jueves, octubre 27, 2005

Como Rosa

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO – Guayaquil, Ecuador

Rosa Parks se negó a cederle su puesto en el bus a un hombre blanco. Rosa era negra en la Alabama de los cincuenta, cuando la segregación era la norma. Pero Rosa no se dejó. Cuando el chofer del bus le pidió que se moviera a los asientos de atrás para darle su lugar a un hombre blanco, ella dijo no. Fue arrestada y multada como lo establecía la ley. Pero su encierro no fue en vano. Dio inicio a todo un movimiento por los derechos civiles liderado por un joven Martin Luther King Jr.

Rosa no pretendía iniciar ningún movimiento. Era simplemente una mujer humilde cansada de tener que obedecer las estúpidas leyes que la convertían en un ciudadano de segunda. Pero hizo algo valiente en el momento histórico preciso.

Hoy el ejemplo de Rosa es importante, sobre todo en este estancado y corrupto Tercer Mundo. En Estados Unidos existen injusticias imposibles de evitar como en cualquier lugar, pero en general la ley funciona y es justa. Acá en cambio necesitamos nuestras Rosas, hombres y mujeres valientes y decididos que desafíen las injusticias que a diario vivimos.

Podemos ser como Rosa cuando un vigilante nos pida para las colas. Rosa diría: cíteme nomás que yo no le doy un centavo. Podemos ser como Rosa cuando vemos negociados a nuestro alrededor. Rosa no se quedaría callada y denunciaría la corrupción. Estoy seguro de que Rosa movería cielo y tierra para que el Seguro Social la trate con dignidad y haga su trabajo. Como Rosa, no debemos ceder nuestros derechos.

Aquí no son las leyes sino los hombres los que segregan. Diputados que le quitan el puesto del bus al pueblo que votó por ellos, para cedérselo a los intereses del jefe del partido; burócratas centralistas que segregan ciudades y provincias para mantener contentos a sus vecinos de la capital y sus eternos cheques a fin de mes; profesores de la UNE que mandan a los asientos del fondo a la educación de los niños para ellos sentarse muy cómodos en la primera fila de su incompetencia.

Cuando las leyes no funcionan se las debe enfrentar y cambiar. Cuando la gente no funciona, debe renovarse. Rosa luchó por eso. Hoy tenemos la propuesta de una Constituyente para cambiar las cosas. Desconfío de lo que se pueda hacer en ella, pero al menos indica un deseo de renovación. El verdadero cambio vendrá cuando tengamos más de una Rosa diputada que se niegue a seguir el juego de la confrontación y los intereses ocultos y les abra los ojos a los demás. Cuando más de uno se niegue a cederle su puesto a los prepotentes de siempre y su acto no quede aislado, sino que reciba el apoyo popular y de un líder dispuesto a encabezar la marcha.

Rosa Parks murió este lunes a sus noventa y dos años. Su coraje no muere para los millones de negros en Estados Unidos que hoy se pueden sentar donde les dé la gana.

Rosa Parks se quedó en su asiento y desobedeció una ley injusta. Es difícil combatir la injusticia como lo hizo Rosa. Hay que ser muy valiente. Pero si se está en el lugar y el momento preciso, ese acto de valentía puede ir muy lejos.

viernes, octubre 21, 2005

Queda el Javier

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Artículo escrito para la Revista “Javier Deportivo” - Colegio Javier

Hoy que nos tomamos un trago con el recuerdo y reímos como si fuera ayer cuando nos graduamos hace diez años. Hoy que se ha ido la voz de gallo y en lugar de barba empieza a asomar la calva. Hoy que hemos pasado por universidades, noviazgos, amores, desamores, matrimonios, divorcios, hijos, triunfos, derrotas, satisfacciones, emociones.

Hoy que caminamos por la vida como artistas, empresarios, abogados, casados, solteros, hombres de derechas e izquierdas, ateos, creyentes, padres, hijos, esposos, amantes, jefes, empleados, profesionales, emigrantes. Hoy que trabajamos en países lejanos y en la vuelta de la esquina. Hoy que hacemos cuentas para llegar a fin de mes.

Hoy que entendemos que aquella frasecita “Al Javier se entra pero nunca se sale” es tan cierta como suena. Hoy que el tiempo borra lecciones pero no borra momentos. Hoy que en el fondo todavía tenemos quince años.

Hoy queda el Javier.

Y quedan las estrictas lecciones de Villegas, las lunáticas teorías de Reyes, las historias del Abogado Muñoz. Quedan los eternos sermones de Paquito, el delicioso y sospechoso sánduche de la madrina, la tarjeta amarilla de Alfredito, el relajo en el bus, la gramática de la Caballero.

Y quedan el debe y el haber de la Fray, y queda el workbook de la Servigón. El graffiti en los baños, la teología de Gustavo, el himno nacional de los lunes con Barriga. La rayita en los recreos, la corbata en los exámenes, el papel ministro de Salvador, las canciones de los curas argentinos, el sonido del timbre, las horas libres, las horas felices.

Y queda el remón de siempre pidiendo plata junto al bar, el gordo con su termo y sus sánduches que a nadie brindaba, los abusadores de sexto robándole k-chitos a los de primero. Quedan la tierra y las piedras en la cancha de fútbol y el sueño verde cuando solo era un sueño, la piscina que nadie usaba, el cigarrillo junto al bar y a escondidas, la aplastadera de la cola.

Y quedan los amigos que llegaron al final, los amigos que quedaron en el camino, los amigos que se fueron, los que volvieron, los que nunca más volvimos a ver, los que vemos siempre, los de las risas a carcajadas, los de los puñetes a la salida, los cómplices, los incondicionales.

Y queda la emoción del gol el sábado en la mañana, el sabor del mango en fundita a la salida, la sacadera de aire en clase con Pedro, el olor a sudor y la hoja que se pega al brazo después de un partido en el recreo. Queda la borrachera del viernes. Quedan las fiestas, las niñas, el baile, el deseo, los besos.

Y queda la sala de computación con computadoras que nunca prendían, los órganos disecados que alguna profesora nos hacía tocar, los fouls de los profesores que el árbitro nunca pitaba. Y queda la kermesse con las chicas y el rock, la fuga y la misa de primer viernes, el himno a la Dolorosa a todo pulmón, el grito de hora libre cuando el profesor no llegaba, las confesiones con Moreta de un padrenuestro y tres avemarías. Queda la camiseta, la ardillita, el uniforme concho de vino. Quedan los profesores, compañeros, los amigos.

En fin, queda una época. Quedan años mas sencillos cuando las puertas permanecían abiertas. Queda la adolescencia, la juventud, la esperanza. Quedan las ilusiones, los sueños, las ganas. Queda el Javier. Quedamos los javerianos. Mientras el resto seguirá pasando.

jueves, octubre 20, 2005

¿Quién quiere ser presidente?

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO – Guayaquil, Ecuador


“Cuando estaba en la universidad/… yo también soñaba con ser presidente/pero ahora me da una flojera infinita/… Yo no quiero ser presidente.../no quiero servir al pueblo /yo sólo deseo fervientemente /servirme a mí mismo... /qué pereza ser presidente/despertarse temprano /inaugurar carreteras... / dar discursos memorables... /tener fe en el futuro…”, escribe Jaime Bayly.

Muchos, al igual que Bayly, abandonan la idea de ser presidente. La presidencia complica a la familia y saca demasiadas canas. Sucede en todos lados. Nuestro problema es que a los sacrificios naturales del poder debemos añadirle una segura orden de arresto. Así, ¿quién quiere ser presidente, o ministro, o lo que sea?

Los noticiarios nos acaban de mostrar a dos ex presidentes siendo escoltados a su encierro. Es vergonzoso y alarmante que todos nuestros ex presidentes a partir de Abdalá han tenido órdenes de arresto. Más allá de que sean víctimas de persecuciones o de su propia sinvergüencería, la figura del presidente ha pasado de ser respetada a condenada.

Los extremos siempre son malos. El extremo con gobernantes infalibles e intocables nunca es bueno. Pero el extremo al que hemos llegado, en el que ser presidente viene acompañado de persecuciones garantizadas, es peor. Obviamente, se debe castigar siguiendo el debido proceso legal los actos deshonestos de quienes nos gobiernan. Pero, en nuestro país lo legal y lo justo ya perdieron su significado. Si los últimos años sirven de ejemplo, antes que pensar en la constituyente o la refundación de este hundido país, Palacio debería buscarse un buen abogado y un plan de escape.

¿Quién quiere ser presidente en el país de la prisión preventiva, la Corte inexistente y los jueces comprados? ¿Quién quiere entrar en política en la tierra donde todo depende de la voluntad de unos cuantos políticos poderosos?

Me asusta pensar en quienes sí quieren ser presidentes: o son muy valientes, o confunden el ¿quién quiere ser presidente? con ¿quién quiere ser millonario?, o tienen tanto dinero que esto de ser presidente suena divertido, o están algo locos.

Palacio se encontró con la presidencia que aspiraba en silencio. Hoy habla con frases serias e importantes. Que no pierda su tiempo. Conque ayude a que más gente preparada quiera entrar en política, habrá hecho mucho por el país. Conque en lugar de insistir en consultas y constituyentes que acabarán en más escándalos y letra muerta se concentre en asegurar una Corte con jueces independientes, preparados y honestos que permitan a su sucesor gobernar con tranquilidad, para algo habrá servido su estadía en Carondelet.

Mientras la persecución, la cárcel y el exilio acompañen los puestos públicos nadie que sea honesto y valga la pena querrá ocuparlos. El tiempo vuela y ya mismo votaremos por un nuevo gobernante. Si nada cambia, Palacio y sus sucesores pasarán a la creciente lista de exiliados que cometieron el grave delito de ser presidentes.

Bayly termina escribiendo “yo no quiero ser presidente /por todo eso y algo más: /porque ser el preferido de la mayoría /suele ser una vulgaridad”. Ya quisiéramos que acá los presidentes fueran los preferidos de la mayoría, como sucede en Colombia y otros países. Mientras se puedan seguir ordenando arrestos de un telefonazo, dudo que alcancemos buenos gobernantes.

¿Quién quiere ser presidente?, pregunta la profesora. Hoy se levantan pocas manos.

jueves, octubre 13, 2005

Tomando nota

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO – Guayaquil, Ecuador


Continuidad. Buenos directores técnicos. Saber aprovechar las ventajas. Tres elementos que contribuyeron al éxito de nuestra selección de fútbol. Tres elementos que no existen a nivel de gobierno y país.

La selección está donde está gracias al trabajo continuo y perseverante de sus técnicos y jugadores. Maturana, Bolillo y Suárez han sabido complementarse, formar y construir continuando el trabajo iniciado por Draskovic. Los cambios positivos no se dan de la noche a la mañana. Se dan a base de un trabajo continuo, sin virajes bruscos de timón. No se pasa de retro a quinta. Hay que pasar por primera, segunda, tercera.

Nuestros gobiernos han hecho todo lo contrario. Lo que un gobierno inicia, el siguiente lo desecha para empezar de cero. Tratan de arrancar en tercera, nos prometen que en pocos meses andaremos en quinta para terminar de retro. Las mejoras en Guayaquil y Quito son claros ejemplos de lo que una continuidad de políticas públicas puede lograr. No se trata de continuar con el mismo partido político, ni con el mismo estilo de gobierno. Ni siquiera con la misma tendencia política. Se puede ir de un gobierno de izquierda a derecha y mantener una continuidad de políticas básicas. Se trata de construir sobre lo construido y no destruir para construir a medias. Planear a largo plazo para que los grandes proyectos sobrevivan a los gobiernos.

Y para esto se necesitan buenos líderes y dirigentes. Mientras en fútbol se planea a futuro, se busca con cuidado al técnico y se le exige experiencia y calificaciones idóneas para su posición, en política votamos por cualquiera. No hay nada más ecuatoriano que la selección de fútbol. Nada que nos haga sentir el país tanto como esos once jugadores en la cancha. Y sin embargo, quienes han guiado los pasos de la selección han sido extranjeros. Es que en fútbol, a la hora de escoger un director técnico dejamos a un lado nacionalismos y otras ridiculeces y buscamos simplemente al mejor, sin importar de dónde venga. ¿Llegará el momento en que hagamos lo mismo con nuestro presidente? El día que discutamos por largas horas las calificaciones de tal o cual candidato como lo hacemos con los técnicos. El día que miremos más allá del empaque y la sonrisa y votemos simplemente por el mejor ecuatoriano para el puesto.

