Este lunes el presidente Rafael Correa nos dio una larga clase de economía con mucha teoría y buenas intenciones, pero con un listado de estrategias y modelos fracasados que pintan un camino muy incierto para el país.
Lo positivo fue que por primera vez Rafael Correa asume su papel de Presidente. Esta vez no insultó ni atacó apellidos, barrios, ni opositores. Presentó su plan ideológico-económico de manera clara y ordenada, sin recurrir a inmaduras peleas. ¡Qué diferencia cuando no se utilizan los micrófonos para insultar, dividir y confrontar! Así sí podemos debatir lo de fondo sin quedarnos en la forma.
El plan económico de Correa se puede resumir en su intención de lograr el desarrollo del Ecuador con un Estado planificador y proteccionista. Correa es un convencido de que el Estado, por encima del individuo, la competencia y el mercado, debe planificar y jugar un rol central en la economía. En esta visión, no es la oferta y la demanda, sino un plan estatal, el que decide, por ejemplo, qué, cómo, cuánto, y dónde se produce.
El gran problema del proteccionismo y de un Estado planificador, más allá de muchas limitantes como atentar contra la libertad individual y requerir mercados internos grandes, es que necesita una burocracia muy eficiente. Sin este requisito, el plan de Correa queda en palabras bonitas alejadas de la realidad.
¿Cómo piensa hacer el Presidente que la burocracia ecuatoriana cumpla con su ambicioso plan? Necesitamos un Estado eficiente, honesto, competente, trabajador, preparado. Hasta la última vez que revisamos, aquí no hay nada de eso. Y el cambio de actitud y aptitud en el sector público no se logra de la noche a la mañana inspirando patriotismo con el video de “Patria, tierra sagrada”.
El plan mostró un gran idealismo y deseo de cambio de este Gobierno. La comprensión de que no podemos vivir eternamente del petróleo, su compromiso de invertir en el sector energético y en vialidad, y su enfoque social son, entre otras, grandes y positivas iniciativas. Lastimosamente, medidas como elevar aranceles para proteger la industria nacional, aumentar el rol del Estado en lugar de apuntar a una mayor participación del sector privado, y repetir las antiguas recetas en las que todo pretende dirigirse desde arriba ignorando mercados y competencia, llevan el gran riesgo de que muchos de estos planes no pasen de las palabras, y que provoquen mayores deficiencias, atraso y pobreza. Difícilmente el Gobierno tendrá la capacidad para implementar, mantener y dirigir tantos programas sociales y económicos. Las fuerzas del mercado, con todas sus imperfecciones, son más eficientes y justas que un grupo de burócratas decidiendo por todos.
A pesar de las preocupaciones que deja el plan de Correa, nos queda un buen sabor de ver finalmente al Presidente hablar de ideas, en lugar de gritar ridiculeces. Preocupa el camino proteccionista e intervencionista planteado, pero al menos ya sabemos qué esperar. Es un primer paso. Ojalá se continúe en este tono para que el país pueda dialogar y debatir sobre lo importante, en lugar de aguantar la inestabilidad y conflictos que provocan declaraciones irresponsables. Esperemos que el convencimiento ideológico de este gobierno a favor de un Estado grande, intervencionista y planificador, no le impida aceptar y apoyar la competencia, la libre empresa, y el deseo básico de superación individual de cada ecuatoriano, que al final del día será lo que nos haga avanzar.