes. Vías donde los carriles desaparecen repentinamente, vías sin señalización, o vías donde nunca avisan que hay tramos en construcción y ponen apenas unos conos cuando ya es muy tarde para frenar. Esos sí son los causantes de accidentes.

Muchos hemos vivido la experiencia de lidiar con un agente de tránsito cuya principal preocupación no es el estado de los accidentados, sino retener de inmediato los vehículos y llevar detenidos a los conductores. No le importa determinar primero por qué se dio el accidente, si hubo o no alguna infracción. En la calle todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Los que pueden pagar, logran cambiar la cárcel por un cuarto de hospital donde pasar la noche. Los que no, van tras las rejas como cualquier criminal, sin poder acompañar al familiar herido.

Leyes supuestamente creadas para protegernos, se vuelven leyes contra la gente. Crean una sociedad que prefiere huir y no ayudar, antes que arriesgar ser juzgados sin poder defenderse en libertad.

Las cárceles son para los criminales, no para los accidentados. La ley está para protegernos, no para motivarnos a huir o dejar al herido en media calle. ¿Tan difícil es para nuestras autoridades poner primero el sentido común?

Pasaron los minutos y la ambulancia nunca llegó. Un hombre subió al motociclista herido a su carro y lo llevó al hospital. Ojalá no esté preso por ayudar.


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