Y lo tercero: saber aprovechar ventajas comparativas. La selección aprovechó al máximo la oportunidad que le da jugar en la altura de Quito. No perdió ni un partido en casa. ¿Cuántos partidos pierden a diario nuestros gobiernos? Tenemos recursos naturales para explotar al máximo con proyectos que postergamos entre trabas y corrupción. Tenemos regiones ideales para el turismo que desaprovechamos. Archivamos nuestras ventajas comparativas. Nos comemos los goles en casa y nos dejamos golear por el equipo visitante.

Los goles no entran de suerte. El progreso no llega de repente. En el país de la improvisación la selección nos ha dado una lección de lo que el trabajo constante y a largo plazo, escogiendo buenos dirigentes y jugadores y aprovechando las ventajas comparativas, puede lograr. La meta es clara en fútbol: hacer goles y ganar partidos. Fijemos nuestra meta como país y avancemos en esa dirección. Que tomen nota nuestros políticos. Que tomemos nota todos.

jueves, octubre 06, 2005

El futuro con linterna

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO – Guayaquil, Ecuador

Al paso que vamos, en poco tiempo escribiré esta columna con pluma y papel. Otra vez nos amenazan los apagones. Adiós a las computadoras, el e-mail, el fax. En la era de la tecnología, la globalización, la electrónica y la información volando a toda velocidad, los ecuatorianos estamos a punto de volver a los chasquis. La falta de planificación de nuestros gobiernos nos sumerge en lo más profundo del fango tercermundista. Hablamos de competitividad, libre comercio, reactivación y dudamos si podremos encender nuestras computadoras y hacer andar nuestras fábricas.

¿Quién responde por la falta de planificación? ¿Quién nos paga las pérdidas? ¿A quién le cobra el pobre ciudadano por su refrigeradora quemada por los cambios de voltaje? ¿Quién le paga a las empresas las horas perdidas con maquinaria apagada? Nadie responde. Silencio en la capital. Los culpables se esconden en las esquinas de nuestra oscura historia política. A cambio nos ofrecen multas si no ahorramos electricidad.

Gobierno tras gobierno se han lanzado la pelotita del futuro para concentrarse en lo inmediato. Nadie analiza las acciones que se deben tomar para el país del 2010, 2015, 2020. Nuestros gobiernos se concentran en sobrevivir. Como alcohólicos en recuperación, solo piensan en el día a día. Hoy no tomaré un trago. Hoy no me echarán del poder. En mañana y pasado mañana que piensen otros. Es cierto que no podemos echarle la culpa a los actuales gobernantes y políticos por la crisis energética (aunque algunos de ellos sí son parte de las decisiones que no se tomaron en un pasado), pero sí debemos exigirles que no cometan los mismos errores.

Vamos todos a ahorrar electricidad como nos piden porque no queremos apagones, porque no queremos pérdidas, porque queremos salir de esta crisis y porque no queremos que nos multen. Por lo pronto podemos apagar la televisión y en lugar de envenenarnos con la crónica roja y programas que dan vergüenza ajena, podemos leer un libro o simplemente conversar. Pero el asunto no puede quedarse ahí. Este Gobierno debe diseñar y mostrarnos el mapa para un Ecuador con energía.

El Congreso ya puede hacer lo suyo apoyando el proyecto para crear incentivos tributarios, que atraería a empresas extranjeras a invertir en el sector eléctrico. Y este Gobierno tiene la oportunidad de convertirse en el Gobierno de la energía ejecutando los proyectos que otros han postergado año tras año, invirtiendo en el Ecuador de los próximos años y no de la próxima encuesta de popularidad.

Pero estoy soñando. Este Gobierno de paso, al igual que los anteriores, se concentrará en sobrevivir, en caerle bien a los grupos de poder, en desfilar por conferencias y asambleas internacionales, en esperar a que venga el siguiente. No hará nada por nuestro futuro. Dejará a un lado los proyectos eléctricos, la educación, la salud y todo aquello que no ofrezca resultados inmediatos. Se irá Palacio sin pena ni gloria logrando su objetivo: sobrevivir en el poder. Que del mañana se encargue el siguiente gobierno. Y el siguiente y el siguiente.

Ojalá esté equivocado. Que este Gobierno nos sorprenda. Que las acciones de hoy enciendan las luces y las máquinas del Ecuador del 2010. Por lo pronto voy comprando velas y linternas para iluminar los oscuros días que nos esperan.

jueves, septiembre 29, 2005

En el país del diez por ciento

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

O quince, o veinte, o más. Tanto para ti, tanto para mí. Los dos contentos. Solo pierde el país. Perdemos todos.

Supuestamente la vida política es mal pagada. Pero yo no veo a nuestros políticos en apuros económicos. Entran con sus ternos gastados y salen relucientes con corbatas italianas mientras un brillante Rolex reemplaza al viejo Citizen. Veo a mis políticos con sus casas con piscina, sus carros alemanes y sus comodidades, hablar de honestidad, de combatir la corrupción y tanta cosa más. Y me pregunto si hemos llegado a tal punto de amoralidad que entre políticos ya no se considera corrupción el recibir un porcentaje del valor del contrato de una obra, o el ser accionista de una empresa constructora que, oh sorpresa, gana todos los contratos públicos, o el utilizar sus influencias políticas a favor de sus empresas y las de sus amigos.

En el país del diez o más por ciento cada obra pública tiene su precio político, sus sobornos, sus favores y todo depende del “cuánto hay”. Los negocios importantes están reservados para los aliados del partido. Los cercanos al poder hacen accionistas a sus amigos políticos y juntos ven sus cuentas llenarse de ceros. El apoyo para la construcción de una obra requiere contratar los servicios de la empresa de tal o cual político. En el país del diez por ciento hemos caído tan bajo que consideramos un buen funcionario a aquel que “aunque robe y tenga sus negociados haga bien las cosas”.

No es sencillo combatir la corrupción del diez por ciento. No es tan descarada como llevarse fundas de fondos de gastos reservados. Se esconde detrás de un manto inofensivo. Si las obras se construyen y la gente está contenta, ¿qué tiene de malo que yo me lleve mi partecita?, dirá nuestro político. Hay otros que no hacen nada y se lo llevan todo, yo en cambio hago bien las cosas, y solo recibo lo que merezco por mi trabajo, continuará nuestro humilde funcionario. Y claro, cuando acudimos a votar, nos vamos por el del diez por ciento que sí trabaja, antes que por el santo que se deja ver la cara.

Los bajos sueldos del sector público siempre son una excusa para la corrupción. Hay quienes justifican las coimas que piden los vigilantes de la Comisión de Tránsito diciendo que necesitan redondearse sus pobres sueldos. Lo mismo dirán nuestros humildes diputados, alcaldes, prefectos y ministros. Nos pagan tan poco que debemos completarnos el sueldo a base de influencias, privilegios y veinte por ciento.

Un reciente artículo de Thomas Friedman en el New York Times comenta cómo en Singapur los altos sueldos que se pagan a los funcionarios públicos permiten tener a las mejores personas en el gobierno. Si bien en nuestro país mucha gente preparada y honesta no está dispuesta a trabajar en el sector público por los malos sueldos, dudo que sueldos competitivos sean la solución para deshacernos de tanta corrupción. Las raíces son más profundas.

Mientras aceptemos con nuestro silencio y nuestro voto la cultura del tanto por ciento, nuestros políticos se seguirán enriqueciendo con total tranquilidad. Y tristemente, cada día más personas dirán que “no tiene nada de malo, si todo el mundo lo hace”.

jueves, septiembre 22, 2005

¿Malos vecinos, nosotros?

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Con justa razón, la revista colombiana Semana se acaba de referir a los ecuatorianos como “malos vecinos”. El artículo dice que “no pocos ciudadanos colombianos asentados en el vecino país –desde refugiados y obreros, hasta altos ejecutivos, empresarios e inversionistas– sostienen que ha comenzado a desatarse cierta ola xenófoba”.

Nos caen muy bien los colombianos mientras nos hagan bailar con su música, dirijan a nuestros futbolistas para clasificar al mundial y nos entretengan con sus telenovelas. Pero cuando vienen a competir en nuestro suelo, nos picamos y les cerramos las puertas. Las modelos locales gritan foul ante las modelos colombianas que nos invaden con su metro ochenta de curvas y simpatía. Nuestros profesionales viven la “injusticia” de perder puestos de trabajo ante profesionales colombianos con maestrías que cobran más barato. Y nuestros pobres vendedores son relegados en sus funciones por vendedores del país vecino, que saben vender arena en el desierto con una sonrisa. Ahí se acaba el baile con Carlos Vives y las alabanzas al Bolillo y Suárez. Y cómplicemente empujamos a las autoridades para que devuelvan a su tierra a estos colombianos guerrilleros.

A base de una buena preparación, educación y alimentación (porque definitivamente algo extra comen esas modelos colombianas) nuestros vecinos del norte nos están ganando puestos en nuestro propio terreno. Y claro, ante tal abuso, nuestras siempre competentes autoridades han propuesto medidas como la de pedirles visa o perseguirlos como criminales. Con la excusa de que muchos “indeseables” vienen del norte a cometer asaltos, actos guerrilleros y otros crímenes, metemos a todos en el mismo costal, y así nos libramos tanto del criminal como del panadero colombiano de la esquina que le quita trabajo al panadero local. ¡Que viva la integración andina! ¡Arriba la hermandad latinoamericana! ¡Negociemos juntos el TLC! Pero todo de lejitos nomás.

Practicamos un doble discurso. Nos quejamos y denunciamos el mal trato, abusos y dificultades que deben soportar nuestros emigrantes en Estados Unidos y Europa. Pero resulta que a la hora de recibir extranjeros somos iguales o peores que aquellos a quienes denunciamos. En lugar de recibir a nuestros vecinos con brazos abiertos y sentirnos orgullosos de que otros dejen sus países para venir al nuestro, se nos suben los humos y les cerramos las puertas.

Nuestras flaquezas no se superan evitando la competencia. Si no nos gusta que nos ganen en nuestro propio terreno, entonces estudiemos y preparémonos bien. Invirtamos más, mucho más, en nuestra educación y capacitación. En lugar de quejarnos y discriminar a los inmigrantes, sepamos competir o unirnos a ellos. Obviamente no todos los colombianos en Ecuador son unos santos. Como no todos los ecuatorianos en Madrid o Nueva York lo son. Pero no podemos justificar la discriminación y xenofobia contra todos nuestros vecinos solo porque unos cuantos anden en cosas chuecas.

Aprendamos de las fortalezas del vecino y enseñémosles las nuestras. Tenemos muchas cosas buenas en nuestro país, que van más allá del dólar, que hacen venir a colombianos y peruanos. Tenemos mucho que aprender los unos de los otros, pero estamos desaprovechando la oportunidad entre ridiculeces, prejuicios y nacionalismos.

Nos encanta hablar de una Latinoamérica fuerte y unida. Empecemos por recibir bien a nuestros vecinos. Si no somos capaces de eso, Latinoamérica es solo un sueño.

jueves, septiembre 15, 2005

Se busca líder

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Antes, hace unos diez años, estábamos más tranquilos con el país. Teníamos problemas, deudas, huelgas y corrupción como hoy. Pero, con todas las dificultades, poníamos más confianza y esperanzas en nuestros gobiernos.

Hasta hace diez años, nuestros presidentes no tenían que hacer maletas para huir del país. Bien o mal hicieron respetar la figura de la presidencia. Bien o mal sus ministros y funcionarios duraban más de tres meses.

Con la caída de Abdalá, la aparente estabilidad empezó a derrumbarse. Y cayeron también nuestra confianza en el país y nuestras ganas de quedarnos. Hoy, investigamos con lupa en las ramas de nuestro árbol genealógico, para ver si nos llega, aunque sea de chanfle, suficiente sangre española, italiana o la que sea que nos permita alcanzar un pasaporte europeo. Hoy, jugamos a la ruleta rusa huyendo en barcos con destinos inciertos. Solo ayer, llenamos los vuelos a Madrid mientras las puertas de Europa estuvieron abiertas. Los sueños del joven bachiller apuntan lejos de nuestras fronteras.

