sábado, julio 05, 2008

A.C./D.C.

Cuando estaba en el colegio fue a hablarnos un supuesto experto en música satánica. De esos que encontraban mensajes ocultos al escuchar canciones de rock al revés. Ahí aparecían todos nuestros grupos favoritos. Ni siquiera se salvaba el cura jesuita argentino que nos daba clases de teología. Entre las canciones que nos tocaba en su guitarra, estaban algunas de Sui Generis –el grupo donde cantaba el legendario y siempre tostado Charly García— que según el conferencista también contenían mensajes con dos cachos y cola roja.

Una banda que no podía faltar en esta macabra lista de rockeros diabólicos, era por supuesto, el grupo AC/DC. Con mis amigos debatíamos el significado de esas siglas. Unos decían que AC/DC representaba la diabólica frase “After Christ/Devil comes”, otros que “Anti-Christ/Devil’s Child”, o “Anti-Christ/Death to Christ”. En fin, cada uno salía con su teoría que mostraba que esta banda había hecho un pacto con el mismísimo demonio. Ahora, años mas tarde, investigando en Internet, me entero que le pusieron AC/DC porque eso era lo que decía en la parte de atrás de la máquina de coser de la hermana de los fundadores de la banda, en referencia a la abreviación de “alternating current (AC) / direct current (DC)”. Sintieron que este nombre simbolizaba la energía de la banda. Tan inocente como eso.

Más allá de la banda de rock, la definición que todos conocemos para AC/DC se refiere por su puesto a “antes de Cristo” y “después de Cristo”. Pero yo aquí en realidad quería hablar de otro AC/DC más importante para nosotros los ecuatorianos. El “antes de Correa” y “después de Correa”.

Nos guste o no nuestro Presidente, cada día se vuelve más evidente que este gobierno marcará un antes y un después para el país. Desde el comienzo hemos tenido la percepción de que el Ecuador dejó de ser el mismo el día que Rafael Correa asumió el poder. Con los Abdalás, los Lucios, los Palacios, más allá de las preocupaciones que sus presidencias despertaban, siempre tuvimos la sensación de que eran aves de paso. En poco tiempo estarían afuera. “Este no termina su período”, decíamos desde el comienzo.

Con Correa es distinto. Desde el primer día, la pregunta dejó de ser “¿cuándo lo botarán?” para convertirse en “¿cuántas veces lo reelegirán?”. Pasamos repentinamente de quejarnos por nuestra inestabilidad política que impedía que nuestros presidentes terminen su período, a preocuparnos de que este presidente dure demasiados períodos. Su fortaleza era evidente. Distinta a la de sus antecesores.

El Ecuador AC era un país con un poder ejecutivo débil, siempre colgando de un hilo; un Congreso experto en bloquear iniciativas, amarrar leyes y comprar votos; unos partidos políticos con poco de ideología y mucho de oportunismo controlando al poder de turno; un poder judicial a las órdenes de esos partidos; y una sensación general de que no íbamos a ninguna parte. Era el país de la partidocracia, y según nos dice el gobierno hoy, de la larga noche neoliberal.

En el Ecuador DC, en cambio, el poder ejecutivo se volvió fuerte, muy fuerte, demasiado fuerte. Todo pasa por el ejecutivo. Carondelet hace y deshace a su gusto. Los partidos políticos prácticamente dejaron de existir. Ahora en realidad solo hay un partido que cuenta, el partido de Gobierno. El Congreso opositor desapareció, para dar paso a una Asamblea complaciente y obediente del poder ejecutivo. El usual bloqueo del Congreso a las iniciativas de gobierno cambió automáticamente por una luz verde a todo lo que diga y quiera el Presidente. Desapareció esa idea de que no íbamos a ningún lado. Ahora sabemos que vamos en un camino, pero el equivocado.

Pasamos de un país sin definición ni norte que cojeaba enredado entre trabas políticas, inestabilidad y malos gobiernos, a un país con un norte claro pero nefasto, con vía libre hacia los cambios que menos necesitamos.

El Ecuador AC era un país que daba vergüenza. El Ecuador DC es un país que preocupa más de la cuenta.

A Correa le gusta decir que no vivimos una época de cambio sino un cambio de época. Talvez esté en lo correcto, pero no por las razones apropiadas. Hablar de un cambio de época no será necesariamente positivo mientras esta nueva época la controle un modelo político que cree en la fuerza del estado por encima del emprendimiento y libertad individual.

La era AC va quedando atrás. Esa cojera y caminar sin dirección es cosa del pasado. La época DC comienza, corriendo rápidamente y con los pies firmes hacia el gran salto al vacío. Solo lo que marquemos en las próximas papeletas electorales podrá frenar esa carrera y evitar el mortal salto.



* Publicado en revista Clubes de julio.

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