jueves, febrero 02, 2012

¿La nueva estabilidad?


El país que votaba y botaba instantáneamente a sus presidentes, ahora cumple cinco años con el mismo Gobierno. Ecuador, el país ingobernable, finalmente se dejó gobernar.

Hace no muchos años, pensar en cinco años con el mismo presidente en Carondelet sonaba casi imposible. Como sociedad empezamos a dudar de nuestra elemental capacidad para mantener a un mandatario en el poder, sin que un levantamiento popular o golpe de Estado lo mande a su casa. Desde la caída de Bucaram en 1997, hace ya catorce años, nos habíamos transformado en el país botapresidentes.

Por eso, creo que a pesar de los abusos contra las libertades, el exagerado estatismo y el caudillismo de este Gobierno, el simple hecho de que un presidente haya durado todo este tiempo es una buena noticia. Difícil celebrar los cinco años de Correa en el poder con el grave daño que le ha causado a la institucionalidad en nuestro país. Pero celebro el hecho de que un presidente se haya mantenido cinco años sin contratiempos (ya sabemos que la teoría de intento de golpe de Estado es puro cuento), recuperando el respeto hacia la institución de la presidencia por parte de aliados y opositores.

Quiero creer que esta estabilidad presidencial no es una excepción ligada únicamente a la figura de un líder que ha sabido llegar a la gente y ganar su apoyo. Que estos cinco años de continuidad de un Gobierno marcarán un cambio en nuestra cultura política y una nueva era de estabilidad para los que lleguen después a Carondelet. Que hemos aprendido la lección y entendemos como sociedad que los problemas no se solucionan tumbando y cambiando presidentes, sino permitiendo que el ganador de las elecciones cumpla su periodo, para bien o para mal.

Esta estabilidad del Gobierno le ha permitido tener la continuidad necesaria para sacar adelante proyectos, terminar obras, planificar y ejecutar. Poco se puede lograr con presidentes entrando y saliendo a cada rato. Correa logró lo que sus antecesores no alcanzaron ni a soñar: durar su periodo completo teniendo además el apoyo del poder Legislativo. Lástima que se le fue la mano. Hemos pasado de tener presidentes que duraban un par de años en promedio, a uno que apunta a quedarse por lo menos diez años. Y pasamos de presidentes que no podían gobernar por su eterna batalla con los diputados, a tener una Asamblea que aprueba a ojos cerrados lo que envían desde Carondelet.

Lastimosamente esa sensación de equilibrio que se logra en el país con la estabilidad presidencial, se pierde por otro lado con ese caudillismo que tanto mal le hace a las instituciones del Estado. Hoy, más que nunca, se ha perdido la línea entre Gobierno, Estado y presidente. Las instituciones y empresas públicas y los poderes del Estado dependen cada vez más de lo que les digan en Carondelet o en los discursos de los sábados.

Cinco años de un presidente ecuatoriano en el poder. Buena noticia para nuestro flojo historial en ese terreno. Lástima que ese fortalecimiento de la institución de la presidencia no se haya extendido al fortalecimiento de la institucionalidad e independencia de los otros poderes del Estado.

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