En este país del que todos huyen, sin Corte Suprema, con un Congreso que da pena y un Ejecutivo sin personalidad, buscamos de urgencia un nuevo líder. En un país de bases débiles como el nuestro, los líderes hacen las instituciones. Se busca un líder que fortalezca estas instituciones, o lo que queda de ellas. Un líder con visión a largo plazo. Un líder que enfoque sus esfuerzos en el país del futuro, antes que en las encuestas de popularidad de la semana. ¿Es mucho pedir? Hoy por hoy, parece que sí.

Ninguno de los candidatos y posibles candidatos presidenciales inspiran ese sentido de liderazgo y visión a largo plazo. Ante la amenaza de apagones, vemos los problemas y las pérdidas que una falta de planificación y visión puede causar. Ante el endeudamiento que nos impone un presupuesto que prefiere aflojar el cinturón del Estado antes que ponerlo a adelgazar, vemos cómo desaprovechamos el alto precio del petróleo con una postura clientelista en lugar de una visión de producción y desarrollo. Queremos ese líder visionario con un plan bajo el brazo, no un improvisador. Un líder con la inteligencia y el carisma que nos motive a poner el hombro por el país.

Buscamos de urgencia este nuevo líder. Pero vivimos el dilema del partido político contra el individuo. Nuestra desconfianza total en los partidos nos impide creer que pueda salir de ellos un verdadero líder, que no tenga que responder directamente a los intereses –personales y no ideológicos– de los partidos. Por otro lado, sabemos que un líder independiente por muy bueno que sea, no podrá gobernar sin el apoyo de los partidos políticos. Necesitamos entonces el punto medio: ese líder independiente que sepa gobernar junto pero no revuelto con los partidos.

Mientras tanto, ¿qué podría hacer Palacio? Comportarse como un líder, aunque tenga que fingirlo y gobernar para facilitar el trabajo del próximo presidente. Tomar las decisiones difíciles, que busquen cambios a largo plazo y no los aplausos inmediatos de burócratas y arrimados. Tristemente, hasta ahora, no hemos visto nada de eso.

Se busca un nuevo líder. Si alguien lo conoce que lo presente. Si eres tú, acepta el reto. Falta menos de lo que pensamos para las elecciones, y si no llega el líder que buscamos, ya sabemos quién nos espera agitando sus brazos.

jueves, septiembre 08, 2005

A la cola

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Empezó la repartición de los fondos de reserva, y con ella las colas, los empujones y la aplastadera tras una ventanilla. Al igual que tantas veces, se necesita fuerza, resistencia y paciencia para recibir un servicio del Estado. Hoy es la cola por los fondos de reserva, mañana la de la jubilación, todos los días la de la cédula. Los eternos himnos de la incompetencia del sector público: no hay sistema, se acabó el material, vuelva mañana o en cinco días, se escuchan en interminables filas y trámites que el subdesarrollo nos obliga a hacer.

El subdesarrollo de un país se puede medir por la cantidad de papeleos, trámites y el largo de las filas en entes públicos. El Tercer Mundo se aplasta, empuja y burla el sueño toda la noche haciendo colas interminables en las veredas para recibir del Estado lo que le pertenece. Las colas del primer mundo, en cambio, esperan el estreno de La Guerra de las Galaxias o el lanzamiento del nuevo tomo de Harry Potter.

Pero no todo es culpa de nuestros ineficientes entes estatales que se niegan a modernizar o pasar al sector privado. La culpa la tenemos también quienes hacemos la cola, o nos negamos a hacerla. Recuerdo el bar de mi colegio. Para comprar necesitábamos alguna estrategia que permitiera evadir la masa de estudiantes gritándole a la madrina. Imperaba la ley del más fuerte, la del brazo más largo o la del que recurría a los estudiantes tramitadores, que sentados en el mesón del bar agilitaban la compra a cambio de quedarse con el vuelto. Así nos formamos y así continuamos, entre empujones y la ley del más sabido, como si aquí no pasó nada.

Debemos aplaudir a instituciones como el SRI que han implementado un sistema organizado en donde uno espera su turno sentado y tranquilo con numerito en mano. Esto demuestra que se puede cambiar y organizar los servicios. De igual forma, gracias al uso de la internet para realizar trámites, entidades públicas y privadas nos evitan largas filas y facilitan la vida. Pero la gran mayoría de ecuatorianos no tiene una computadora en su casa. Deben seguir de cola en cola, de empujón en empujón, de abuso en abuso.

No podemos pasar por alto las largas filas, empujones y reclamos en nuestras instituciones públicas, sobre todo nuestro Seguro Social. No podemos acostumbrarnos a ellas y aceptarlas como lo normal. Estas colas van más allá de la espera, los empellones, la pérdida de tiempo productivo y la incomodidad. Estas colas hablan de ineficiencia e indiferencia de las instituciones públicas. Hablan del quemeimportismo de quien no tiene competencia y no teme perder sus clientes. Hablan de corrupción, pipones y nepotismo. Hablan de un Estado que continúa interviniendo en sectores que deben estar en manos privadas. Hablan de falta de cultura de quienes hacemos la cola. Hablan de una mentalidad que se niega a cambiar.

Lastimosamente es difícil poner a competir a las instituciones públicas para que nos den un mejor servicio. Pero sí podemos reclamar. Sí podemos apoyar las iniciativas que busquen su privatización o su administración privada, en lugar de seguir creyéndole a cada candidato que defiende los empujones y colas del IESS como nuestro derecho natural. Solo así escucharemos menos el coro de “no hay material, no hay sistema” y la próxima cola la haremos sentados y en aire acondicionado.

jueves, septiembre 01, 2005

Nuestros Katrinas

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

El huracán Katrina arrasó con las calles de Nueva Orleans. Katrina no perdonó. Suerte que los gringos tienen los medios para recuperarse, y antes que nos demos cuenta volverá la diversión, el jazz, y más camisetas levantándose a cambio de pepitas de colores en el Mardi Grass de Bourbon Street. Estados Unidos vive una tragedia de la que podemos estar seguros se recuperará con trabajo, esfuerzo y dinero.

Cuando vemos de lejos desgracias como estas nos preguntamos entre aliviados y asustados, ¿y si esto sucediera en nuestro país? ¿Resistirían nuestras ciudades, nuestra economía y sobre todo nuestro comportamiento ciudadano a un huracán Katrina? Escenas de caos total pasan por mi cabeza. Mejor no imaginarlo.

Somos muy afortunados y muy mal llevados. Aquí podemos relajarnos con los climas más predecibles del mundo. Sabemos con bastante exactitud en qué época lloverá o estará seco. Ni huracanes, ni ciclones, ni terremotos nos quitan el sueño.
No tenemos inviernos que nos congelen los huesos y cubran de nieve y lodo nuestras carreteras. Ni veranos ardientes que sofoquen a nuestros ancianos. Por ahí pasan algunos temblores que han causado daño. Pero nada más. Vivimos en paz con la naturaleza.

Nuestro problema está en que a falta de Katrinas reales, creamos nuestros propios Katrinas. Ahí va con fuerza el Katrina político que ha devastado el país en estos veinticinco años. No necesitamos desastres naturales para crear caos. Nuestros gobiernos se las han arreglado para destruirnos entre incompetencia, corrupción y hostilidad.

Ahí arrasa el Katrina educativo, negando el conocimiento y la capacidad para pensar a miles de ecuatorianos que buscarán su suerte en el siguiente barco a Guatemala. El huracán MPD-UNE pasa arruinando a nuestra niñez y juventud con ganas de aprender. Y en lugar de enfrentar y reparar los destrozos de este huracán, el Ministerio lo ignora y evade proponiendo ridiculeces.

Y ahí nos cae encima el Katrina centralista, frenando el progreso y destruyendo ciudades y regiones con su egoísmo y visión cuadrada. El Katrina centralista toma fuerza gracias a un estado obeso que se niega a hacer dieta y gobiernos de turno sin personalidad que se evitan la fatiga de molestar a sus amigos ministeriales, uniformados y petroleros.

Estos huracanes, a diferencia de Katrina que llegó, atacó y se fue, nos golpean día a día. No tienen planes de irse. Se han quedado para arruinarnos constantemente impidiendo nuestra educación, nuestro progreso, nuestra independencia.

¿Llegará el día en que apreciemos la tierra en la que vivimos y decidamos aprovecharla, trabajarla y sacarla adelante? Como explicaba en una conferencia el economista Jeffrey Sachs, la presencia del invierno frío y blanco en el Hemisferio Norte contribuyó a su progreso. Los habitantes de estas zonas con cambios climáticos drásticos trabajaban duro antes de la llegada del invierno, preparándose para no pasar hambre ni frío. En los países cálidos en cambio, no había de qué preocuparse. La tierra y el buen clima proveían todo lo que uno necesitaba. Con trabajar el mínimo necesario se estaba bien.

¿Será que nos vendría bien un Katrina que nos abra los ojos y nos ponga a trabajar unidos? Esperemos que no. Pero como van las cosas, nuestros propios huracanes no le dejarían mucho para destruir al huracán real. Ya hemos sufrido suficiente destrucción. Mientras no acabemos con nuestros huracanes no podremos empezar la reconstrucción.

jueves, agosto 25, 2005

Con el Che en la camiseta

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Salen barcos llenos de esperanzas sorteando peligros en el mar. El hambre, el sacrificio y los riesgos del viaje, todo se aguanta ante la ilusión de alcanzar el sueño americano. Los sueños del joven azuayo no están en las calles de Cuenca sino en la avenida Roosevelt de Queens. La libertad, progreso y oportunidades en Estados Unidos atraen como un imán y no dan descanso a coyotes, aerolíneas y consulados. Una greencard vale más que cualquier tarjeta ilimitada. Pero mientras todo esto pasa, el gobierno gringo crea rechazo y Hugo y Fidel ganan adeptos.

Extraña paradoja. Latinoamérica emigra donde el Tío Sam vistiendo la camiseta del Che. Latinoamérica huye a Estados Unidos, pero alaba a Cuba y Venezuela. No veo barcos navegando a La Habana con emigrantes apretados en su interior. No veo aviones volando a Caracas con pasajeros que piensan quedarse. Sin embargo, cada día suenan más las voces a favor de Chávez. Y se escucha nuevamente la eterna cantaleta de que en Cuba nadie tiene hambre y todos gozan de buena educación y salud.

Fidel y Hugo saben vender sueños empaquetados en imágenes y discursos. Con demostraciones como la del “ejército de batas blancas” Latinoamérica les cree y empieza a hablar del éxito de Venezuela y el paraíso que es Cuba. Las pobres realidades de esos países no importan cuando sus discursos y sus actos transmiten esperanza a un pueblo desesperado. Hugo y Fidel serían recibidos hoy entre vivas y banderines. Pero claro, el próximo barco a Cuba saldrá vacío.

Bush Jr. y el gobierno gringo, en cambio, pierden la oportunidad de hacerse querer y avergüenzan al mundo. Su guerra en Iraq cada día apesta más a injusticia y muerte. Su doble discurso alaba el TLC y la integración para luego poner trabas a cualquiera que afecte a sus grupillos protegidos. Su arrogante y cuadrado ultraconservadurismo pretende evangelizar al mundo con una sola verdad, la verdad gringa. La positiva realidad de Estados Unidos pasa a segundo plano ante tanta noticia negativa que nos envían. Bush sería recibido hoy entre yucas y pifias. Pero claro, el próximo barco a Guatemala con destino final a Estados Unidos irá lleno a reventar.

Bush está perdiendo a sus aliados del sur por sus propios errores y arrogancia. Los gringos tienen argumentos y realidades de sobra para que Latinoamérica se convierta en su mejor aliado. Su tradición democrática, seguridad jurídica, oportunidades, igualdad de derechos, libertad de expresión, apoyo a la empresa privada, educación para todos, entre muchísimas virtudes más, son un ejemplo para Latinoamérica. Sin embargo, Bush no nos extiende la mano mientras Chávez nos abre los brazos. Latinoamérica encuentra aliados en quienes se ofrecen serlo. Y en Estados Unidos nadie contesta a la puerta.

Los barcos no van a la Habana ni a Caracas. Van a New York, a Miami, a Madrid, a Londres. Van a países donde las leyes permiten trabajar, hacer dinero y crear empleo. Pero la imaginación de Latinoamérica no sigue a los barcos, sigue discursos y sueños de uniforme y boina. Si Estados Unidos quiere que miremos arriba del Caribe que nos manden una señal. Que demuestren no en palabras sino en hechos que les importamos. De lo contrario Estados Unidos seguirá ganando inmigrantes y perdiendo aliados.

jueves, agosto 18, 2005

¿Tendrá razón el gringo?

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Un amigo gringo me contaba que había sentido una fuerte dosis de racismo y discriminación en su visita al Ecuador. No el tipo de discriminación que vivió su país, cuando los negros debían ocupar los asientos traseros de los buses; sino esa discriminación silenciosa presente en nuestra sociedad latinoamericana, donde el puesto que en ella ocupamos parece predeterminado por nuestros rasgos físicos y color de piel.

Le impactaba a mi amigo ver esta segregación natural entre razas. Como si unos estuvieran destinados a servir, mientras otros gozaran eternamente el placer de ser atendidos. Para él, es común ver en su país a personas pobres de distintas razas y orígenes superarse y que sus hijos se eduquen y logren una buena situación económica. Acá eso no sucede. La raza parece dictar que el que nace pobre muera pobre.

Le expliqué a mi amigo gringo que el racismo o discriminación que él cree ver no es sino una realidad social producto de la gran brecha entre ricos y pobres y de una condición que permanece desde tiempos de la Colonia. No es que se discrimine a quien realiza trabajos mal pagados, simplemente cada persona trabaja según su formación y habilidades.

El gringo aceptó la explicación, pero yo me quedé pensando. Si bien no creo que se discrimine a quien trabaja limpiando baños, la pregunta es si queremos que las cosas cambien y llegue el día que, como en los países desarrollados, se acabe el servicio doméstico o la mano de obra baratos. ¿O será que preferimos que todo siga igual, continuando con los privilegios del Tercer Mundo?

Puede que esto no sea discriminación, pero sí, en muchos casos, indiferencia y hasta complacencia por nuestra realidad social. Muchos disfrutan de las comodidades que trae la existencia de una gran población pobre con poca educación. Y no quieren que eso cambie.

Nuestra pésima educación pública es sin duda la gran culpable de este estancamiento que sufren los pobres. Sin educación no se avanza y la brecha entre pobres y ricos solo se agranda, perpetuándose esta división que mi amigo gringo ve como discriminación. Pero más allá de la falta de oportunidades, producto de una mala educación y descuido de nuestros gobiernos, la culpa es también de quien disfruta el subdesarrollo y el statu quo y no promueve un cambio.

Latinoamérica se seguirá blanqueando la piel y aclarando el pelo para ser aceptada mientras no exista un cambio de actitud, miremos más allá de los rasgos físicos y color de piel, y aspiremos a ver sentado en el puesto de gerente de una compañía a quien nació pobre y con la piel oscura. Mi amigo gringo tenía algo de razón. Nos hemos acostumbrado a la situación. El jefe quiere que el país progrese, pero que a su empleada tan eficiente no se le ocurra estudiar mucho para luego avanzar a un puesto mejor, que continúe en la cocina sirviéndolo. Queremos que el país progrese, pero que no nos quiten las comodidades del Tercer Mundo.

Que la raza predetermine el lugar que uno ocupa en una sociedad nunca debe ser lo normal. Mi amigo gringo dejará de sentir discriminación en nuestra sociedad el día que realmente luchemos para que esto cambie. El día que soñemos y trabajemos por un país en el que sea demasiado caro tener una empleada en casa.

jueves, agosto 11, 2005

Saber jubilarse

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Nuestros políticos tienen un problema: no saben jubilarse. Se creen indispensables para el pueblo que alguna vez los siguió y hasta idolatró entre barras, multitudes y triunfos electorales. Se aferran a sus partidos y al poder. No entienden que su eterna presencia ya no ayuda a nadie, que no son imprescindibles.

No solo en Ecuador, en toda Latinoamérica nuestros políticos han sufrido en estos últimos años de estos aires de grandeza. Ex presidentes se niegan a dejar el poder y han vuelto una y otra vez a la contienda electoral, empeñados en continuar dirigiendo el destino de sus partidos y países. En Perú, Bolivia y Ecuador los hemos visto ir y venir sin fin. Los mismos rostros de siempre que se niegan a ceder posiciones en sus partidos y a aceptar que su turno ha pasado.

Sería bueno que nuestros eternos políticos aprendieran de los presidentes gringos. Llegan a la Casa Blanca, hacen lo que tienen que hacer, a veces bien y a veces mal, y cuando llega el día de partir, hacen sus maletas y se van. Saben jubilarse de la vida política. Por tradición dan paso a la siguiente generación de políticos.

En Latinoamérica la tradición política parece dictar lo contrario. Que no se le ocurra a ningún nuevo líder ocupar mi lugar. En este país y en este partido mando yo y mandaré hasta mi muerte. Como antiguos dictadores ejercen el poder que su nombre les da y evitan que sus partidos crezcan y evolucionen. Al final, solo le hacen daño al país que dicen querer y defender. Y dejan huérfanas de nuevos líderes a las siguientes generaciones.

En nuestro país, lo normal sería que con el éxito de varios gobiernos locales, miles de jóvenes serios y preparados corran a enlistarse en las filas de los partidos políticos responsables de este éxito. Sin embargo, no veo ninguna cola en las afueras de las sedes de los partidos. Desconfiamos de los partidos políticos. En el Congreso los partidos hacen desaparecer cualquier orgullo que sentimos a nivel municipal. Mientras los mismos de siempre sigan a la cabeza, los jóvenes no se sentirán atraídos a los partidos. No ven cambio. No ven futuro.

La pasión por el poder de unos cuantos está matando a nuestros partidos latinoamericanos. Estas entidades que pudieron ser la base y el soporte de nuestra democracia son en cambio las trincheras de dirigentes vitalicios que se niegan a jubilar. Jóvenes serios, trabajadores y comprometidos con el país no se sienten representados, y prefieren mantenerse al margen de la política antes que tratar con los jefes políticos de siempre. Si bien algunos de estos eternos políticos se han jubilado finalmente, o dicen haberlo hecho, les tomó demasiado tiempo. Intentaron regresar al poder más de una vez, evitaron formar a nuevos líderes, y sus partidos quedaron con terribles vacíos.

Que llegue pronto el día en que se jubilen los eternos políticos latinoamericanos y empiece el cambio. Que no sigan sofocando a sus partidos y a sus países. Que se vayan a descansar. Que entiendan que sus países estarían mejor con su retiro. Que abran nuevos espacios. Perdieron la oportunidad de formar nuevos líderes que tomen la posta. Ahora lo mejor que pueden hacer por sus partidos y sus países es hacerse a un lado.

jueves, agosto 04, 2005

La camiseta

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Que me ponga la camiseta me pide el Presidente. Yo me la pongo feliz de la vida, pero primero que me explique nuestro médico en Carondelet qué camiseta me debo poner. La camiseta del país, la del orgullo nacional, me responderán en el Gobierno. La camiseta del cambio, de la nueva república, la nueva patria, me dirán. Yo sigo buscando este nuevo país, este cambio y todavía no lo encuentro.

El Presidente celebra sus 100 días, famoso numerito que sirve como plazo para pedirle primeras acciones y resultados. Y aunque aquella frasecita de “refundar la patria” siempre resultó difícil de creer y sonó más a grito desesperado para ganarse el cariño y evitar las pedradas de los forajidos, su sentido prometía algún cambio que seguimos esperando. Cien días son pocos para cambiar el país, pero son suficientes para indicarnos un norte.

Hoy tenemos la sensación de que avanzamos por inercia, donde nos lleve la corriente. La ausencia de noticias suele ser una buena noticia. Lucio se las arreglaba para estar en primera plana a cada rato y en la caricatura de aquí arriba con frecuencia. Incluso en estos días sigue tomando, o mejor dicho le siguen regalando, espacio en los noticiarios para continuar avergonzándonos. Nuestro nuevo Presidente, en cambio, se las ha arreglado para que los caricaturistas y los noticieros hasta cierto punto lo ignoren. ¿Es buena noticia esta falta de noticias? Este Gobierno no despierta mayores pasiones. No tenemos ni piedras ni flores en la mano para echarle al Presidente.

Entonces, volviendo a la camiseta, yo antes de ponérmela y saber si me aprieta o me queda floja, o si viene bien cosida, o con una manga más larga que la otra, necesito ver a mi Presidente ponérsela. Necesito que me muestre los colores y medidas exactas de su camiseta. Tengo una idea general de la talla de la camiseta en lo que a política exterior se refiere. También me han mostrado el color de la camiseta nacional en el área de economía, que aunque sea con tonos rojos como la boina de Chávez, al menos es un color definido que nos indica una intención. Del resto no estoy seguro. Ahí la camiseta pierde su forma y se convierte en un trapo descolorido. Ojalá que no nos sorprendan con una camisa negra como la de Juanes.

Si quieren que nos pongamos la camiseta, que nos la muestren primero. Que nos indiquen hacia dónde vamos. La camiseta celeste y blanco nos la ponemos sin problema. Sabemos y conocemos las medidas y colores de la camiseta municipal. Hay un norte, un plan, un camino recorrido y por recorrer en la ciudad. Pero la camiseta nacional que Palacio me invita a usar, todavía no la tengo clara. Solo sé que no es tan fea, desteñida, sucia y con huecos como la que Lucio dejó tirada en el piso nacional. Han recogido esa camiseta, echado en la lavadora y ha salido más limpia. Qué tanto más limpia, aún no sabemos.

Nos pondremos la camiseta del país con ganas, con orgullo y con esperanza cuando nos muestren su diseño correcto, o al menos un diseño. Cuando nos presenten un camino y un norte por el cual vestir los colores de este Gobierno. Mientras tanto, será difícil comprarle la campaña al Presidente.

jueves, julio 28, 2005

Peor que Ben Laden

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Estos días de terribles ataques terroristas en Londres y Egipto he recordado el 11 septiembre del 2001. Iniciaba mis estudios y mi vida en Nueva York mientras dos aviones horrorizaban la que sería mi ciudad durante tres años. Pero esa noche, a pesar de la tensión general, regresé de la Universidad caminando seguro por las calles de Manhattan. No había nada que temer. Estaba en una ciudad segura. El enemigo no era neoyorquino. El enemigo venía de afuera.

Acá, en cambio, el enemigo está adentro. No es extranjero. Los guardias armados en cada esquina de la ciudad nos recuerdan que no estamos en Nueva York ni Londres, donde el terror llegó en aviones y bombas terroristas. Nuestro miedo está aquí entre nosotros, en el joven desempleado que apenas estudió hasta cuarto grado y decide robar, y llega a matar. Está en la ignorancia que un sistema educativo decadente siembre en nuestros niños y que fácilmente se transforma en violencia.

Nuestro alcalde nos enorgullece con la gran obra que realiza por Guayaquil. Varias páginas que los diarios dedicaron a la ciudad muestran el buen momento que vivimos. Es difícil no emocionarse y llenarse de orgullo ante tantas mejoras. Pero, cada robo y cada asesinato nos recuerdan que no estamos a salvo. Queremos a nuestra ciudad, sus calles, sus parques, pero a la primera oportunidad huimos de esas calles para aislar a nuestra familia tras murallas, garitas y guardias armados.

Todos sabemos, al igual que el alcalde, que un millón de guardias y policías no son la solución. Todos sabemos que solo con una ciudad educada acabaremos la violencia. El Municipio ha iniciado importantes programas educativos. De igual manera, varias fundaciones trabajan a diario por la educación de los más pobres. Pero, todo esto es solo relleno. Existe una sola gran solución en manos del Municipio: asumir de una vez por todas la competencia de la educación.

Que hacerse cargo de la educación es muy difícil. Es verdad. Pero Guayaquil ha logrado cosas que parecían imposibles. Que la educación es asunto del Estado. Es verdad. Pero otros asuntos tradicionalmente del Estado han pasado a manos del Municipio. Que el alcalde no puede echarse encima un problema tan grande sin los fondos correspondientes. Es verdad. Ahí está el gran reto.

Es el momento para caminar hacia una autonomía en la educación. Guayaquil apoyará al alcalde hasta el final. Pondremos el pecho para detener las piedras de ignorancia y retraso que lancen la UNE y los centralistas de siempre. Apoyaremos las iniciativas para conseguir los fondos necesarios. Preferimos un niño en su pupitre que cinco guardias con las mejores armas.

Guayaquil seguramente no está en la lista de Ben Laden. Pero un terrorista no puede hacernos más daño del que nosotros mismos nos hacemos. Nuestra ignorancia es peor y genera más violencia que cien Ben Laden. Mientras sigamos escondiéndonos tras guardias y garitas no estaremos tranquilos. Solo educando a los niños y jóvenes de nuestra ciudad lograremos su transformación completa y su verdadera paz.

Nuestro alcalde ya tiene asegurado su nombre en los libros de historia. Pero puede llevarnos mucho más lejos si da este gran paso. Que el Municipio y los guayaquileños asumamos el reto. Que empiece la era de la educación desde Guayaquil para Guayaquil.

jueves, julio 21, 2005

Yo me quedo en Guayaquil

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Con tus veranos calientes, tus inviernos ardientes. Con tu pana, tu ñaño, tu brother, tu man. Tu español sabroso que suena a jotas y nunca a eses. Con tus negros, tus indios, tus mestizos, tus blancos. Con tus rubias oxigenadas, tus flacas operadas, tus escotes al sol. Con tu ropa última moda, tu peinilla en el bolsillo, tu vacile a la pelada, tu caminar de bacán. Con tus sábados chuchaquis; tus domingos de iglesia, fútbol, siesta. Con tus busetas al vuelo, tu “no pase”, tu “pite y pase”. Tus conductores sabidos, tus vigilantes más sabidos. Con todo y a pesar de todo no dejamos de venir y caminamos orgullosos por las calles de Guayaquil.

Con tus abuelos de guayabera en tus parques y tus mall. Con tus mujeres que caminan con mirada decidida, ignorando los silbidos y el grito de mamashita. Con tus malabaristas, tus limpia-parabrisas, tu niño robot, tus vendedores de lo que sea en cada semáforo. Con tu grito amarillo en el Monumental, tu gol de cabeza en el Capwell, tu match point en la arcilla. Con tus iguanas en el parque, tus perros sin dueño, tus nubes de grillos en invierno. Con tu Guayas inmenso, tu Malecón tan moderno, tu Rotonda, tu reloj siempre en hora. Que despeguen vacíos los aviones a Madrid, que no nos movemos de Guayaquil.

Con tus sinvergüenzas de corbata, tus banqueros en fuga, tus asaltos express. Tu Elsa, tu Abdalá, tus pipones, tu PRE. Con tus autos suicidas, tus peatones toreros, tu tráfico a las seis. Tus vecinas chismosas, tu botox, tu comidilla social. Con tus evangelistas, tus católicos, tus mormones. Con tus vírgenes en altares, tus santos en el taxi, tus “Cristo te ama” en todas partes. Tus fanatismos, tus supersticiones, tu brujería. Con ellos y a pesar de ellos se está muy bien aquí, mientras damos un paseo por Guayaquil.

Con tu arroz con menestra, tu encebollado, tu quáker, tu cebiche, tu bolón. Tu Chifa, tu shawarma, tu hamburguesa en el Chino, tu empanada. Con tu biela, tu Trópico, tu whisky, tu ron. Tus lagarteros de madrugada, tu merengue bien agarrado, tu reggeaton en minifalda, tu pasillo desgarrador. Con tu Urdesa, tu Bastión, tu Santa Ana. Tu Guasmo, tu Centro, tu Centenario, tu Alborada. Tu norte, tu sur, tus esteros, tus ríos, tus cerros. Sírvete un trago, hermano, y súbele la música a mil, que esta noche nos la pegamos por Guayaquil.

Con tus empresas siempre despiertas, tus comerciantes, tus fábricas, tus obreros, tus oficinas, tu dinero, tu motor. Con tu rechazo a los impuestos, tu sospecha del político, tus pedradas al centralismo. Tus Juntas Cívica y de Beneficencia, tus cámaras, tus voluntarias, tu dar y tu ayudar. Madrugamos al trabajo y empezamos a competir; hacemos empresa, futuro y patria en Guayaquil.

Con tu sillón de Olmedo, tu Municipio, tu León, tu Nebot. Tu 25 de Julio, tu 9 de Octubre. Con tu saludemos gozosos, tu madera de guerrero, tu aurora gloriosa, tu perla que surgiste. Con tu grito de autonomía. Tu espíritu independiente. Tu “ahora o nunca”, tu “más ciudad”. Que se inunde el cielo de banderas celeste y blanco, que la autonomía se ve venir, que ahora mismo nos la jugamos por Guayaquil.

Con tu mañana que ya es hoy, con tu hoy que ya es ayer. Con tu progreso que viene corriendo, tu independencia que no se posterga. Con tu firmeza que nadie engaña. Con tus sueños, tus proyectos, tu realidad. Yo me quedo en Guayaquil. Nos quedamos a hacer ciudad. A hacer país.

jueves, julio 14, 2005

Con acento ecuatoriano

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Era noche de farra entre estudiantes latinoamericanos. Los mexicanos, tequila en mano, cantaban su México lindo y querido. Los colombianos inundaban de aguardiente la noche universitaria cantando algún vallenato y bailando con Shakira y Carlos Vives. Los argentinos con su tango, su mate y su Charly García. Los chilenos brindaban pisco y coreaban a Los Prisioneros. Celebrábamos interpretando juntos canciones locales y tomando tragos nacionales que se vuelven latinoamericanos y hasta mundiales.

Y ahora veníamos los ecuatorianos. Brindábamos Espíritu del Ecuador, que aunque de trago típico no tenía mucho, al menos el nombre y la forma de la botella le daban ese toque tan nacional. Pero cuando de cantar se trataba estábamos en problemas. Nadie nos acompañaba en las canciones. Nadie se las sabía. A veces ni nosotros mismos. Pasado el clásico cortavenas Nuestro Juramento, ya no teníamos mayor repertorio. Más de una vez, ante la falta de canciones ecuatorianas, recurríamos al tema de la Selección, ese que tanto sonaba en la televisión.

Nos faltaba algo a los ecuatorianos comparado con los otros latinoamericanos. Nos sigue faltando. Ese algo que nos haga gritar al mundo el país de donde venimos y la cultura que representamos. Esa seguridad que da el poseer una identidad nacional fuerte y positiva. Aquí los animadores de televisión quieren ser argentinos, los niños quieren ser gringos, los adultos quieren ser españoles. Limitamos nuestro grito ecuatoriano a los goles de Delgado.

Nuestra falta de identidad y referentes casa adentro se refleja hacia fuera, hacia Latinoamérica y el mundo. No nos conocen. No nos distinguen. Todos conocemos al mexicano, peruano, venezolano, argentino, colombiano, chileno. Conocemos su acento, sus gustos y sus expresiones. Los escuchamos en canciones; los vemos en telenovelas, películas y shows de televisión; los leemos en versos y novelas. Pero pregúntales a ellos sobre Ecuador y no encontrarás mayor respuesta. Que te nombren alguna canción, algún artista, alguna novela de Ecuador, y con suerte asomará la cara de Julio Jaramillo. Somos un país anónimo en medio de países de rasgos fuertes.

Exportamos poquísima cultura. Nuestras canciones casi no salen del país. Nuestras novelas no las leemos ni nosotros mismos. Nuestros programas en televisión se quedan en casa. Sin una buena producción cultural y artística que llegue a todos los ecuatorianos y cruce fronteras nos quedarán solo las tardes de fútbol de eliminatorias para sentirnos ecuatorianos. Necesitamos de urgencia referentes culturales.

Nuestro vecino de arriba ha demostrado que incluso entre la pobreza y la guerrilla pueden surgir una cultura y una identidad rica. Tienen su Macondo, sus gordas de Botero, sus caderas de Shakira, su Betty la fea y mucho más. Sigamos sus pasos en lugar de cerrarles nuestras fronteras. Creemos nuestro sello propio. Nuestras canciones, nuestras novelas, nuestras películas de exportación.

Varios artistas ecuatorianos ya han empezado. Están construyendo una nueva identidad nacional que nos representa afuera. Pero falta ese empujón que los haga dar el siguiente paso.

Apostémosle a la cultura. A nuestra identidad. Que se unan el artista y el empresario. Que en la próxima reunión de latinoamericanos reconozcan nuestro acento. Que dejemos el anonimato. Que tengamos canciones que cantar y todos se sepan la letra.

jueves, julio 07, 2005

El hijo del vecino en París

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Yo hubiese querido ser funcionario en alguna embajada en el gobierno de Lucio. Recibiría un sueldito de diez mil dólares, y si eso no me alcanzase para llegar a fin de mes, podría venderle visas a unos cuantos chinos. ¡Qué rica vida la de los ilustres embajadores del Coronel!

Pero esto en realidad no debería impresionarnos. Al fin y al cabo la famosa cuota política le permite al presidente de turno llenar la cuarta parte de nuestras embajadas y consulados con sus hermanos, primos, panas y el pobre y desempleado hijo del vecino que siempre quiso vivir en París. Así, cada cuatro años, o en nuestro caso cada uno o dos, a los diplomáticos de carrera, que logran sus puestos a base de estudio y experiencia, les toca ver llegar a sus oficinas a varios felices portadores de palancas presidenciales, listos para disfrutar de sus vacaciones pagadas en el extranjero.

La cuota político-familiar le pone a nuestras embajadas la misma cara de nuestros gobiernos de turno. Funciona como espejo de quien duerme en Carondelet. En el caso de Lucio le puso una nariz bastante larga con tendencia a la improvisación y el engaño. En otros casos más afortunados, la cuota política ha ayudado a que hombres y mujeres respetables trabajen en el extranjero por los intereses del país. Es decir, la cuota política no es mala por naturaleza. La cuota política es mala cuando el presidente es malo como el Coronel. Nuestros presidentes necesitan hombres y mujeres de confianza en embajadas clave. La cuota política no debe desaparecer, sino reducirse y limitarse.

Si se concretan las iniciativas para reformar el Servicio Exterior reduciendo la cuota política del 25% al 15% y limitando el uso de la misma para cargos exclusivamente de embajadores, se dará un importante paso por el camino correcto. Sobre todo la reforma debe concentrarse en lo segundo, es decir, permitir que la cuota se aplique única y exclusivamente a embajadores. Ningún otro cargo. Los diplomáticos de carrera y funcionarios del servicio exterior pueden cumplir todos los demás cargos en embajadas y consulados sin la interferencia de apadrinados políticos. El presidente no necesita a sus conocidos en la ventanilla de un consulado tramitando visas. Sí necesita a personas de confianza a la cabeza de los esfuerzos diplomáticos como embajadores en países clave. Si bien limitar la cuota política al cargo de embajador no impide futuros escándalos ni casos de nepotismo, al menos impide que el hijo del vecino del presidente reciba un sueldo de gerente en algún consulado sin importancia, mientras aprovecha para terminar la universidad y de paso tramitar ilícitamente unas cuantas visas.

Lucio no fue el primero en aprovecharse de la cuota política, arriesgando la reputación del país y despilfarrando los fondos de nuestro limitado presupuesto. La cuota política es y ha sido el instrumento perfecto para pagar favores políticos. Mientras nuestros presidentes la tengan a su disposición la seguirán utilizando. Seguirán colocando en embajadas y consulados a personas sin experiencia que al final nos avergüenzan.

Acabemos con este medio de corrupción, privilegios y nepotismo. Que la diplomacia sea sinónimo de profesionalismo y no de palancas. Que nuestras embajadas y consulados sirvan al país y no a sus funcionarios.

jueves, junio 30, 2005

Buenos vecinos

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Todos queremos un buen vecino. Que no haga mucho ruido. Que saque la basura y tenga todo limpio. Que pague a tiempo la cuota del condominio. Que sea cordial y respetuoso. Los buenos vecinos nos hacen la vida más fácil. Y muchas veces van más allá: nos ayudan a cambiar el foco quemado, cuidan a nuestros hijos cuando salimos, o nos brindan compañía en un momento difícil. Esos son los vecinos que todos buscamos. El tipo del apartamento de al lado con olor intenso a cerveza y farras a todo volumen hasta las cinco de la mañana no es precisamente el vecino ideal. Sus días en el condominio están contados.

Nuestras empresas son otra clase de vecinos. Vecinos cruciales en nuestras vidas. Vecinos que a veces nos echan su basura y nos causan enfermedades, y otras veces invierten en nuestra salud y nuestra educación. Vecinos que pueden avergonzarnos por su trato a sus empleados, o que nos enorgullecen al ver cómo trabajan por su bienestar.

Este martes, el simposio internacional ‘La Responsabilidad Social Frente a los Desafíos del Desarrollo Local y la Globalización’, organizado por el Consorcio Ecuatoriano para la Responsabilidad Social (Ceres), la Fundación LANN Nobis y la Fundación Esquel, analizó justamente el tipo de vecinos que son y pueden ser nuestras empresas. Y el tipo de vecinos que queremos y podemos ser como empresarios dentro de una sociedad y un país.

Las distintas conferencias de empresarios nacionales y extranjeros y representantes de fundaciones empresariales mostraron ejemplos claros de una serie de buenos vecinos que trabajan en nuestro continente. Empresas que han acogido el crucial papel que juegan en la sociedad y han integrado a su estrategia de negocio una visión social.

No se necesita de empresarios filantrópicos y caritativos para lograr que sus empresas pongan la responsabilidad social corporativa como una meta tan importante como su crecimiento económico. Se necesitan, simplemente, empresarios inteligentes que entiendan que la responsabilidad social es un buen negocio.

La imagen positiva de una empresa se vuelve tan importante como el producto que vende. Un porcentaje significante de los consumidores prefiere un producto de la empresa A sobre otro de la empresa B, si sabe que la empresa A realiza algún tipo de obra social o apoya alguna buena causa. Y en muchos casos, los consumidores estarían incluso dispuestos a pagar más por el producto de esta empresa. Entonces, ser una empresa que promueve una buena calidad de vida para sus empleados, una relación positiva con la comunidad y el medio ambiente y un comportamiento ético en todas sus actividades, elementos fundamentales de la responsabilidad social corporativa, no es solo humanitario sino también un gran negocio.

Las grandes empresas del continente y muchas de nuestro país han entendido que ser buenos vecinos es saludable y rentable. Saben que no conviene ser el vecino de al lado con su olor a cervezas y sus farras que enloquecen al barrio. Entienden que tarde o temprano ese comportamiento provocará un rechazo entre sus vecinos los consumidores.

Todos acogemos y le damos la bienvenida al buen vecino. Que cada día sean más. Que, juntas, nuestras empresas y comunidades puedan cantar como el Chavo del 8: “Qué bonita vecindad”. Y ya veremos que así nuestras empresas valdrán mucho más que “medio centavo”.

jueves, junio 23, 2005

Café sin sangre

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Somos expertos en lo negativo. A la hora de encontrar lo malo y lo feo de la realidad nacional tenemos una visión de rayos X. En cambio, para ver lo bueno sufrimos de una miopía peor que la de Mr. Magoo. Analistas, reporteros y críticos, tanto profesionales como aficionados, sentimos esa necesidad de señalar todo aquello que está mal, y terminamos cegándonos ante lo que está bien.

Es difícil ser positivos ante tanta mala noticia. Circulan a montones diarios con el close-up del rostro deformado de algún pobre individuo, que murió apuñalado por sonreírle a la esposa del vecino. Y los noticieros meten sus narices en sepelios con madres llorando abrazadas al ataúd de su hijo atropellado y en morgues con jóvenes asesinados por un par de zapatos.

Pareciera que muchos medios se empeñan en alarmarnos y amargarnos la vida antes que informarnos. El mensaje de los noticieros es con frecuencia: “cuidado, el asesino acecha”. Llama más la atención el hombre que llegó borracho y maltrató a su mujer que los miles de hombres que llegaron a darle un beso a sus esposas. La sangre vende, así de simple.

Lo importante es que entendamos que ese hombre que abusa y mata representa a la minoría. Que los buenos somos más. No nos dejemos hipnotizar por tanto drama. Tampoco caigamos en el extremo opuesto que adoptan muchos: evitar los periódicos, limitarse a ver películas en HBO y cantar relajados “don’t worry, be happy”. No se trata de desconectarse y desentenderse, ni de alarmarse y amargarse; se trata de saber ser críticos y objetivos ante lo que vemos y leemos.

El público puede defenderse de la crónica roja y noticias venenosas con una actitud objetiva. Pero mejor aún, los medios pueden darnos noticias positivas que creen un balance con las negativas y produzcan así una imagen más cercana a la realidad. Parece difícil, pero es posible. Este lunes, por ejemplo, en lugar de desayunar más crímenes, corrupción y sangre, acompañé el café con la lista de las 100 empresas más respetadas del país, publicada por el diario El Comercio. La lista no es perfecta por no reflejar con igual peso las opiniones de empresarios de todo el país, pero lo importante es que es positiva y constructiva. Igual sucede con el programa ‘El mejor ecuatoriano’. Más allá de las críticas que se le pueda hacer, es un programa positivo. Buscar al mejor ecuatoriano traerá más optimismo y buenas sensaciones que los consejos de Walter Mercado. Dos ejemplos puntuales que nos demuestran que lo bueno puede ser noticia. Los medios deben seguir estos ejemplos, ser creativos y buscar lo positivo, para no caer en la cotidiana crónica roja de fácil venta.

Las actitudes se contagian. Debemos criticar todo aquello que está mal con este país. Pero debemos también saber apreciar y resaltar todo lo bueno que hay en él. Mientras el duelo de insultos “Pinocho vs. Serrucho” nos avergüenza desde Washington; nuestras cortes siguen a oscuras; y los asaltos express nos asustan en cada noticiero, sepamos que no todo es malo. Que no son 100, sino muchísimas más las empresas respetadas y honestas en el país. Que no hay un solo buen ecuatoriano, sino millones de excelentes ecuatorianos anónimos.

A ver si los medios de comunicación le dedican más páginas y minutos a lo positivo. A ver si logramos, de vez en cuando, tomar el desayuno sin sangre.

jueves, junio 09, 2005

Jóvenes, política, Quito, Guayaquil, país

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

“¿Dónde estaban los jóvenes de Guayaquil cuando la juventud quiteña protestaba en las calles?”, preguntó uno de los panelistas quiteños en la mesa redonda organizada por la Universidad Casa Grande sobre ‘Los jóvenes y la nueva política’. Doce jóvenes, quiteños y guayaquileños, participamos este martes en este interesante y refrescante foro cargado de ganas, rabia y esperanza.

Pero algo me preocupó. Si la posición de quienes participamos en el foro representa, de alguna forma, la posición de los jóvenes en Quito y Guayaquil, me quedó una cosa clara: los jóvenes guayaquileños y quiteños vemos la política a través de lentes distintos. Más allá de la visión común propia del idealismo juvenil, de los deseos de un país unido y próspero, y de la voluntad para luchar contra la corrupción y los males políticos; nuestra visión se enfoca en áreas distintas que parecen a veces no conciliarse.

Los guayaquileños vemos a través del lente local, el lente de la autonomía. A pesar de nuestra preocupación por las cortes, el Congreso y Carondelet, preferimos enfocar nuestras energías en lo que se está logrando y se puede lograr a nivel local. Vemos una alcaldía eficiente que provoca una onda positiva entre los jóvenes. Vemos un futuro para el país en el trabajo por lo local, en la aceptación de las diferencias regionales y en el fin del centralismo represivo. Antes que lanzar piedras a las cortes y presidentes que nos avergüenzan, hemos preferido apoyar al Municipio que nos enorgullece.

Los jóvenes quiteños, reflejados en las opiniones de los panelistas, en cambio, ven su intervención en política como una lucha por lo nacional. Si bien muchos aceptan las autonomías, no les queda del todo clara su relación con el bienestar nacional. Ven la intervención en política como la batalla contra todos quienes han venido robándose el país y las estructuras que han permitido tantos atracos. Saben por experiencia que desde los parques y calles se pueden lograr cambios inmediatos. Y ahora debaten y planean los medios para lograr cambios de fondo.

Ambas posiciones de lucha y visión política son válidas y positivas. Lo importante ahora es lograr que se complementen. Los jóvenes quiteños y guayaquileños deben comprender sus luchas y cómo estas se afectan mutuamente. Que el joven quiteño protestando frente a Carondelet, envuelto en una bandera tricolor, entienda que la lucha del joven guayaquileño, con su brazalete celeste y blanco y su grito de autonomía, hace más fuerte la protesta en Quito. Y que el joven guayaquileño reconozca que su lucha por lo local no puede prescindir de cambios a nivel nacional. Un panelista quiteño preguntó que cómo podía el Alcalde de Guayaquil convocar marchas por la seguridad local y la independencia de los bomberos, cuando el país requería una lucha nacional. No entendía el panelista que exigirle sin descanso al Gobierno central que cumpla con los gobiernos locales es una lucha más efectiva por el cambio nacional que tirar piedras a ventanas ministeriales. Luchar contra el centralismo y el Estado obeso a favor de la autonomía contribuye directamente a la lucha en las calles quiteñas contra la corrupción y el abuso. Guayaquil rectifica males nacionales con su lucha autonómica. Entendamos eso de una vez por todas.

Y entonces, “¿dónde estábamos los jóvenes de Guayaquil cuando la juventud quiteña protestaba en las calles?”. Estábamos apoyando a los forajidos desde nuestras aulas y puestos de trabajo, entendiendo que las protestas en Quito eran importantes para cambios inmediatos, y que la lucha por la autonomía es crucial para los cambios de fondo.

jueves, mayo 26, 2005

Turistas en la Chocolatera

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

En medio de tantas tonterías del gobierno de Bush, estos últimos días ha salido una propuesta con sentido, digna de ser imitada. El gobierno gringo ha decidido cerrar varias bases militares. A pesar de encontrarse en medio de una guerra absurda y de ser el centro de potenciales ataques terroristas, el gobierno republicano ha entendido que no es necesario conservar bases creadas para guerras del pasado.

Pienso en nuestras Fuerzas Armadas. No estamos en guerra con ningún país ni parece que lo estaremos en un futuro. No tenemos amenazas terroristas, más allá de la infiltración de la guerrilla colombiana. Nuestras verdaderas amenazas son de otro tipo: pobreza, violencia interna, ignorancia. Pero, a pesar de la relativa tranquilidad que gozamos, nuestras Fuerzas Armadas se llevan una tajada exagerada del pastel de nuestro presupuesto nacional, mientras nuestros niños llegan con hambre a escuelas sin bancas ni techos, a recibir clases de maestros mal pagados y mal capacitados.

Si los gringos en medio de una guerra y amenazas terroristas entienden que no necesitan tantas bases, los ecuatorianos debemos dar el paso seguro y frontal de reestructurar nuestras Fuerzas Armadas, impedir que intervengan en actividades ajenas a sus funciones y asignarles fondos razonables que sean utilizados eficientemente. Así, nuestro Ministro de Finanzas en lugar de buscar fondos para proyectos sociales con estrategias que ahuyentan a inversionistas extranjeros, podría conseguirlos directamente de los millones que dejarían de destinarse para balas que nunca se dispararán y privilegios de nuestras Fuerzas Armadas que impiden la libre competencia y el desarrollo de nuestras empresas.

¿Qué tal si este Gobierno da un primer paso, pequeño pero gigante? Que la Base de Salinas pase a manos de Salinas. Es absurdo que la mejor parte de Salinas no pueda desarrollarse por ser privilegio de uniformados. Eliminando la Base de Salinas y abriéndola al desarrollo turístico se crearían cientos de trabajos directos e indirectos y se daría un impulso importantísimo a la Península. Ya imagino nuevos hoteles, condominios, restaurantes. Ya veo a miles de turistas extranjeros y locales disfrutar las playas que hoy pertenecen a unos pocos. Ya siento el bienestar de la gente de la Península gozando del trabajo que traen las nuevas inversiones. Y no me vengan con el cuento de que la posición estratégica de la Base es indispensable para nuestra seguridad. El país no necesita esa Base para su protección. Necesita unas Fuerzas Armadas prácticas, capacitadas y bien formadas para las amenazas actuales, el resto debe ser dominio exclusivo de los civiles.

Nuestras Fuerzas Armadas realizan una labor esencial para garantizar nuestra libertad. Pero, todo lo bueno que pueda venir de los uniformados no justifica los desmedidos privilegios de la cúpula militar. Que llegue el día en que podamos caminar libremente por la playa de Chipipe sin tener que detenernos para que unos cuantos uniformados disfruten de su arena privada. Que llegue el día en que los desfiles militares dejen de mostrarnos piruetas de aviones que nunca irán a una guerra y empiecen a mostrarnos hombres y mujeres profesionales listos para combatir la violencia interna. Que llegue el día en que nuestros gobiernos puedan concentrarse en la educación y desarrollo de la gente, destinándoles los recursos que se pierden en regalitos, privilegios y condecoraciones para mantener contentos a nuestros uniformados.

Con este primer paso en Salinas caminaríamos con firmeza hacia una correcta distribución del presupuesto nacional y explotación de nuestros recursos y nuestras Fuerzas Armadas entenderían que deben renovarse o renovarse.

jueves, mayo 05, 2005

A mis dos mujeres

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

A veces despertamos llenos de esperanzas, para al siguiente día sentir que nada avanza. El país sigue cojeando. Las noticias dan ganas de llorar… Pero yo estoy feliz y prefiero sonreír. Mañana me caso. Por la Iglesia, que hace años no visito. Por amor, que es lo que importa. Llegaré junto a mi primera mujer, y saldrá tomada de mi brazo mi nueva mujer.

Mi primera mujer me quería y cuidaba antes de conocerme. Cuando me vio, lloró emocionada. Me atendía, me cantaba, me besaba; mientras yo solo chillaba y me orinaba. Ella me enseñó a caminar, a levantarme al caer, a compartir, a lavarme los dientes, a no poner los codos sobre la mesa, a decir gracias y por favor. Alguna vez su zapatilla se encontró certera con mi pobre nalga. Pero luego sus abrazos y besos me calmaban. Mi primera mujer me llevó al colegio, a las primeras fiestas y al doctor. Muchas noches nos dijimos adiós en el aeropuerto. Y cada semana, sin falta, su llamada sonaba alegre en mi cuarto extranjero. Mi primera mujer me esperaba nerviosa cada madrugada de tragos y farra, hasta que llegara sano y salvo a la casa. Mi primera mujer aún me engríe, me consiente, me anima. Ella caminará a mi lado hasta el altar tan guapa, tan madre, tan mía.

Mi nueva mujer me derritió con sus ojos profundos, su sonrisa y su cerebro en medio de la nieve de Nueva York. Nuestras manos se juntaron entre alertas naranja, la estúpida guerra de Bush, libros, clases, vino tinto, el restaurante italiano de la esquina, inviernos helados, primaveras eternas y el gran apagón. Caminamos enamorados por el Parque Central y las callecitas del Village, hasta que el río Guayas reemplazó al Hudson como testigo de nuestros besos, y nuestro calorcito costeño dejó atrás el frío gringo invierno. Mi nueva mujer me quiere, yo la quiero, y nada más importa si estamos juntos. Ella toma mi mano, me da un beso y me cura cualquier amargura. Ya la veo llegar hacia mí camino al altar, tan linda, tan novia, tan mía.

Empiezo mañana una familia, mientras sueño en el Ecuador que quiero para ella. Sueño en un país que invierte en el futuro de mis hijos y no en la limusina de algún burócrata. Sueño que no tendré que resguardar a mi familia tras murallas, guardias y garitas, y que como lo hicieron mis padres y abuelos, caminaremos tranquilos por las calles del centro. Sueño en un país donde ser honesto sea una virtud admirada y no una debilidad en la política y los negocios. Sueño que en cinco años no tendré que escribir para criticar el centralismo represivo y agobiante que vivimos, sino para festejar el progreso, la unión y la libertad de un país con autonomías. Sueño que la educación para todos deja de ser un sueño. Que civiles, militares, burócratas, empresarios, políticos, sacerdotes, artistas, académicos, forajidos y mi vecino ponemos el hombro por un país donde la realidad sea casi tan buena como los sueños.

Hoy soy optimista frente al futuro. Termino mi recorrido con la mujer que me dio vida y me guió mientras crecía. Inicio el viaje con la mujer que me llena, me enloquece, me enamora. Empiezo a soñar en el nuevo Ecuador. Gracias a mis dos mujeres por caminar a mi lado, por darme motivos para creer y soñar. Te quiero mami. Te amo cholita.

jueves, abril 21, 2005

¡Pegue, patrón!

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

¡Ser rico es malo!, ha dicho Hugo Chávez. Por eso Latinoamérica sonríe entre siestas, cervezas y reggaetones, porque ser pobre es bueno y acá todos somos pobres. Como Moti, nos vamos acostumbrando a decir “¡pegue, patrón!”, mientras los gringos, chinos y europeos se hacen más ricos.

El eterno populismo encabezado por Chávez se alimenta de crear conflictos entre ricos y pobres. Culpa y desprestigia al rico hasta lograr una masa de seguidores que aprenden a odiar términos como capitalismo, empresario, utilidades y accionistas. Es el mismo discurso de los Abdalás, los Lucios y demás integrantes del club de fans de Chávez: estamos como estamos por culpa del rico explotador.

Y luego Chávez y compañía pretenden que nuestros países se hagan ricos. País rico, sí; individuo rico, no. Ignoran que la riqueza y desarrollo de un país emerge de la suma de individuos trabajando por darle lo mejor a sus familias. Con la eterna excusa de una patria solidaria, nuestros populistas condenan el esfuerzo y éxito personal. En lugar de apoyar a empresarios para que generen riquezas, plazas de trabajo y una vida digna para miles de personas, aquellos que dicen luchar por los pobres ponen trabas a la inversión y el progreso. Crean comisiones, secretarías y demás entes burocráticos al supuesto servicio de los necesitados que no hacen más que consumir fondos en sueldos inútiles y corrupción.

Los gobernantes gringos, asiáticos y de demás países desarrollados, en cambio, admiran y fomentan la riqueza. Saben que cada nuevo rico significa trabajo para muchos pobres y progreso para el país. Sus gobiernos promueven el desarrollo individual en lugar de condenarlo, y entienden que una sociedad rica nace cuando sus miembros generan riqueza y no cuando sus gobernantes se dedican a extraerla para “distribuirla”.

Algún seguidor de Chávez me dirá que exagero, que lo que él quiso decir no es que hacer dinero sea malo, sino acumular demasiado dinero y no compartirlo. Eso no cambia el mensaje de nuestro eterno populismo: hacerse rico está mal, el dinero es sucio, la dignidad está en la pobreza y no en la riqueza. ¿Quiere Chávez y su pandilla que el dinero de los ricos llegue a los pobres? Den a los ricos oportunidades de invertir y de generar empleos en lugar de alejarlos del país con trabas burocráticas y politiquería. Y si eso no basta, den incentivos a las empresas para invertir en la comunidad, en lugar de criticarlas por hacer bien su trabajo.

Mientras condenemos la riqueza, nos seguirán hundiendo otros países que han sabido acogerla y fomentarla. Cambiaremos como países y sociedades solo cuando aceptemos la riqueza como un ideal positivo, no algo vergonzoso. Cuando nuestros gobernantes entiendan que facilitando la riqueza se genera más riqueza y se combate la pobreza. Cambiaremos cuando nuestros colegios y universidades estatales siembren valores empresariales y no semillas de rechazo y protesta contra todo lo que huela a derecha. Cambiaremos cuando el discurso político, en lugar de condenar al rico, lo invite a invertir, a producir más y hacerse más rico, porque así los pobres tendrán más trabajo y podrán también un día ser ricos.

Solo así Latinoamérica dejará de esconder su rostro dentro del poncho sucio y roto del subdesarrollo. Solo así el patrón gringo, europeo y asiático dejará de pegarnos. Solo así la verdadera distribución de riqueza a los más necesitados pasará de gastados discursos y falsas promesas a la práctica.

jueves, abril 07, 2005

¿Quién me ha robado el mes de abril?

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

La alegría de ver a nuestra selección empatar con Perú me la quitó de un golpe la imagen y los insultos del honorable Omar, listo para estrangular a algún diputado. Era solo el comienzo de todo un combo de sorpresas que nos esperaba.

De un solo toque, el Pichi absuelve a su pana, que desde su tarima grita, canta, llora, insulta. Mientras tanto, Lucio se lava las manos, como si aquella visita a Panamá nada tuviese que ver con todo esto. Y cuando queremos, cual Condorito, gritar: ¡Exijo una explicación!, aparece Alvarito con su elegante dicción y brillantes ideas con las que pretende guiar el destino de este infortunado país.

Y es ahí cuando nos preguntamos, como la canción de Joaquín Sabina, “¿Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí?”. ¿En qué momento caímos tan bajo? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Podemos buscar culpables en los Lucios y Omares que nos gobiernan hoy, en los pasillos de Carondelet, el Congreso, la Casa Blanca y el FMI. Podemos apuntar con el dedo al centralismo, al regionalismo, a nuestra burocracia dorada, a nuestros banqueros en fuga, nuestros militares con privilegios excesivos. Podemos hablar de izquierdas y derechas torcidas, dueños del país destructivos, oligarquías opresoras. Podemos, en fin, apuntar a tantos culpables hasta llegar a Colón y reclamarle a los conquistadores por la explotación y el oro que se llevaron. Pero, al final y al comienzo de todo llegamos a lo esencial: que estamos como estamos y hoy vivimos los atropellos que vivimos porque en este país nunca se ha invertido en educación.

Suena sencillo decirlo. Siempre lo decimos: que la educación debe ser la prioridad de nuestros gobiernos, que sin educación no hay futuro, que solo educándonos progresaremos. Sin embargo, nadie hace nada al respecto. Gobierno tras gobierno han despilfarrado el dinero que correspondía a libros, maestros y bancas: gobiernos mentirosos que juraron reducir el tamaño del Estado y que al final, con tal de evitarse la fatiga de huelgas y reclamos capitalinos, conservaron el trabajo de hasta el último burócrata; gobiernos sin pantalones que se dedicaron a besar algo más que la mano de los militares, evitando reorganizar las Fuerzas Armadas y acabar de una vez por todas con todos sus privilegios desmedidos; gobiernos que no enfrentaron a la UNE y las mafias de nuestra educación, evitando indefinidamente la ruta hacia un pueblo educado y libre. Hoy todos se espantan con nuestra realidad política y social, olvidando que para llegar tan bajo fue necesario primero sembrar las semillas de ignorancia que dieron vida al árbol torcido con sus frutos podridos. Lucio es el gran culpable de nuestros males actuales, pero Lucio no hubiera llegado al poder en un Ecuador educado.

Hoy somos el resultado de una sucesión de gobiernos que escogieron el camino fácil. El cambio vendrá solo con la decisión firme de invertir en nuestra educación. Los fondos para educarnos están ahí, en los sueldos y privilegios de las verdaderas oligarquías del país: la burocracia y las Fuerzas Armadas. Mientras nuestros gobiernos no se atrevan a dar el paso firme, acabar con clientelismos y privilegios e invertir de verdad en la educación de nuestra gente, seguiremos con Pichis, Lucios y Abdalás en el poder. Y nos lamentaremos, como hoy, por el mes de abril que nos están robando.

jueves, marzo 24, 2005

La carretera

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

La carretera a la Costa es una vitrina de males centralistas que nos avergüenza ante cualquier turista y pone en riesgo nuestras vidas cada fin de semana. La muerte nos espera ansiosa en cada cambio de carril repentino, cada cráter y cada puente que no existe. Y lo malo es que, como con tantos otros abusos, nos hemos acostumbrado y ya ni protestamos. Atravesamos resignados esta pista de obstáculos mientras más de un burócrata incompetente recibe su sueldo cada mes allá en las alturas del Ministerio de Obras Públicas.

¿Quién responde por los accidentes y muertes en la carretera? En el MOP nadie sabe nada, ya han dicho que la Amazonia es prioridad. La Comisión de Tránsito del Guayas y el Consejo Provincial han hecho lo que les toca y ahí se piensan quedar. Al final, nadie da la cara y peor aún la billetera por los accidentados y sus familias.

¡Y así pretendemos atraer al turista! Con cientos de carteles le vendemos cerveza, lo animamos a cuidar la naturaleza y hasta le deseamos en árabe Habibi 2005, pero no somos capaces de avisarle con la debida anticipación que está a punto de estrellarse contra una barrera de concreto o que por el carril que parece de una vía ya mismo viene un bus en dirección contraria.

Aplaudo que, aunque con retraso, esté avanzando la ampliación de la carretera y que finalmente se estén licitando los puentes que algún genio olvidó. Pero esto no significa que se puede descuidar la seguridad en la carretera hasta su conclusión. Existen formas civilizadas de conducir el tránsito en tiempos de construcción que obviamente no se han implementado aquí. ¿Valen tan poco nuestras vidas como para no invertir en algo más que pequeños letreros junto a cada sorpresivo cambio de carril o puente inexistente?

La señalización que la CTG y el Consejo Provincial han colocado no es suficiente. Aunque no sea su responsabilidad directa, la CTG y el Consejo deben implementar hoy mismo un plan masivo de señalización e iluminación en las zonas más peligrosas. No esos cartelitos tímidos y obstáculos anaranjados que avisan el accidente, sino carteles gigantes y brillantes que lo prevengan y anuncien: ¡cuidado, trampa mortal a 500, a 100, a 50, a 20 metros! La CTG y el Consejo dirán que ellos ya hicieron su parte y eso no les corresponde. Yo solo sé que deben protegerme como peatón y conductor, y si esperamos que el MOP y sus ministros hagan algo por la seguridad en las carreteras costeñas, empezará a crecer maleza entre el asfalto. Mientras unos se pasan la pelotita y otros se lavan las manos, cada fin de semana estamos más cerca de accidentarnos y otro turista, con el corazón en la boca del último frenazo a raya, jurará no regresar a nuestras playas. La CTG y la Prefectura pueden y deben protegernos ahora.

La carretera a Salinas, junto a otras obras relegadas como el puente Carlos Pérez Perasso, muestra una vez más la ineficiencia y el peligro de nuestro centralismo. En un Ecuador descentralizado, donde los proyectos locales no dependiesen de la voluntad de algún burócrata de turno en su escritorio capitalino, estas obras estarían celebrando otro aniversario de construcción y progreso, y no de estancamiento, olvido y peligro. En este Ecuador ideal, turistas y locales viajaríamos tranquilos este fin de semana a nuestras playas y más de una familia no lloraría muertes y accidentes innecesarios.

jueves, marzo 03, 2005

Guayaquil por el país

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Nuestra identidad guayaquileña pesa cada día más, en especial en estos tiempos en que renace nuestra ciudad y el tema de la autonomía despierta de su siesta. Cada vez nos emociona más un “¡Viva Guayaquil!” que un “¡Viva el Ecuador!”. La tarde de la gran marcha por Guayaquil las banderas tricolores quedaron olvidadas en nuestro pequeño cajón nacionalista, esperando el próximo partido de fútbol de la selección para volver a flamear.

No hay nada de malo en sentirse guayaquileño o quiteño o cuencano antes que ecuatoriano. Estamos en nuestro derecho de acoger nuestra identidad más cercana, la que nos representa mejor, sea esta nuestra familia, gremio, ciudad, país o cualquier otra. Portamos, según la ocasión, distintas banderas con los colores de nuestra identidad, que idealmente deben complementarse para flamear juntas. Gritar a todo pulmón un gol de Barcelona hoy no impide que mañana gritemos un gol de la selección. De igual forma, el apoyo incondicional a la ciudad y lo local no debe excluir el apoyo al país y lo nacional.

Sin embargo, pareciera como si el grito por Guayaquil nos aleja a veces del grito por Ecuador. Como si la bandera de nuestra identidad guayaquileña flameara incómoda junto a la ecuatoriana. Como si al decir autonomía pensáramos en separación; y no todo lo contrario, integración del país a través de la autogestión de sus ciudades y regiones.

Vamos por el camino equivocado cuando nuestra identidad guayaquileña no se complementa con la ecuatoriana. Cuando la camiseta tricolor nos queda bien solo con algún triunfo deportivo o artístico, pero nos aprieta en el ámbito político. Cuando pensamos que el éxito de Guayaquil solo se da separado del país y no con el país y por el país.

No equivoquemos nuestra lucha. Cuántas veces he escuchado decir que Guayaquil no necesita del resto del país, que Guayaquil estaría mejor solo y totalmente independiente. Guayaquil necesita del país y el país necesita a Guayaquil. No confundamos la lucha por la autonomía como una lucha contra Quito. Todo lo contrario. Esta es la lucha por Quito, por Cuenca, por Manta, por el país contra el centralismo y su burocracia privilegiada. Esta es la lucha por darle a cada región el manejo de sus recursos para tomar sus propias decisiones y ejecutar sus propios planes. La lucha para jubilar de una vez por todas al burócrata parásito que se engorda del centralismo ineficiente. La lucha por la autonomía que une al país, al permitir a cada ciudad y región trabajar juntos sabiendo que cada uno maneja lo suyo, y no como hoy, separados y en conflicto al saber que otro se lleva lo que no le corresponde.

Avancemos hacia la autonomía con una visión integradora, una visión nacional. Guayaquil será más ciudad si Ecuador es más país. Que el grito de ¡Viva Guayaquil! vaya siempre unido al de ¡Viva el Ecuador! Que los guayaquileños miremos más allá del Guayas y el Daule, trabajando con los colores del país en nuestra mente y buscando la autonomía en beneficio de Guayaquil y el país entero, y no de Guayaquil a pesar del país. Y que el Gobierno trabaje por el progreso de Costa, Sierra, Oriente y Galápagos a través de un plan de descentralización y autonomías regionales integral. Solo así hablaremos de un Ecuador unido y de una identidad tan ecuatoriana como ya lo es guayaquileña.

lunes, febrero 07, 2005

Sabidos

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Un viejo chiste: Un diputado ecuatoriano visita a un congresista gringo. “¿Ves esa carretera?”, le muestra el gringo al ecuatoriano una moderna autopista, mientras señala su bolsillo y dice: “10% para mí”. Meses después, el congresista gringo visita al ecuatoriano. “¿Ves esa carretera?”, le dice el ecuatoriano señalando una vasta extensión con burros y chivos. “No veo nada”, dice el gringo. El diputado ecuatoriano señala orgulloso su bolsillo y dice “así es, 100% para mí”.

Mi profesor en la universidad nos decía que se considera corrupto a un país cuando la corrupción es algo esperado; en cambio, un país no es corrupto cuando la corrupción sorprende. Es decir, existe corrupción en el mundo entero.Ningún país se salva. La diferencia está en los grados de corrupción y la reacción que causa.

En Ecuador la corrupción dejó de sorprendernos hace mucho. Nos peleamos la punta entre los países más corruptos del mundo, según Transparencia Internacional y cualquiera que nos visita. Negociados en los contratos de obras públicas; compra y venta de candidatos, votos y conciencias; sobornos, contrabando y peculado; abuso de fondos públicos; coimas que agilitan trámites burocráticos; burócratas que no agilitan trámites sin coimas; jueces que copian exámenes; millonarias deudas “pagadas” con adefesios sin valor… en fin. Y lo peor es que nadie se cree corrupto, ¡qué va! Todos somos “vivos” y “sabidos”, nada más, nada de malo en eso.

Alguien me decía rechazando esta lista de Transparencia Internacional que “los corruptos en Ecuador son solo una minoría de políticos y empresarios, la mayoría somos gente honesta”. No estoy de acuerdo. Es verdad que los verdaderos corruptos, esos que roban y mienten sin remordimiento, esos que escapan del país con fundas llenas de billetes de gastos reservados, o reciben jugosas comisiones por cada contrato público, en fin, esos que todos conocemos bien, son una minoría que mancha el nombre del país. Pero el resto no se salva. Todos somos parte del sistema. La corrupción se respira en el aire y nos contagia.

Nos lamentamos y reclamamos la sinvergüencería de nuestros políticos, banqueros, jueces y burócratas. Pero no tenemos problema en sobornar al policía o pedirle a nuestro pana en las aduanas que nos agilite el trámite por la izquierda. “Si queremos salir adelante en este país tenemos que hacer lo que el sistema nos obliga”, pensamos y reclamamos. “El que no es sabido no llega a ningún lugar”, nos defendemos. Es verdad, el sistema corrupto e ineficiente nos lleva a veces a hacer cosas que preferiríamos evitar. Pero luego nos refugiamos en el sistema para llevar nuestras acciones más allá de lo admisible y ético. Y ahí es cuando cruzamos la línea.

Pasamos de pagarle a un tramitador para que nos saque la cédula, a pagarle a un funcionario para que nos favorezca en un concurso público. Nos cegamos ante la falta de moral general. Si todos lo hacen, ¿por qué yo no?, es nuestra excusa del millón.

El país no mejorará posiciones en la lista de corrupción si solo nos dedicamos a perseguir a los corruptos cabecillas. Es crucial perseguirlos hasta atraparlos. Pero es igual de importante que empecemos por ser honestos nosotros mismos, en cada momento, cada trabajo, cada acción.¿Podemos decir que realmente lo somos?

Si empezamos por nosotros mismos tal vez logremos que un día el cuento del diputado no se aplique a nuestra realidad. Pero claro, algún sabido me dirá que si construimos la carretera nos merecemos al menos el 10% que se lleva el gringo.

viernes, enero 14, 2005

¿Te animas?

Por Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Diario EL UNIVERSO - Guayaquil, Ecuador

Lees el periódico, ves las noticias en la tele y te quejas. Reniegas de los políticos sinvergüenzas, de las cortes bochornosas y de aquellos que nos hunden con solo una llamada de celular. Eres un tipo honesto y trabajador, eso lo saben todos. Produces para el país el dinero que otros solo saben rifarse en los pasillos del Congreso, ministerios y Carondelet.

En la universidad discutías con tus amigos por largas horas los problemas del país, la decadencia de la política y todo lo que harías por cambiar las cosas. Entrarías en política, ocuparías cargos públicos y harías la diferencia. Pero primero debías hacer dinero y te pusiste a trabajar. Creció tu empresa. Llegaron tus hijos, escuela, colegio, universidad. Vino la casa nueva, los viajes, los pequeños lujos. Hiciste dinero, creaste empleos, produjiste para tu bolsillo y el bolsillo nacional. Lo de entrar en política lo fuiste postergando y poco a poco olvidando.

A menudo te encuentras con aquellos amigos de sueños e ideales. Discuten y se quejan por largas horas sobre el desastroso país en el que les toca vivir. Pero ahí queda la discusión. En simples quejas. Ya no propones luchar para cambiar las cosas. Ya nadie quiere entrar en política, meterse en el estiércol e intentar limpiar toda esa porquería. “Ojalá nuestros jóvenes hagan algo por este país”, se dicen resignados antes de despedirse.

¡Como si ya estuvieras viejo para hacer algo! Para trabajar todos los días en tu empresa te sientes joven, para correr en el gimnasio cada mañana te sientes fuerte y adolescente, para entrar en política ya te sientes jubilado. Piensas: he trabajado por mi país desde mi empresa más que cualquiera de esos diputados que no saben lo que es ganar un sueldo produciendo. No quiero que manchen mi nombre políticos corruptos que hunden a toda persona honesta que ocupa un cargo público. De acuerdo. Este país necesita más empresarios como tú que produzcan, más jóvenes creando nuevas empresas y negocios, y menos jóvenes mediocres viendo cómo se consiguen un puestito en el ministerio donde trabaja el tío. Hay que producir para que el país crezca. Tienes razón, has hecho mucho por tu país con tu empresa, tu negocio, tu profesión. Pero en el fondo, bien en el fondo, de cuando tenías 24 años y tenías sueños, ganas y esperanzas, ¿no quisieras hacer algo más?

Esta noche cuando veas en las noticias las riñas en el Congreso, las ignorantes declaraciones salidas de Carondelet, los rugidos destructores, las llamadas divisorias desde Panamá, y estés a punto de criticar e insultar a la pantalla, piensa en tus sueños jóvenes, piensa en lo que has hecho por ellos. Mira a tu alrededor, y date cuenta que no te falta nada, que te puedes dar el lujo de encargar tus negocios por unos años. Tal vez ganarás un poco menos de dinero, pero harás ganar al país.

Yo creo en gente como tú. Sí, creo también en los jóvenes como yo. Pero los jóvenes honestos no podemos darnos el lujo de no trabajar y pasearnos por el Congreso con un celular. Debemos trabajar, producir y asegurar nuestro bienestar. Queremos poner el hombro por el país, pero necesitamos a alguien como tú a quien apoyar. Tienes el tiempo, la experiencia y la estabilidad, nosotros los jóvenes pondremos las ganas. Queremos al igual que tú hacer algo por este país antes que sea demasiado tarde, antes que aquellos que nos avergüenzan hoy desde el Congreso terminen controlando cada esquina de nuestro destino. ¿Te animas a dar el paso? El país lo espera todo de ti.